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COLABORACIONES


Consideraciones intempestivas

Nadie ignora que los prejuicios estorban y empequeñecen la mirada, pero en el caso de la traducción, éstos, tan abundantes y antiguos, condenan además al olvido algunas de sus verdades más evidentes. ¿O acaso se atreve alguien a reconocer que un traductor, derivación cosmopolita pero no menos marginal del amanuense, es más fiel al espíritu de la modernidad -de la última modernidad, se entiende- que esa otra figura paradigmática de lo hacedero y el afán emprendedor que es el ingeniero? Y sin embargo, nada resulta más patente. Basta un repaso por todos los oficios, tareas y explotaciones consentidas para descubrir que la del traductor es la única empresa que acepta con humildad -con sabia humildad- esa llamada del último de los filósofos, Heidegger, a dejar que el río siga libremente su curso sin someterle con esas obras «útiles» con las que el hombre ha querido enamorarse de sí mismo condenándose. Sólo el traductor se admira todavía de que el río corra y se aleje, nos huya, y así lo demostrará a través de su tarea devota aunque en última instancia impotente. Al igual que la pintura paisajística china, fascinada por lo que ve hasta el punto de envidiar esa realidad inevitablemente ajena, también el traductor, atraído por esa otra corriente incesante que es el logos una vez relativizado en las diferentes lenguas, querrá copiarlo y llevarlo a su hogar, a su propia lengua.

Sin duda uno de los personajes más brutalmente derrotados por una modernidad que escogió el camino equivocado, Kafka, hubiera corrido una suerte muy distinta de haber sido traductor: sin necesidad de inventarlo, pronto habría reconocido entre los intersticios de las diferentes lenguas su escarabajo -la incapacidad del pensamiento oficial para explicar al hombre- y la tarea de descifrar y verter una lengua a otra le habría bastado para descubrir su modernidad: es necesario que los hombres sepan que no pueden ocupar ellos solos toda la realidad.

Ramón de la Vega

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