ESA
Las revoluciones de la ciencia offshore
Entrevista a David Southwood, director científico de la ESA. Según él, se distinguen
dos grandes ciencias espaciales. Una está relacionada con el exterior y abarca
desde nuestro sistema solar hasta los confines del Universo; la otra se centra en la
Tierra. No obstante, ambas ciencias tratan de dar respuesta a una triple pregunta
fundamental sobre la existencia de los seres vivos: ¿por qué, cómo y dónde?
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“En la actualidad se recurre constantemente
a las herramientas espaciales con el fin
de comprender el funcionamiento del
ecosistema global de la Tierra (así como
de los subsistemas que lo componen)
y revelar así una serie de fenómenos
esenciales imposibles de conocer por otros
medios”, observa David Southwood,
director científico de la ESA. © ESA |
Dado que la ciencia espacial representa un campo de investigación
cuyos costes parecen faraónicos, ¿hace bien Europa al destinar tantos
medios y esfuerzos?
Seamos realistas. Europa no ha ido al espacio más que nada para
hacer ciencia. La capacidad de poner satélites en órbita, hoy en día,
es una herramienta estratégica y económica esencial para las tele -
comunicaciones, la navegación, la seguridad, etc. Es decir, se trata de
una cuestión básica de independencia. Hace algunos siglos, una
nación moderna debía disponer de una flota y ser capaz de enviar
navíos de un continente a otro. De igual modo, tendríamos que poder
enviar vehículos espaciales donde deseemos.
Así, una vez que existe dicha capacidad, podemos a su vez aplicarla a
la ciencia. Privarse de ello sería una aberración ya que los avances de los
conocimientos fundamentales y aplicados que se han ido adquiriendo
gracias al espacio son fundamentales para un amplio abanico de áreas.
Europa es un centro esencial de la investigación mundial y dispone
de potencial científico humano muy preparado. Tiene un papel que
desempeñar en un tema en el que hay que poder ir a donde se quiera.
¿Cuáles son los objetivos científicos de la ESA?
El hecho de ir al espacio permite tener dos visiones científicas diferentes.
Una, con la mirada puesta hacia el exterior, tiene como objetivo
comprender el Universo en el cual existimos y del que provenimos. La
otra, orientada hacia el interior, consiste en observar este objeto
denominado Tierra al que debemos la existencia.
En el exterior, el primer campo de interés evidentemente es la exploración
de nuestro entorno cercano, a saber: nuestro sistema solar que cada
vez está más “al alcance de los vehículos espaciales”. La ESA dirige en
estos momentos dos naves Express alrededor de Venus y Marte. La
expedición conjunta Cassini-Huygens, realizada entre 2004 y 2005, ha
supuesto todo un éxito: la nave de la NASA está en órbita alrededor de
una luna de Saturno denominada Titán, sobre la cual se ha posado sin
tropiezos la sonda europea Huygens. Hay que mencionar también
las circunvoluciones del satélite Smart 1 que, desde 2004, estudia
minuciosamente el suelo de nuestra Luna buscando huellas de
agua de épocas anteriores.
Asimismo, Europa ha contribuido en gran medida a la “caza de cometas”
con el envío de la sonda Giotto al cometa Haley hace 20 años, lo que
fue un hecho sin precedentes. La formación de los cometas precede a
la de los planetas, por lo que podrían haber sido el material de base
que dio origen a los planetas. Por supuesto, dicho material se habría
calentado, habría sufrido colisiones, agregaciones y tendríamos que ser
capaces de comprender lo que ocurrió para volver a encontrar los
“fundamentos básicos”. Con este ambicioso objetivo se efectuó el
lanzamiento de la sonda Rosetta en 2004, destinada a posarse
sobre el cometa Churyumov-Gerasimenko en 2014. Dicho proyecto debe su nombre a la Piedra de Rosetta, con la cual Champollion
pudo descodificar los jeroglíficos egipcios. De hecho, buscamos los
códigos de desarrollo de la materia en el sistema solar; una materia de
la que también surgió la vida.
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Imágenes del satélite Envisat de la costa nordeste
de Sri Lanka en el momento del tsunami del
28 de diciembre de 2004 (arriba) y los daños de
esta catástrofe registrados por el satélite ERS-2. © ESA |
Pero el espacio no se acaba en el sistema solar...
¡Ni mucho menos!... Aparte del sistema solar, los telescopios y los
detectores a bordo de satélites orbitales proporcionan un gran campo
de observación a los astrónomos y astrofísicos. A este respecto, el
“observatorio” Hubble tiene una reputación ya reconocida en lo que
respecta a la calidad y cantidad de imágenes estelares que recoge. Sin
embargo, otros instrumentos menos conocidos, como el telescopio
espacial XMM-Newton, centrado en la detección de las radiaciones X,
recopilan numerosos datos decisivos para los científicos.
La ESA tiene varios proyectos en preparación dedicados a esta fascinante
exploración del Universo. Dentro de dos años, lanzaremos con el mismo
cohete los dos vehículos Planck y Herschell. El primero estudiará la
formación del Universo y los primeros indicios de su estructuración en
las galaxias más lejanas, es decir, los momentos inmediatamente posteriores
al Big Bang. El segundo analizará la organización de la materia
en cúmulos, la formación de las galaxias, las estrellas y los planetas.
Herschell será una herramienta para intentar resolver el misterio del lado
oscuro del Universo, en el que la gravedad transforma la masa en calor
con el colapso de ciertas estrellas sobre sí mismas. Después, le llegará el
momento a la futura misión Gaia, que realizará una verdadera inmersión
en el corazón de la “relojería cósmica” de nuestra propia galaxia, en sus
miles de millones de estrellas, en su materia negra...
¿Con todos estos proyectos, no descuidan la observación de la Tierra?
No, porque el programa Living Planet (o Planeta Vivo), que agrupa todos
los medios de observación de la Tierra, representa aproximadamente la
mitad de los trabajos de investigación científica de la ESA para los
próximos años. Ahora la investigación espacial intenta comprender
el funcionamiento del ecosistema global de la Tierra y de los subsistemas
que lo componen, poniendo de manifiesto una serie de fenómenos
esenciales imposibles de conocer por otros medios. Desde hace tres
décadas, Europa ha ido acumulando prácticas y conocimientos inestimables
a través del creciente despliegue de satélites meteorológicos, la
puesta en órbita de los satélites ERS 1 y 2 (European Remote Sensing
Satellite) y, sobre todo, a través del Envisat, un satélite emblemático de
la observación de la Tierra. Desde esta plataforma de satélites, unos
diez instrumentos exploran los océanos, los casquetes glaciares, los
continentes y la atmósfera, desde el año 2002.
Living Planet constituye la hoja de ruta que se ha fijado la ESA para
cumplir su importante misión en el contexto actual del cambio global y del
calentamiento climático. Para ello está previsto para 2012 el lanzamiento de una serie de seis satélites, los denominados Earth Explorers, que
ahora se están diseñando y construyendo. Cada uno debe realizar una
serie de tareas, según las necesidades de los “médicos especializados”
de la Tierra, recogiendo datos sobre las grandes corrientes marinas, la
salinidad oceánica, el ciclo del agua, la circulación atmosférica, el deshielo
de los glaciares, etc. Este trabajo se Ilevará a cabo independientemente
del perfeccionamiento de los satélites meteorológicos, así como de los
vehículos espaciales que formarán parte del famoso sistema orbital
GMES (Global Monitoring for Environment and Security).
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El satélite Spainsat situado en el vértice
de la lanzadera Ariane 5. © ESA/S.Corvaja |
Al visitar la página Web de la ESA, la primera sección que propone atrae
al visitante. Se titula Life in Space (o Vida en el Espacio). ¿No es esta
cuestión subyacente de “la vida en otro lugar” que hace que el Hombre
sienta una atracción irresistible por el espacio?
Sabemos, en todo caso, que “la vida aquí” existe. Cuando observamos
la Tierra desde un vehículo espacial ¿no estamos ya observando “la vida
en el espacio”? Y ya es hora de que lo hagamos , porque sabemos que
el calentamiento climático y los cambios mundiales son procesos que
nos llevan a cuestionar la relación que existe entre la vida y el planeta,
así como la responsabilidad del ser humano de cara a “su” planeta.
Dicha relación también rige nuestra visión del exterior. La posibilidad de
que nuestra Tierra se vuelva inhabitable nos lleva a estudiar las razones
por las que el intenso efecto invernadero impide cualquier vida en
Venus, y la posibilidad de que Marte, pese a su imagen inhóspita,
albergue formas primitivas de vida. Por otro lado, en Titán encontramos
hidrógeno, metano, nitrógeno, agua... Ahora bien, si este agua liberase
su oxígeno estarían reunidas todas las condiciones para la existencia de
seres vivos. Además, ahora tenemos la posibilidad de estudiar planetas de
fuera de nuestro sistema solar, lo que hace tan sólo 20 años hubiera sido
visto como ciencia-ficción.
En otras palabras, la ciencia intenta comprender el origen del Universo,
de la vida en la Tierra y tal vez de la vida en otro lugar. Si el Universo tuviera
que renacer, no existe ninguna certeza de que los humanos surgiesen
nuevamente en un planeta no más importante que los demás, en una
galaxia rodeada por muchas otras hasta donde alcanza la vista...
La ciencia también sabe cómo continúa la historia. Un día, dentro de
cinco mil millones de años, el Sol se habrá convertido en un gigante rojo
y se habrá tragado la Tierra. Quizá nuestro planeta sea el único lugar
con vida de nuestro singular Universo. Pero, a su vez, quizá este
Universo esté lleno de vida, lo cual tiene una significación moral. En
cierto modo, si somos únicos, esto convierte nuestra supervivencia en
un desafío especial. Pero si, por el contrario, sólo representamos un caso
entre otros muchos, entonces tendría menos importancia, simplemente
podríamos dejar que la luz se apagara, una vez llegado el momento...
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