EUROPA CENTRAL Y ORIENTAL

El difícil gambito de la dama

Los antiguos países comunistas tienen los índices más altos de mujeres en las profesiones científicas. Ahora bien, como han demostrado las expertas que elaboraron el informe ENWISE, pocas veces ocupan puestos prestigiosos. Desde 2004, varias iniciativas se esfuerzan por volver a poner la cuestión del género en el centro de la política de investigación.

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Es la paradoja de Europa del Este. Todos los países que entraron en la Unión Europea desde el 2004 están por encima de la media europea del 29 % de mujeres en las profesiones científicas (salvo la República Checa, con el 28 %). Pero, al mismo tiempo (a excepción de Rumanía) son también los países en los que “la incidencia del techo de cristal”, que mide las diferencias entre las progresiones de las carreras científicas de los hombres y de las mujeres, es la más elevada. Para comprender las causas de esta paradoja, el grupo de trabajo ENWISE (ENlarge Women In Science to East), constituido por la Comisión Europea en 2003 con la perspectiva de la adhesión de estos países a la Unión, había sugerido estudiar la larga historia de Europa Central, los Países Bálticos o los Balcanes. Este estudio se plasmó en el informe “Waste of talents: turning private struggles into a public issue”.

Cruce de herencias

Estos países tienen en común el haber estado mucho tiempo bajo el dominio de un imperio tradicionalista, ya sea el austro-húngaro, el ruso o el otomano. Cuando accedieron a la independencia, a menudo después de la Primera Guerra Mundial, todos aplicaron una política audaz de modernización que beneficiaba a las mujeres. Obtuvieron el derecho al voto casi en todas partes (treinta años antes que en Bélgica, Francia o Italia) y representaban la cuarta parte de los efectivos universitarios, dentro de un sistema educativo mixto, algo excepcional en otros lugares. Aunque no todo era de color de rosa: excepto una pequeña élite de la burguesía, las mujeres no trabajaban apenas en los laboratorios, y el discurso nacionalista tendía a confinarlas a su papel tradicional de guardiana del hogar.

Sin embargo, hubo un impulso que la llegada al poder de los regímenes comunistas, después de la Segunda Guerra Mundial, reforzó aún más. La igualdad de los sexos se convirtió en un objetivo político prioritario, acompañado de medidas voluntaristas: incitación a las jóvenes a realizar estudios universitarios, promoción de las mujeres a los puestos de responsabilidad, múltiples disposiciones colectivas para el cuidado de los niños... con buenos resultados. Pero también tuvieron un efecto secundario potencialmente devastador: a causa del empeño político a favor de la igualdad de los sexos, las sociedades se volvieron “ciegas a la cues-tión del género”, como escribieron las expertas de ENWISE, dirigidas por Ene Ergma, física y política estonia. “El techo de cristal existía, pero ni las mujeres, ni los investigadores en ciencias sociales lo veían, ni lo criticaban”, sobre todo por la prohibición de los movimientos feministas organizados de la preguerra, calificados de “burgueses”.

Las paradojas de la transición

¿Cómo una herencia histórica tan compleja iba a ejercer una influencia sobre el lugar de las mujeres en la ciencia una vez desaparecidos los regímenes comunistas? Las expertas de ENWISE estiman que durante los años de transición las mujeres no dejaron el mundo del trabajo, aunque sólo fuera debido a las dificultades económicas, por la necesidad de dos salarios en la familia. Pero con el desplome de la inversión en ciencia y tecnología, siendo éstos sectores mimados de los regímenes comunistas, muchos hombres dejaron los laboratorios de su país para irse al extranjero y, sobre todo, hacia los sectores mucho mejor remunerados de las finanzas o del comercio. Las mujeres se quedaron, incrementando aún más su presencia en la esfera científica, sin que aumentara la concienciación acerca de la desigualdad. Como recogía el informe ENWISE – y es una triste realidad que se aplica a toda la Unión Europea – cuanto más invierte un país o un sector de actividad en la investigación, menos se preocupa por la presencia de mujeres.

Por lo tanto, la explicación de esta paradoja que se produce en Europa del Este se encuentra en la historia del siglo XX: estos países cuentan con más investigadoras, pero también se dan allí más desigualdades entre científicos hombres y mujeres. Esta historia ha dado un nuevo giro con la adhesión a la UE, en la que la igualdad entre géneros es una de las piedras angulares de su política científica. “Desde el 2004, en parte gracias a los esfuerzos de los diferentes proyectos financiados por la Unión, los dirigentes políticos consideran la cuestión ‘mujeres y ciencias’ como ‘aceptable’. Tanto las diferentes agencias gubernamentales encargadas de la política científica como el ministerio a cargo de la igualdad de las posibilidades financian ahora iniciativas sobre este tema”, manifiesta complacida Dora Groo, presidenta de la Asociación de las Mujeres Científicas Húngaras creada a finales de 2008.

La hora de las iniciativas…

La Unión Europea ha apoyado numerosas iniciativas para que esta cuestión sea tratada a nivel nacional. Fue así como desde 2005 el Central European Centre for Women and Youth in Science (CEC-WYS), que reúne a equipos checos, eslovacos, eslovenos y húngaros, ha estado organizando sesiones de formación sobre cómo integrar la cuestión del género en los proyectos científicos europeos. También se ha esforzado por integrar en el debate público de estos países la cuestión de la igualdad entre hombres y mujeres en la ciencia. “Esta cuestión era completamente marginal para los responsables políticos, los protagonistas de la investigación y los periodistas”, testimonia la socióloga checa Marcela Linkova, que dirigió el CEC-WYS. “Y cuando se abordaba este problema era para ver cómo las mujeres podrían conciliar mejor el trabajo y la vida familiar. Las medidas contempladas estaban previstas para que se pudieran adaptar mejor a las carreras masculinas, en lugar de intentar concebir de nuevo la propia noción de carrera, para que se pudiera llevar a cabo sin sacrificar la vida personal”.

Sin duda es uno de los frutos del paciente trabajo de sensibilización llevado a cabo por el CEC-WYS, aquel artículo del principal periódico eslovaco que, en junio de 2007, se inquietaba por la pequeña proporción de mujeres en las universidades del país. “Es un problema porque, al igual que la política, es un área importante de la vida pública en la que falta el voto de las mujeres”, denunciaba el periodista. O la publicación en Praga de un libro titulado El gambito de la dama(1) – por el nombre de la famosa jugada de ajedrez que hace posible que la dama domine el centro del tablero – que cuenta cómo, en los últimos años, muchas jóvenes han emprendido una carrera científica, con éxito. O también aquella difusión en la televisión húngara de un documental con el mismo tema.

… y de los cambios

Uno de los desafíos decisivos es que en las jóvenes generaciones aparezcan imágenes positivas de mujeres científicas, para contrarrestar los estereotipos sexistas que siguen vivos y la débil conciencia feminista. A pesar de los esfuerzos de las asociaciones de investigadoras, la cuestión del género en la ciencia queda a menudo como secundaria, incluso se percibe como una manía “de Bruselas”. “Para el público culto, la cuestión de la igualdad entre los géneros se asimila a una problemática de la época comunista, sin relación con la historia cultural nacional, lo que contribuye a que se deje de lado esta cuestión. Y, no obstante, la Asociación de las Mujeres Universitarias Búlgaras se creó en 1924”, observa Nikolina Sretenova, filósofa de las ciencias.

Como reveló un estudio del Baltic States Network Women in Science and high Technology, las investigadoras estonias siguen culpándose a sí mismas si tienen carreras menos brillantes que las de los hombres, sin ver que esto no se debe a sus decisiones personales ni tampoco a que tengan menos méritos, sino, en gran medida, al propio funcionamiento del sistema. La generación que conoció la época comunista y su ideal declarado de igualdad empieza a ser sustituida por una nueva generación con diferentes aspiraciones y, a menudo, como reconocía el informe ENWISE, sensible a los cantos de sirena que preconizan la vuelta de las mujeres a sus papeles tradicionales.

Ahora bien, los expertos del proyecto Women in Science Debate, que sucedió al CECWYS, temen que estas voces puedan tener cada vez más influencia a medida que la investigación científica vaya recobrando prestigio en estos países que se orientan a su vez hacia una economía del conocimiento. “En los países de la semiperiferia de Europa, ya se han observado muchas veces tales vaivenes, y esta mezcla variable de ideas progresistas y conservadoras incluso forma parte de la cultura política local”. La historia sigue estando presente.


Mikhaïl Stein

  1. Queen’s Gambit. The Launch of a Research Career, Institute of Sociology of the Academy of Science of Czech Republic Prague, Barbora Tupá (editores), Praga, 2007.

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