INVESTIGACIÓN ACADÉMICA

Las universidades en cuestión

Las universidades desde hace siglos son la joya y el orgullo de los países europeos, garantizando la investigación y la transmisión del conocimiento. Desde hace algunos años, la Unión Europea, en concertación con todos los actores concernidos, pretende darles un nuevo impulso, queriendo ampliar su autonomía, sacar el mejor partido de su diversidad, y darles nuevas bazas para que desempeñen un papel protagonista dentro de la economía del conocimiento.

Las universidades, muy orgullosas de sus tradiciones y del patrimonio nacional que representan, saben también que deben reformarse y abrirse hacia el exterior, sin perder por ello “sus señas de identidad”. En la fotografía, la Universidad de Oxford (Reino Unido).© Shutterstock
Las universidades, muy orgullosas de sus tradiciones y del patrimonio nacional que representan, saben también que deben reformarse y abrirse hacia el exterior, sin perder por ello “sus señas de identidad”. En la fotografía, la Universidad de Oxford (Reino Unido).
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Unos 4.000 centros de enseñanza superior con 435.000 investigadores: estas colmenas donde trabajan cerca de un millón y medio de personas forman lo que se clasifica con la denominación de “universidades europeas”. Esta inmensa red de divulgación, transferencia y producción de conocimientos científicos se caracteriza por el vínculo, a menudo lleno de historia, que cualquier nación europea mantiene con “su” sistema académico. Esto no significa que los universitarios europeos vivan “de puertas para dentro”. Cada país, según sus capacidades, posee facultades, laboratorios o centros de investigación, arraigados en su cultura y a la vez abiertos al mundo y con frecuencia reconocidos internacionalmente. Pero en el contexto actual dominado por la emergencia simultánea de la globalización y de la sociedad del conocimiento, los Estados de la UE han entendido claramente los cambios que deben realizar en sus sistemas universitarios, en un periodo en el que su coste ha llegado al límite de lo que pueden soportar las arcas públicas.

Desafíos cada vez mayores

En lo que concierne a la enseñanza, los sistemas universitarios están confrontados con el doble desafío de un mayor número de estudiantes que hay que formar y las exigencias del mercado laboral en lo que respecta a su cualificación. Luego, en el ámbito de la investigación, numerosos indicadores muestran que los sistemas universitarios europeos, en su conjunto, son menos eficaces en la innovación y en la simbiosis con el mundo empresarial (y, por ello, consiguen menos resultados económicos, de crecimiento y empleo) que sus competidores estadounidenses o japoneses.

La sensibilización sobre la necesidad de una visión europea de estos desafíos ha aumentado considerablemente en el transcurso de las dos últimas décadas. En 1999, se franqueó una etapa básica, sobre todo con la Declaración de Bolonia, que dio pie a un proceso de armonización en la validación y el reconocimiento de los títulos universitarios. A través del programa Erasmus, Ia UE también dio un gran impulso a la movilidad de los estudiantes más allá de las fronteras nacionales.

Pero tanto el papel como el lugar de las universidades como principales actores de la investigación (en ellas trabajan aproximadamente un tercio de los investigadores y suponen el 80% de la investigación básica en Europa) son objeto de una amplia reflexión crítica. Es cierto que el primer elemento unificador de la investigación universitaria fue (y sigue siendo) su implicación activa en los programas marco de la Comisión Europea. De una forma u otra, prácticamente todas las universidades del continente participan en numerosos proyectos europeos en todos los campos de investigación aplicados o fundamentales, y gracias a los mismos reciben una parte de su financiación. También están muy presentes en los programas Marie Curie para la movilidad de los investigadores, que han ayudado a llevar a cabo los trabajos doctorales o post-doctorales de decenas de miles de investigadores en toda Europa.

Una nueva visión política

Sin embargo, a partir del año 2000, con la óptica de la creación de un Espacio Europeo de la Investigación (una de las bases de la nueva estrategia de crecimiento y empleo denominada “estrategia de Lisboa”), la Unión Europea comenzó a tener una visión mucho más política de los puntos fuertes y débiles comunes de los sistemas universitarios europeos. La Comisión Europea, con los Estados miembros y los actores de la enseñanza superior, puso su empeño en articular un proyecto común de modernización de las universidades en torno a sus tres misiones básicas: la enseñanza, la investigación y la contribución a la innovación. Las principales orientaciones definidas en 2006(1) se apoyan en la diversificación y la valorización de su excelencia, un mayor impulso a la movilidad de los estudiantes, los profesores y los investigadores, y el refuerzo de sus vínculos con el mundo empresarial y la sociedad.

Este enfoque representa un cambio radical en el funcionamiento tradicional de las universidades, las cuales han tenido siempre, desde un punto de vista histórico, una especie de misión de “autosuficiencia” en la oferta de conocimientos. La mayoría se desarrollaron, a través de los siglos, en torno a un principio fijado, que consistía en ofertar un amplio abanico de estudios universitarios organizados de forma vertical, bajo la supervisión financiera y programática de sus poderes públicos nacionales o regionales. Pero a escala del continente, esta diversidad de los programas universitarios de enseñanza y de investigación oculta la falta de una auténtica diversificación que se base en la oferta de especializaciones tomando como criterio la excelencia. Y, en muchos casos, la arborescencia vertical de las asignaturas enmascara también la insuficiencia de los lazos y las pasarelas entre ellas.

Una autonomía indispensable

Para que la situación cambie (y, de hecho, está cambiando por todas partes en Europa, no sin crisis, como sucedió hace poco en las universidades griegas y francesas), existe un amplio consenso sobre la necesidad de conferir a las universidades una autonomía real y más responsabilidades para que puedan iniciar políticas de excelencia, organizando a sus comunidades en torno a una cultura basada en la obtención de resultados y el respeto de un contrato social. La Comisión Europea destaca la necesidad “de nuevos modelos de gobernanza interna basados en la adopción de auténticas políticas científicas apoyadas por una gestión estratégica y proactiva de sus recursos humanos y financieros”. Y añade que “las universidades europeas necesitan afirmar su papel de actores económicos, capaces de responder mejor y más rápidamente a la demanda de los mercados y de desarrollar colaboraciones para la explotación de los conocimientos científicos y tecnológicos, preservando a la vez el carácter público de su misión y sus más amplias responsabilidades sociales y culturales”.

Al inscribir la reforma y la modernización de las universidades en la agenda de su estrategia global, la UE colma un déficit patente en su determinación de afirmar su evolución hacia una economía del conocimiento, en la que los actores de la enseñanza superior y de la investigación universitaria deben ser protagonistas de primer plano. Poniendo en común las experiencias (con éxito o difíciles) se pueden definir las líneas directrices que deben guiar las evoluciones.

La investigación no es la innovación

Pero no existen soluciones “ya hechas”. Por ejemplo, en el famoso vínculo entre la universidad y la innovación: un tema recurrente que ha sido mencionado en numerosos informes y recomendaciones de las dos últimas décadas. Así como lo observan dos expertos del grupo de investigación Knowledge for Growth(2): “Los responsables de las políticas públicas y los responsables de las universidades no deben confundir la investigación y las nuevas invenciones con la innovación”. Según Paul David y Stan Metcalfe(3), la investigación universitaria puede y debe ser fuente de innovación, pero reflexionan sobre el papel que se ha querido dar a las universidades empujándolas a crear start-ups y otras empresas semillas o spin-offs, así como a gestionar carteras de patentes, un modelo procedente de Estados Unidos, donde esta tendencia actualmente se está poniendo en tela de juicio.

Con frecuencia, se suele hablar de los casos con éxito de este tipo pero, según David y Metcalfe, este deseo de que las universidades se acerquen a las empresas no debe llevar a que las sustituyan por completo. Este riesgo representa, según ellos, la limitación de su misión principal: la extensión de las áreas del saber y el intercambio abierto de conocimientos innovadores con el mundo empresarial.

“A largo plazo, la reforma necesaria de las universidades debe llevar a una distribución del trabajo en todo el sistema de investigación, con el reconocimiento expreso de que puedan darse diferentes modelos de modernidad en las universidades”, estiman. “Estas últimas no pueden seguir un modelo único de relaciones con el mundo empresarial basado en prescripciones rígidas”.

Didier Buysse

  1. “Cumplir la agenda de modernización para las universidades: educación, investigación e innovación”, COM (2006) 208 final.
  2. ec.europa.eu/invest-in-research/monitoring/knowledge_en.htm
  3. Profesores de la Universidad de Stanford (Estados Unidos) y de la Universidad de Oxford (Reino Unido) respectivamente.

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