Damocles revela la espeluznante escala de la desaparición del hielo ártico

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La banquisa del Ártico está retrocediendo a una velocidad vertiginosa. Los resultados iniciales de la investigación llevada a cabo por el proyecto DAMOCLES («Developing Arctic Modelling and Observing Capabilities for Long-term Environmental Studies» o «Desarrollo de las capacidades de observación y modelación del Ártico con vistas a estudios ambientales a largo plazo») indican que el hielo del Océano Ártico podría desaparecer en el verano dentro de una década, tal vez en una quincena de años, mucho antes de lo establecido por las predicciones emitidas por la mayoría de modelos del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC).

En la actualidad, el equipo de DAMOCLES está recopilando datos a una escala sin precedentes sobre la situación del medio ambiente en el Ártico. Gracias a esto, la sociedad puede ahondar en la comprensión de los procesos que afectan al hielo marino de la región ártica. Y también tomar conciencia de las irreparables consecuencias que tendrá el deshielo sobre el medio ambiente del planeta, la vida y la actividad de los seres humanos.

DAMOCLES, financiado por la UE, reúne a expertos en temas del Ártico vinculados a un amplio espectro de disciplinas y pertenecientes a cuarenta instituciones de diez Estados miembros de la UE, Bielorrusia, Noruega y Rusia. Constituye, pues, una importante contribución de la UE al Año Polar Internacional, que se celebra entre 2007 y 2009. En el proyecto colaboran también países no comunitarios, como es el caso de la iniciativa estadounidense SEARCH («Study of environmental Arctic change» o «Estudio de los cambios medioambientales en el Ártico»).

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El Ártico: un sistema frágil amenazado

En los últimos decenios, el Ártico ha sufrido un calentamiento muy superior al del resto del planeta. Uno de los signos más visibles de ello es el rápido retroceso de la banquisa del Polo Norte. A principios de la década de 1980, su tamaño medio a finales de verano era de 8 millones de km2, mientras que en el verano de 2007 se había reducido al mínimo histórico de tan sólo 4 millones de km2. Se trata, sin duda, de un récord alarmante.

Sin embargo, la disminución veloz en la extensión de los hielos árticos no es lo único que está cambiando, ya que las primeras conclusiones del proyecto DAMOCLES indican, además, que la masa de hielo restante es cada vez más fina y que la banquisa perenne está siendo gradualmente sustituida por hielos de nueva formación (de primer año). Y siguen las malas noticias: mientras que el inicio de la formación de hielo en invierno no deja de retrasarse, en verano, más de la mitad de la masa glacial se halla cubierta por estanques de agua procedente del deshielo. Es precisamente el carácter repentino de estos cambios lo que ha llevado al equipo de DAMOCLES a concluir que un Ártico sin hielo podría ser una realidad mucho antes de lo que muchos habían previsto.

La banquisa del Ártico – o casquete polar – desempeña un papel fundamental en el sistema climático mundial. Debido a que la banquisa es de color blanco y, por consiguiente, tiene un alto albedo, refleja el 80 % de la radiación solar y la envía de vuelta al espacio. Sin embargo, cuando el hielo se derrite, la superficie del océano queda expuesta. Como el océano es de color oscuro, absorbe el 80 % de la energía del sol, lo que provoca un aumento de la temperatura oceánica que hace aún más difícil la formación de hielo.

Catástrofes en cadena

La desaparición de la banquisa en verano, y el consiguiente calentamiento de las capas superiores del océano y de la capa inferior de la atmósfera, podrían acelerar el deshielo de la inmensa capa glacial que cubre Groenlandia. Esto podría desencadenar un aumento acelerado del nivel del mar de hasta un metro de altura antes de finales de siglo, lo que borraría del mapa a países de tierras bajas como Bangladesh y pequeños estados insulares como Tuvalu. Por otra parte, grandes ciudades como Londres, Tokio, Nueva York y Bombay podrían verse igualmente afectadas.

Por si esto fuera poco, el vertido al mar de agua dulce procedente de Groenlandia reduciría la salinidad del Atlántico Norte, lo que podría llegar a interrumpir la Corriente del Golfo, que transporta agua cálida desde los trópicos hasta Europa Occidental. Cuando llega a los climas más fríos del Ártico, la Corriente del Golfo se vuelve más densa y se precipita hacia el fondo del océano. Sin embargo, dado que el agua dulce es menos densa que el agua salada, la menor salinidad del Atlántico Norte podría impedir que la Corriente del Golfo se hundiera, pudiendo, de hecho, detenerla, lo que provocaría un drástico enfriamiento de Europa Occidental y podría, incluso, desplazar las zonas de lluvias tropicales.

Si el deshielo puede desencadenar consecuencias catastróficas para la flora y la fauna del Ártico, no sería menos grave su impacto en numerosas regiones del planeta, y la actividad pesquera estaría entre las primeras afectadas. Así pues, el retroceso de la banquisa ártica también tendría profundas repercusiones socioeconómicas. Con toda probabilidad, se intensificaría la navegación en determinadas áreas marítimas, y la mayor facilidad de acceso alentaría las actividades de prospección y explotación de gas y petróleo. Éstas, a su vez, podrían alterar gravemente el frágil equilibrio medioambiental en el Ártico, sin olvidar las posibles consecuencias de un vertido de petróleo u otros posibles accidentes causados por estas industrias.

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DAMOCLES: transformación del Ártico en laboratorio

Comparados con otras partes del mundo, los datos que existen en la actualidad sobre el sistema climático del Ártico son todavía insuficientes, lo que supone un obstáculo añadido a los esfuerzos por comprender los fenómenos medioambientales en esa zona polar. Desde su inicio, el proyecto DAMOCLES se ha centrado en solventar esta laguna de conocimientos, para lo cual literalmente ha sembrado la región ártica con avanzados instrumentos.

Unas boyas sujetas al hielo miden la temperatura y salinidad de los océanos, así como la temperatura del aire y la presión. Bajo el hielo, deslizadores subacuáticos viajan a través del océano a distintas profundidades, midiendo la temperatura, la salinidad y la presión. Otros aparatos anclados al fondo del mar permiten a los científicos vigilar el estado del océano en un enclave determinado durante un largo período de tiempo. Asimismo, se usan herramientas que permiten medir el espesor del hielo.

Muchos de estos aparatos transmiten sus datos a satélites, lo que permite a los científicos tener un control de la situación en tiempo real. Además de la información procedente de todo el instrumental instalado a lo largo y ancho del Ártico, los científicos recurren simultáneamente a las imágenes por satélite para completar el panorama de lo que está sucediendo.

Uno de los trabajos más interesantes realizados por el proyecto atañe a un barco de investigación llamado Tara, que estuvo voluntariamente encallado en la cubierta de hielo ártico durante año y medio. A lo largo de este período, la embarcación viajó a la deriva con la banquisa ártica, mientras la tripulación reunía datos sobre el comportamiento del hielo, el océano, debajo de la masa polar, y los cambios en la atmósfera.

Otro barco cuya contribución ha sido vital para el éxito del proyecto es el Vagabond, que, de hecho, está sirviendo como campamento base de DAMOCLES en el Archipiélago Svalbard. La tripulación del Vagabond se ha dedicado con ahínco a comprobar el funcionamiento perfecto de la tecnología puntera diseñada especialmente para este proyecto.

Modelos tecnológicos de futuro

El reto que ahora le queda por delante a los especialistas del equipo de DAMOCLES es analizar los distintos datos generados por el proyecto y utilizarlos para el futuro desarrollo de modelos que puedan predecir con la máxima fiabilidad el destino de la banquisa ártica, así como determinar con mayor precisión las consecuencias de su desaparición gradual.

Entretanto, las primeras conclusiones elaboradas por DAMOCLES no sólo permiten apreciar la gravedad de la situación, sino también afirmar con seguridad que la pérdida de la capa de hielo ártica tendrá consecuencias que se extenderán mucho más allá de los confines del Círculo Polar Ártico.