AGRICULTURA

Replantear la investigación agronómica

La agricultura europea emite demasiados gases de efecto invernadero, consume demasiada energía fósil y explota los recursos naturales más rápidamente de lo que se renuevan. Los modos de producción intensivos basados en la petroquímica y la mecanización ya están revelando sus límites. No hay más remedio que reformar el sistema. La investigación agrícola europea, algo abandonada durante un tiempo, vuelve a recobrar protagonismo.

El agua, un bien preciado y escaso, en abundancia en determinados tipos de cultivos, como el maíz. © INRA
El agua, un bien preciado y escaso, en abundancia en determinados tipos de cultivos, como el maíz.
© INRA
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“Ya es poco probable que el calentamiento climático se limite a 2°C de aquí al 2050”, como podemos leer nada más empezar el último informe prospectivo del Comité Permanente de Investigación Agrícola (CPIA), organismo creado por la Comisión Europea para definir las prioridades en materia de investigación agrícola. Aunque no haya consenso sobre la manera en la que va a evolucionar el clima europeo, las tendencias generales dejan presagiar grandes trastornos para la agricultura. “En Europa, prevemos un crecimiento medio de las temperaturas más acentuado al norte del continente. La variabilidad de las temperaturas y de la pluviometría será también mayor”, explica el agrónomo y economista Michel Griffon, director adjunto de la Agencia Nacional de la Investigación (ANR) en Francia. “Ciertas regiones, particularmente del Sur, sufrirán escasez de agua mientras que en el Norte, en particular en los países escandinavos y los Países Bálticos, podrán aumentar los rendimientos”.

Adaptar los modos de producción a las nuevas condiciones climáticas constituye el principal desafío de la investigación agrícola europea. Pero no es el único. El calentamiento global viene acompañado de una penuria energética. La agricultura intensiva, verdadero modelo sobre el cual se construyó la agricultura europea, se basa en un alto nivel de mecanización y en el recurso a insumos químicos fabricados a partir de energías fósiles. “Esta dependencia concierne no sólo a la producción sino también a la transformación, la conservación, el acondicionamiento y hasta el transporte de los alimentos”, precisa Gianluca Brunori, agrónomo de la universidad de Pisa (Italia) que presidió el grupo de expertos responsable del último informe prospectivo del CPIA.

Para colmo, la agricultura agota los ecosistemas. La utilización de insumos químicos induce numerosos problemas de contaminación del agua y de empobrecimiento de los suelos. Al sur de Europa, donde los cultivos dependen en gran medida de la irrigación, se bombea el agua subterránea más rápidamente de lo que se renueva. Por todas partes, la especialización de las explotaciones provoca la disminución de la biodiversidad.

Un nuevo sistema de investigación

Calentamiento climático, crisis energética y agotamiento de los recursos naturales. ¿Qué se puede hacer frente a estos desafíos con múltiples caras? “Para adaptarse al calentamiento climático mientras se le combate, debemos pasar de una agricultura que utiliza el petróleo a una agricultura basada en los recursos del ecosistema”, opina Gianluca Brunori. Este enfoque, denominado de varias formas (agroecología, ecoagricultura, agricultura ecológicamente intensiva o incluso agricultura de conservación), consiste en sacar provecho de las propiedades naturales del medio ambiente. Por ejemplo, la lucha biológica integrada pretende combatir los insectos devastadores dejando actuar a un gran número de sus depredadores naturales. En cuanto a las técnicas de conservación de los suelos, se apoyan en los procesos biológicos naturales para aumentar la fertilidad de las tierras.

Para desarrollar estos métodos, es preciso llevar a cabo numerosas investigaciones sobre la comprensión de las múltiples interacciones que rigen los ecosistemas. Pero se da el problema de que en el transcurso de las últimas décadas, los Estados miembros han ido reduciendo sensiblemente los presupuestos concedidos a la investigación agronómica. Por lo tanto, aunque Europa dispone de excelentes capacidades de investigación, generalmente se encuentran en manos de la industria. “La investigación pública europea ha abandonado sectores enteros del conocimiento, especialmente en lo referente a la ecología de los suelos o la forma en la que los insectos, los parásitos y las plantas interactúan”, explica Michel Griffon. “Esto pasó porque se pensaba que la agricultura ya no era un campo de innovación importante para el futuro. Se supuso que los avances de la industria en las biotecnologías eran suficientes para resolver los problemas del sector agrícola”.

Para Gianluca Brunori, hay que volver a concebir la investigación pública europea en agronomía con vistas a que pueda responder a los desafíos futuros. “A Europa le faltan consejos científicos independientes. Es absolutamente necesario que los Estados miembros vuelvan a invertir en agricultura con el fin de elaborar las estrategias futuras. De momento, el sistema de I+D está enfocado a corto plazo, sin cuestionar el modelo de la agricultura intensiva que ocasiona la mayoría de los problemas. Para salir de esta situación, las políticas relacionadas con la investigación, la educación y el asesoramiento técnico ofrecidos a los agricultores deben establecer mejor la diferencia entre los intereses públicos y los privados. Asimismo, hay que explotar los conocimientos de los agricultores en las investigaciones, porque conocen mejor que nadie las características del terreno”.

Fomentar la participación local

Parece ser que en lo que se refiere a los proyectos financiados por la Unión Europea, se ha tomado en cuenta la necesidad de invertir en el estudio de los agroecosistemas. “Nuestra estrategia global es explorar el máximo de tecnologías diferentes con vistas a que cada rama de la ciencia pueda aportar su contribución para el establecimiento de un nuevo sistema agrícola”, destaca Hans-Jörg Lutzeyer, administrador científico en la Unidad de Agricultura, Bosques, Pesca y Acuicultura de la Dirección General de Investigación de la Comisión Europea. “La mayor parte del presupuesto del Séptimo Programa Marco concedido a las investigaciones sobre la agricultura se centra en la puesta a punto de nuevos sistemas de producción, menos consumidores de energía y mejor integrados en el ecosistema. El resto está dedicado a la calidad de los alimentos y a las biotecnologías(1)”. Michel Griffon está de acuerdo con las nuevas orientaciones de la Unión Europea en materia de investigación agrícola, pero considera que aún quedan por hacer algunas mejoras. “Todo va muy rápido. Lo que parecía bastar hace dos años parece ahora poco ambicioso”.

Además de la investigación científica, Europa tiene que actuar también a nivel político. “Las grandes directivas medioambientales europeas, como las de la biodiversidad, el agua y los suelos tendrían que remodelarse para dejar más libertad a los Estados miembros y a las regiones para que definan, en concertación con los agricultores, el mejor sistema para sus explotaciones agrícolas y su medio ambiente”, opina Michel Griffon.

La Política Agrícola Común (PAC), motor de la generalización de la agricultura intensiva en Europa, tiene que reformarse también para dar respuesta a los nuevos desafíos. Al principio, los subsidios de la PAC fueron calculados con arreglo a la producción. Esto favoreció la emergencia de las grandes explotaciones actuales generalizando la mecanización del sector y el recurso a los insumos químicos. Desde entonces, la PAC ha evolucionado. Hoy en día tiene dos pilares: el primero se sigue dedicando al sostenimiento de los mercados y de los precios agrícolas mientras que el segundo concierne al desarrollo rural.

“Mientras que el primer pilar se administra a nivel europeo, el segundo deja mucha más autonomía a los Estados miembros. Así pueden apoyar y cofinanciar los sectores agrícolas que consideran importantes desde el punto de vista social o ecológico”, explica Hans-Jörg Lutzeyer. Este segundo pilar hace posible el que los agricultores obtengan subvenciones relacionadas con los servicios medioambientales que puedan prestar. Estos servicios no tienen ningún valor en el mercado de la industria agroalimentaria, por lo que conviene proporcionarles subsidios si se desea implantar un modo de producción viable ecológicamente.

La mayor parte del presupuesto de la PAC aún se centra en el primer pilar, pero se prevé su reforma para el 2013. Esperemos que los dirigentes europeos opten por un mejor equilibrio entre la competitividad económica y la sostenibilidad medioambiental. Gianluca Brunori afirma: “Estaría bien transferir fondos del primer pilar al segundo porque así se podrían ofrecer subsidios para promover prácticas y servicios agrícolas bien definidos. No obstante, para ello, debemos dotarnos de sistemas de conocimientos sólidos así como de capacidades de formación disponibles a nivel local”.

Julie Van Rossom

  1. Agricultura sostenible: 71,5 millones de euros – Calidad de los alimentos: 59,95 millones de euros – Biotecnologías: 59,95 millones de euros.
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