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BUZÓN


De la Unión

Parece que el Tratado de «Mastrique» (cfr. p.ej. Lope de Vega), por el que nace la Unión Europea, hará necesario un adjetivo en castellano correspondiente al sustantivo Unión (p. ej., los países ¿«unidos»?, los pesqueros ¿«unitarios»? o las empresas ¿«unificadas»?. Se agradecen todas las sugerencias.

Antonio Ballesteros

 


Multimedia

En la década de los sesenta se acuñó el término mass-media para designar el conjunto de técnicas y soportes de difusión masiva de la información y la cultura (prensa, radio, televisión, etc.). Poco después, se generalizaba la abreviación media, que se tradujo al español por «medios de comunicación», trasladando el plural latino de la palabra inglesa. Sin embargo, el formidable desarrollo de la informática ha impuesto la denominación anglo-latina de multimedia para designar los sistemas informáticas que combinan varios medios de trasmisión de la información (sonido, gráficos, imagen, texto, etc.) Habida cuenta del precedente de los «medios de comunicación» y de la clara tendencia a castellanizar los plurales latinos, el término multimedia debería traducirse por multimedios (con lo que se evitarían, entre otras cosas, eslóganes publicitarios dudosos como el de «el fin justifica los multimedia».

Joaquín Calvo Basarán

 


Comentarios sobre el «Manual para traductores...» de la Comisión

Hay en este manual una opción de estilo cuya conveniencia me parece con mucho lo más discutible de todo el texto. Me refiero a la invitación que se hace al traductor, en lugar tan destacado como las primeras líneas de la Presentación, y siempre «en aras de la uniformidad entre las diferentes lenguas», a «acercarse a las formas comunitarias». Naturalmente, a continuación se añade la inevitable y pretendidamente tranquilizadora coletilla de que a condición de preservar los usos más correctos y convencionales.

Creo que no se trata más que de una invitación (como si desgraciadamente aún hiciera falta animar a ello) para que se incurra en la traducción con «piloto automático», plagada de calcos sintácticos y de otro tipo, lo que ha llevado a los textos comunitarios (por supuesto entre algunas otras causas) a rezumar esa «elegancia» tan característica.

A pesar de la pretensión de que dicha uniformidad se ejercite dentro del respeto a las normas al uso en cada lengua, en realidad se está dando patente de corso a traducciones sin la más mínima sensibilidad lingüística exigible en un trabajo de estas características. Y eso por más que no seamos traductores a secas, sino traductores de una institución.

Por otra parte, no acabo de ver la conveniencia o la bondad de buscar dicha uniformidad formal. Una cosa es uniformar tipos impositivos, diámetros de neumáticos o medidas de jaulas para gallinas y otra bien distinta, las diversas lenguas comunitarias. Hacer pasar por ese lecho de Procusto las lenguas me parece buscar paralelismos sin razón de ser entre uniformizaciones económicas o administrativas que, evidentemente, la Comunidad sí ha de hacer converger y realidades muy diferentes. Supongo que como en el subconsciente de muchos responsables comunitarios la diversidad lingüística parece el freno principal a una Europa verdaderamente unida, han decidido empezar a luchar contra ella por esta vía. Ironías al margen, creo que no se trata de eso.

Además, ¿qué recomendación se hará a los traductores comunitarios de lenguas no románicas para adecuarse al «formato» francés? ¿También a ellos le les invita a esa uniformidad? Y ¿cuál se supone que habrá de ser la lengua de referencia en tal caso?

Para terminar con esta cuestión, me parece contradictorio expresar ese desiderátum en el Manual para tomar a continuación en el Apéndice 9 (Escollos del francés comunitario, pág. 63) todas las precauciones para que no se traduzca 'beneficier' por «beneficiar», 'modalité d'application' por «modalidad de aplicación», 'considérer comme' por «considerar como» y cientos de otros ejemplos de calcos incorrectos o poco elegantes.

De no ser que alguien me razone la conveniencia de dicha «uniformidad», propongo que se sugiera a la Comisión la supresión de esa invitación, que no hace sino fomentar aún más esa jerigonza irreconocible con la que tenemos que transigir tantas veces. Ello nos llevaría al problema del grado de «respeto» que se ha de tener por ciertas fuentes y de la necesidad de encontrar mecanismos más ágiles para poder cambiar traducciones que vienen arrastrándose desde los primeros años, en que la falta de personal en todas las instituciones obligó a trabajar de una manera poco apropiada para lograr un trabajo de más calidad. Pero eso es ya otra historia distinta a la del Manual que ahora nos ocupa que, en términos generales, me parece un manual correcto y utilísimo si fuera seguido con más empeño.

Nada que objetar a los aspectos relacionados con la presentación de las traducciones o a las reglas para la traducción de textos normativos. La presentación formal también la considero muy cuidada, como corresponde a un texto de estas características, y sólo me zumba en los oídos la tan manoseada muletilla de «a la hora de» repetida en diferentes lugares del Manual. No es más que una manía de esas que todos contraemos.

Jesús Pérez Martín

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