TRANSFERENCIA DE CONOCIMIENTOS

Del laboratorio a la empresa

Transformar los resultados de un trabajo de investigación en productos innovadores implica una larga aventura comercial, jurídica y social que excede ampliamente el marco científico. Una alquimia compleja, sobre todo en el Viejo Continente, donde el mundo industrial y el académico crecieron por separado. Consciente del problema, la Unión Europea ha hecho que la mejora de la transferencia de conocimientos forme parte de las seis prioridades del proceso de relanzamiento del Espacio Europeo de la Investigación (EEI) con vistas al año 2020.

Europa cuenta con más licenciados en ciencias y en ingeniería que cualquier otro lugar; ostenta el mayor índice de publicaciones científicas por habitante en el mundo; y, en algunos años, se convirtió en la campeona del acceso público a los resultados de la investigación. Sin embargo, si se considera el número de solicitudes de patentes, Estados Unidos no tiene rivales. A pesar del aumento constante en estos últimos quince años, de los organismos públicos de investigación proceden menos del 10% de las patentes registradas en la Unión Europea. Y menos de una de cada diez empresas innovadoras tiene a estos organismos entre sus principales socios(1). He aquí lo que confiere a Europa otro liderazgo: el de los conocimientos insuficientemente explotados.

Cómo lograr una colaboración duradera

El proyecto CLEAR-UP, apoyado por el Séptimo Programa Marco, plasma perfectamente la visión que tiene la Unión Europea de “la innovación abierta”. Reúne todos los eslabones de la cadena de la innovación (universidades, industrias e incluso un promotor inmobiliario) con un mismo fin: mejorar el balance energético de los edificios existentes. Los trabajos abarcarán desde investigaciones básicas en nanotecnologías hasta pruebas a tamaño real, en un hotel del sur de España.

Udo Weimar, investigador en el Instituto de química física y teórica de la Universidad de Tübingen (Alemania), dedica la mitad de su tiempo a la coordinación del consorcio. “Antes que nada, conviene establecer la diferencia entre los conocimientos preexistentes y los que se generan en el transcurso de las investigaciones. Si un miembro ha logrado una invención solo, registra una patente a su nombre. De no ser así, los socios concernidos la registran juntos. En cuanto a los demás, podrán hacer uso de este conocimiento gratuitamente durante la duración del proyecto [NDLR: cuatro años]. Luego, deberán negociar un nuevo acuerdo”.

Definir agendas comunes

A pesar de las iniciativas como las plataformas tecnológicas europeas o la red de I+D Eureka, que permiten coordinar los esfuerzos de investigación, CLEAR-UP sigue constituyendo una excepción en el EEI actual. No obstante, se acabó la época en la que los investigadores vivían recluidos en sus laboratorios, según Marja Makarow, directora ejecutiva de la Fundación Europea de la Ciencia (ESF, siglas de European Science Foundation), la asociación que representa a los organismos de investigación. “Somos conscientes de que debemos tener en cuenta las necesidades de la industria. También hay que promover la movilidad intersectorial de los investigadores, así como la de los doctorandos”, añade.

Para fomentar los intercambios y las innovaciones, Europa apuesta también por el Instituto Europeo de Innovación y Tecnología (IET) que reunirá los tres polos del triángulo del conocimiento (la educación, la investigación y la innovación) en el seno de “comunidades del conocimiento y de la innovación” dedicadas a temáticas comunes, estando previsto que se creen las primeras en el 2010.

Universidades más emprendedoras

En abril del 2008, la Comisión Europea transmitió una serie de recomendaciones a los Estados miembros instándolos, entre otras cosas, a que las políticas de transferencia de conocimientos se convirtieran en una misión estratégica de las universidades. Seguidamente, publicó un código de buenas prácticas específicamente para las mismas. Aunque no todos los interesados lo hayan recibido, está teniendo una buena difusión.

Seleccionar las invenciones que conviene proteger, identificar a los socios industriales idóneos y la forma más apropiada para la explotación… muchas universidades gestionan estos puntos de manera bastante empírica. Bruno van Pottelsberghe, consejero del rector de la Universidad Libre de Bruselas (ULB) sobre valorización de las tecnologías, prefiere ver el vaso medio lleno: “Numerosas universidades han creado oficinas de transferencia de tecnología muy competentes, de forma completamente diferente a lo que se hacía hace una década. Por ejemplo, en la ULB registramos entre 25 y 35 patentes al año. En cambio, lo que compruebo, es que a ciertas empresas les cuesta adaptarse porque, antiguamente, se beneficiaban de transferencias de tecnología de manera mucho más restringida, contratando a profesores como consultores o registrando ellas mismas las patentes”.

Una start-up, ¿y luego qué?

Una traba estructural importante también explica nuestra menor capacidad de sacarle el máximo partido a la ciencia: la ausencia de patente comunitaria unitaria. La Organización Europea de Patentes (OEP) es la encargada de examinar y conceder las patentes europeas, que luego son registradas en los países deseados, tras pagar los gastos de traducción en varios de ellos e impuestos de mantenimiento de la patente. En Europa, una patente cuesta entre 3 y 10 veces más que en Estados Unidos. Y dado que los litigios relativos a las patentes europeas se tratan de forma puramente nacional, tomando como base legislaciones que varían de un país a otro, se producen muchos litigios, que son muy caros, e incluso pueden dar pie a sentencias contradictorias.

“En la ULB, cuando la OEP nos otorga una patente sin que haya una vía directa a la comercialización a través de una licencia de explotación o la creación de una spin-off, la dejamos que pase a ser de dominio público, porque si no cuesta demasiado caro”, lamenta Bruno van Pottelsberghe.

Andrew Dearing es el secretario general de la EIRMA, la Asociación Europea para la Administración de la Investigación Industrial, y formó parte del grupo de expertos encargado de analizar los resultados del Libro Verde dedicado al EEI en el 2007. Según él, hay que reformar todo el sistema jurídico, económico y normativo. “A menudo decimos que hay menos capital de riesgo disponible en Europa. Creo más bien que las perspectivas de amortización de la inversión son menos halagüeñas aquí. Y el número de start-ups que adquieren una envergadura mundial es mucho mayor en Estados Unidos. Todo esto no tiene nada que ver con la calidad de la investigación, sino con las condiciones en las que trabajan las empresas”. Extenderse más allá de su núcleo científico para evitar el agujero negro, ése es, nada más y nada menos, el desafío que tiene planteado el Espacio Europeo de la Investigación.


Laurence Buelens

  1. «A more research-intensive and integrated European Research Area – Science, Technology and Competitiveness key figures report 2008/2009», informe publicado por la Comisión Europea.
  2. «Lost Property: the European patent system and why it doesn’t work», Bruegel blueprint vol. IX, Bruselas, 2009.

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Para saber más

“No existe ningún mercado europeo de la tecnología”

Le hacemos dos preguntas a Bruno van Pottelsberghe, investigador que participa en las actividades del grupo de reflexión Bruegel de Bruselas, y autor de un estudio sobre los fallos del sistema de patentes en Europa(2).

¿Cuáles son los principales problemas causados por la situación actual?

Tanto los costes como la incertidumbre jurídica y los niveles de complejidad son demasiado elevados. La política de patentes consiste en otorgar monopolios. En Europa se parece a un queso suizo, lleno de agujeros, porque es muy raro que una patente se registre en todos los países europeos. La media es de seis países, pero numerosas PYMEs se limitan a dos o tres, por falta de medios. Lo que de por sí limita sus perspectivas de internacionalización. De hecho, no tenemos mercado europeo de la tecnología.

La idea de una patente comunitaria se remonta al año 1962. Tras un acuerdo en el 2003 sobre un “enfoque político común” del Consejo de competitividad, los ministros no se ponen de acuerdo sobre sus modalidades. ¿Cómo se puede explicar este bloqueo?

Con la instauración de una patente comunitaria, una serie de actores perderían ingresos económicos. El sistema actual engendra numerosos litigios que benefician mucho a los juristas y a los asesores especializados en las patentes. Da también bastante trabajo a los traductores. Del mismo modo, las oficinas nacionales de patentes perderían los ingresos relacionados con las tasas de renovación, si sólo hubiera una puerta de entrada. Ahora bien, estas oficinas aconsejan a los poderes políticos e influyen sobre ellos. Y a veces ciertos actores con motivaciones poco nobles se aprovechan del apego de determinados países a su lengua (como España, que pide que el español forme parte de las lenguas oficiales del sistema europeo de patentes)… Creo que haría falta un líder político europeo que pusiera todo su empeño en hacer que todos aceptasen ‘pasar por el aro’ de una vez por todas”.



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