ENTREVISTA

Volcada no sólo en la ciencia…

A Susan Greenfield, neurofarmacóloga famosa por sus investigaciones sobre las enfermedades de Alzheimer y de Parkinson en su laboratorio de Oxford, le gusta salir de los caminos ya trillados e implicarse en los asuntos que atañen a la sociedad. Presente en los debates mediáticos como Miembro de la Cámara de los Lores británica – y poseedora del título nobiliario de baronesa –, es también escritora de libros para el gran público, en los que aborda la relación cada vez más íntima de lo humano y lo tecnológico.

Susan Greenfield: “Las neurociencias no disponen de las herramientas necesarias para explicar la existencia de la mente, o el estado de conciencia tan especial del ser humano, pero permiten estudiar, con seriedad, su desarrollo, su funcionamiento, y los factores que pueden influir en ella”. © Stuart Clarke
Susan Greenfield: “Las neurociencias no disponen de las herramientas necesarias para explicar la existencia de la mente, o el estado de conciencia tan especial del ser humano, pero permiten estudiar, con seriedad, su desarrollo, su funcionamiento, y los factores que pueden influir en ella”.
© Stuart Clarke

Sus conocimientos en neurociencias le han inspirado para escribir dos libros en los que usted explora los fundamentos de la identidad humana. Precisamente, en términos de identidad, ¿diría usted de sí misma: “soy una científica” o más bien “soy una mujer científica”?

Usted no le haría esta pregunta – poco habitual – a un hombre, y, según las normas del rigor científico, debería adoptar la formulación “neutra”. Pero sé también que se trata de una definición muy formal. Sí, me considero antes que nada mujer, es mi “marca de nacimiento”. Porque, por muy importante que sea para mí la ciencia, mi vida está también llena de otras cosas. Por lo tanto, opto por la segunda posibilidad: soy una mujer científica. Cuando estoy en los medios de comunicación, así es como me consideran. Por ejemplo, los periodistas se suelen interesar por mi vida familiar, me preguntan si tengo hijos. No creo que piensen tanto en este tipo de preguntas cuando entrevistan a un hombre.

Reconocida a la vez como científica y como mediadora de la ciencia, usted forma parte de esta minoría de mujeres que han franqueado el “techo de cristal”. ¿Cómo lo ha logrado?

Aquí siento la tentación de responder que soy una mujer científica sin hijos, porque está claro que los hijos son la cuestión más importante que se plantean las mujeres que tienen una vocación científica. Las que son investigadoras y madres de bebés de seis meses, que tienen entre veinte y treinta años – o más – se ven confrontadas con un dilema permanente. Aunque los hombres puedan ayudar mucho, la responsabilidad ineludible de la maternidad se añade a las angustias cotidianas del estatus de joven investigadora, que depende la mayoría de las veces de becas o de créditos temporales, que hay que renovar. Hay que responder a convocatorias, presentar candidaturas a becas, tratar de formar parte de equipos que proponen proyectos y, además de eso, publicar con frecuencia y sin demora. ¿Usted es joven investigadora, en los escalones inferiores de la inves- tigación? Probablemente se quede usted ahí, ya sea porque abandona temporalmente sus ambiciones, o porque (si, a pesar de todo, decide continuar) está en desventaja a la hora de progresar con respecto a sus colegas masculinos.

En todo caso, lo que le digo se da en el Reino Unido. Hace tiempo, pasé un año en el Collège de France, en París, y me quedé sorprendida de las facilidades que tenían las científicas francesas, por ejemplo, en lo que respecta a las guarderías o a la flexibilidad de horarios. Aquí, las investigadoras tienen menos suerte. Europa es un espacio que hay que visitar, para ver lo que funciona mejor en otros lugares.

Cuando una científica decide tener hijos y dedicarles el tiempo que necesitan, un aspecto esencial es la cuestión de su posterior vuelta al trabajo. Hay que concebir nuevos sistemas. Estoy pensando, por ejemplo, en lo que llamamos en inglés “ring fences”– fondos especiales dedicados a la vuelta al trabajo de estas mujeres. La Royal Institution ha atribuido una serie de becas de este tipo en el Reino Unido, en el marco de una cooperación con las iniciativas de mecenazgo de la feminista empresa L’Oréal. Pero sólo es una gota en el mar de obstáculos a los que se ven confrontadas las científicas.

Uno de estos obstáculos es también el daño provocado por el sexismo casi-institucional de la ciencia. Yo creo que hay una tendencia no declarada a infravalorar las responsabilidades de las mujeres en la investigación, que las propias mujeres contribuyen a agravar. Por ejemplo, comprobamos que, en determinados campos como la física, hay menos candidatas que candidatos a los puestos ofrecidos.

Ése no ha sido su caso… Y, además de su carrera de investigadora, usted acumula también una doble responsabilidad política e institucional.

Para mí lo más importante es mi vida de investigadora. Por nada del mundo deseo renunciar a los días y a los trabajos que tengo, cada semana, en mi laboratorio de Oxford. Pero ya no soy una joven investigadora, una luchadora aislada, como acabo de describir. Me ayudan y puedo delegar. Cuando estos “señores vestidos de gris” (como los llamo) me contactaron para presentar mi candidatura a la Cámara de los Lores, para mí suponía una reflexión personal sobre la influencia mental que la ciencia tiene y que tendrá cada vez más en la propia identidad de los individuos. En esta asamblea no hay muchos científicos, a pesar de que a menudo se traten temas relacionados con el lugar de la ciencia y de las innovaciones. Pero estoy también en la Cámara de los Lores(1) como mujer, con un punto de vista femenino.

Los libros que usted ha escrito sobre esta “influencia mental de la ciencia en el individuo” describen un futuro un poco inquietante, que puede llevar al pesimismo…

El campo que exploro depende de conocimientos cada vez más profundos sobre el funcionamiento del cerebro humano, sobre su desarrollo, su plasticidad, su química y sus conexiones, su forma de percibir, de interpretar, de organizar los “mensajes” que le envían sus sentidos y su propia historia, así como la influencia de los genes. Precisamente estoy reflexionando sobre el impacto de las tecnologías que rigen cada vez más la percepción del mundo real que el cerebro, y el individuo en el que está alojado, reciben de su entorno. Al pasar de lo real a lo virtual, actuando sobre la química de nuestras neuronas, manipulando nuestras capacidades sensoriales, entramos en una esfera que interviene en los elementos constitutivos de la mente humana. Las neurociencias no disponen de las herramientas necesarias para explicar la existencia de la mente, o el estado de conciencia tan especial del ser humano, pero permiten estudiar, con seriedad, su desarrollo, su funcionamiento, y los factores que pueden influir en ella. Es lo que trato de relatar en mis libros, de forma muy libre(2).

Me han reprochado – no sin algo de razón en cuanto a la primera de estas obras, Tomorrow’s People –, que insisto en las amenazas inherentes a las tecnologías que invaden el terreno de la mente humana. No lo hago por pesimismo, sino a modo de advertencia. Estoy convencida de que la mente tiene una creatividad inagotable, pero también veo su fragilidad.

¿Los filósofos, desde hace milenios, y los antropólogos del siglo XX, no dijeron y escribieron ya todo sobre este tema?

Lo que es nuevo, es que la ciencia puede proponer, por sus propias vías, un enfoque fisiológico que arroja una nueva luz sobre la asombrosa y compleja alquimia del ser humano. Esto me apasiona e intento explicarlo. En efecto, se pueden dar reflexiones entrecruzadas. Hoy en día, en lo que se refiere a la ciencia, la tendencia sería ir en busca de los conocimientos y las tecnologías más punteras del propio campo, sin tomarse el tiempo para plantearse las “grandes cuestiones”. No tenemos tiempo, ya estamos lo bastante ocupados con la búsqueda de financiación, las publicaciones especializadas (no siempre) que hay que escribir, los equipos que hay que formar, etc. En lo que a mí se refiere, eso no me basta. Estoy metida de lleno en la ciencia, pero quiero expresar las cuestiones que me evoca, aunque sepa que estas cuestiones pueden molestar y que no tienen respuesta forzosamente. La exigencia básica es plantearlas bien.


Declaraciones recogidas por Didier Buysse.

  1. Susan Greenfield también es presidenta de la Royal Institution, a la vez museo y espacio de reflexión y de comunicación en el que se unen la ciencia y la sociedad. Esta noble institución está instalada en los talleres en los que Faraday inventó el electromagnetismo.
  2. Susan Greenfield, Tomorrow’s People, Penguin Books, Londres, 2004. Susan Greenfield, The Quest for Identity in the 21st Century, Sceptre, Londres, 2008.

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