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COLABORACIONES


¿Qué hacemos con el femenino inclusivo en español?

Es bien sabido que, en español, el femenino actúa como género gramatical marcado, mientras que el masculino tiene carácter inclusivo o genérico, de modo que, aplicado a personas, puede usarse: a) referido solo a varones (p. ej.: «las alumnas de este centro han obtenido mejores calificaciones que los alumnos»); b) referido a un grupo mixto de varones y mujeres (p. ej.: «los profesores están peor pagados que los empleados de banca»), o c) referido a una persona de sexo indeterminado o desconocido (p. ej.: «el año que viene pensamos contratar un nuevo dependiente»).

Este carácter inclusivo o no marcado del género masculino es, como digo, bien conocido en español. A excepción de quienes -por motivos de corrección política o feminista- preconizan el escribir y decir siempre «los conductores y las conductoras», «los niños y las niñas», «los escritores y las escritoras», etc., lo admiten sin problemas todos cuantos se han ocupado del sexismo lingüístico, que en el último decenio han sido muchos. Y aparece asimismo ampliamente recogido y comentado en los textos de gramática, en los manuales de estilo y en los libros de dudas del lenguaje. Citaré solamente un ejemplo: el reciente Diccionario panhispánico de dudas incluye, dentro de la amplia entrada dedicada al género, un extenso apartado titulado «Uso del masculino en referencia a seres de ambos sexos», donde puede leerse:1

En los sustantivos que designan seres animados, el masculino gramatical no solo se emplea para referirse a los individuos de sexo masculino, sino también para designar la clase, esto es, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos [...].

Eso dicen nuestras gramáticas y eso aprenden nuestros hijos en sus libros de lengua española, pero es falso, o, cuanto menos, no completamente verdadero. Porque lo cierto es que, en español, el femenino puede funcionar también en ocasiones como género inclusivo o no marcado. Y me extraña sobremanera que, hasta donde yo sé, ningún gramático haya abordado hasta ahora este asunto, origen frecuente de problemas y dudas en la práctica.

Digo que me extraña porque el femenino inclusivo es mucho menos frecuente en español que el masculino inclusivo, cierto, pero no puede considerarse en absoluto una rareza. No, al menos, en el campo del que yo procedo, donde desde hace más de un siglo son habituales las expresiones del tipo de médicos y enfermeras, con un masculino genérico (que incluye también, por supuesto, a las licenciadas en medicina) junto a un femenino genérico (que incluye también, por supuesto, a los varones diplomados en enfermería). Compárense, a modo de prueba, las cuatro frases siguientes:

1 Esperemos que en este centro de salud haya algún médico de guardia.

2 Esperemos que en este centro de salud haya alguna enfermera de guardia.

3 Esperemos que en este centro de salud haya alguna médica de guardia.

4 Esperemos que en este centro de salud haya algún enfermero de guardia.

Sin más contexto o en un contexto habitual, resulta obvio que en las dos primeras frases el género gramatical (masculino en la frase 1; femenino en la frase 2) tiene carácter inclusivo o no marcado; mientras que en las dos últimas aparece claramente marcado y excluye a los varones en la frase 3, y a las mujeres en la frase 4.

Por si alguien pudiera pensar que la mera interpretación connotativa de un puñado de frases sueltas es un criterio demasiado subjetivo, no estará de más, creo, aportar también algunas pruebas objetivas. La primera, bien clara: la página internética oficial de la Asociación Nacional de Enfermeras de Panamá (anep)2 contiene una fotografía de su junta directiva, integrada por ocho enfermeras y un enfermero, Victor Phillips, que desempeña el cargo de vicepresidente segundo.

Lo apuntado para las enfermeras puede hacerse extensivo también, como es lógico, a todas las especialidades de enfermería. Entre los vocales de la Asociación Andaluza de Matronas (aam), por ejemplo, figura el matrón onubense Manuel Prieto Santana3. Y cualquier hablante entiende sin problemas que la Asociación Argentina de Instrumentadoras Quirúrgicas (aadi) está abierta, por supuesto, a los instrumentadores (en España los llamamos instrumentistas, pero para el caso es lo mismo), de igual manera que todos entendemos que la Asociación Española de Farmacéuticos Analistas (aefa) está abierta a las farmacéuticas analistas.

Y puede hacerse extensivo asimismo a cualquier otro colectivo integrado de forma abrumadora por mujeres. En oncología, por ejemplo, es habitual referirse, en sentido genérico, a «las pacientes con cáncer de mama», pese a que todo médico sabe que en uno de cada cien casos, aproximadamente, el cáncer de mama afecta también a los varones.

El uso del femenino inclusivo en español no se restringe, claro está, al ámbito de la sanidad, y por eso me extraña más aún que los gramáticos lo hayan pasado hasta ahora por alto. ¿O no resulta obvio para cualquier hablante que la Confederación Española de Organizaciones de Amas de Casa, Consumidores y Usuarios (ceaccu) está integrada también por amos de casa, consumidoras y usuarias? En este ejemplo, el femenino amas de casa tiene, es evidente, el mismo carácter inclusivo y no marcado que los masculinos consumidores y usuarios. E igual podríamos decir de otros términos como florista, secretaria de dirección, señora de la limpieza, maestra de jardín de infancia, azafata de congresos o cajera de supermercado. Ante una frase como «entra en ese hipermercado y dale este papel a la primera cajera que veas», todo hispanohablante entregaría sin dudar el papel al ocupante de la primera caja, aunque fuera un varón. El hecho de que cajera de supermercado sea una ocupación bien reciente demuestra, por cierto, que la asignación de carácter inclusivo al femenino sigue siendo un recurso vigente de nuestra lengua, y no una antigualla de siglos pasados. Si a ello unimos la feminización creciente de las carreras universitarias (en España el porcentaje de alumnas matriculadas supera ya el 70 % en las facultades de traducción, medicina, farmacia o biblioteconomía, por no hablar de los estudios de enfermería y de educación infantil, donde la tasa de feminización es del 85 % y del 94 %, respectivamente)4, no parece descabellado imaginar, de aquí a unos años, que femeninos como traductora puedan empezar a usarse con carácter inclusivo.

Me interesa destacar, en cualquier caso, que, al igual que sucede con el masculino inclusivo, el conflicto ocasional entre economía del lenguaje, corrección política y precisión suscita en la práctica muchas dudas en relación con el uso del femenino inclusivo. No es raro, por ejemplo, dar con hablantes que perciben sexismo en el uso del femenino enfermeras para englobar también a los varones, o que consideran incorrecto hablar de «las participantes en el estudio» en referencia a un estudio clínico sobre nuevos antineoplásicos para el cáncer de mama en el que tomaron parte más de tres mil mujeres y apenas una treintena de hombres.

Fuera y dentro de la medicina, a los traductores y redactores especializados nos urge, creo, que los lingüistas tomen consciencia del asunto, lo estudien a fondo y establezcan normas claras. Necesitamos saber, ante todo, qué hemos de hacer en español con el femenino inclusivo: ¿lo eliminamos?, ¿lo mantenemos?, ¿lo potenciamos? Y, de conservarlo, ¿a partir de qué umbral de frecuencia? Porque es obvio que, en nuestra lengua, el uso inclusivo o no marcado de los dos grandes géneros gramaticales no es en absoluto simétrico, sino que está claramente desplazado hacia el masculino. En ningún tratado de gramática he visto contemplada esta cuestión, pero mi experiencia personal me inclina a asumir un valor mínimo aproximado del 85-90 % de predominio femenino para que el género femenino asuma en la práctica carácter inclusivo. Lo cuál constituye, por cierto, una nueva prueba de que el género no es, como aducen muchos lingüistas, asunto meramente gramatical, sino que en él intervienen también importantes factores biopsicosociales. De ahí que no parezca factible abordar el fenómeno del sexismo lingüístico sin ser plenamente conscientes de ello.

No hay espacio para profundizar más, ni es este seguramente el lugar para ello -ni yo, por supuesto, la persona adecuada para hacerlo-, pero si estas tres cuartillas escritas a vuelatecla sirven para abrir el debate del femenino inclusivo, hasta hoy sin trillar, ya habré dado por bien aprovechada mi pequeña aportación a la celebración del centésimo puntoycoma, que muchos números más cumpla.

Fernando A. Navarro
Traductor médico
fernando.a.navarro@telefonica.net

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1 Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española (2005) Diccionario panhispánico de dudas, Espasa Calpe, Madrid, pág. 311. Puede consultarse en línea: www.rae.es.
2 http://www.anep.org.pa/ [fecha de consulta: 8.10.2006].
3 www.federacion-matronas.org/matronas/asociaciones/i/75/76/asociacion-andaluza-de-matronas-aam  [fecha de consulta: 8.10.2006].
4 Datos correspondientes al curso universitario 2004-2005; fuente: Instituto Nacional de Estadística www.ine.es [fecha de consulta: 8.10.2006].

 

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