HISTORIA

La investigación europea, paso a paso

Para comprender la etapa que se inició hace diez años con el lanzamiento de la idea de un “espacio europeo de la investigación”, hay que situar esta aspiración dentro de su contexto: una larga andadura, a la vez dispar y constante, que empezó hace varias décadas.

© European Commission
© European Commission

A principios de los años ochenta, la Europa de los diez se dio cuenta de la necesidad de unirse para encarar los cambios de la ciencia y la tecnología. Acababa de salir del pozo creado por las crisis del petróleo y la llegada de una nueva “savia tecnológica” empezaba a cambiar rápidamente la situación de las grandes economías mundiales y de las estructuras industriales. Se difundía la expresión “sociedad de la información” y todos miraban con asombro lo que pasaba al otro lado del Atlántico (Estados Unidos contaba con medios de investigación considerables) pero también en Japón y en otros jóvenes “tigres asiáticos”.

La industria microelectrónica europea perdía fuerzas intentando quedarse en la carrera de fabricación de los chips, resultando al final casi completamente eliminada. Tras la revolución informática, otras se preparaban. Las innovaciones tecnológicas inducían conceptos sociales aún futuristas (biosociedad, economía del conocimiento), y los responsables políticos y los científicos empezaban a preocuparse ante la posibilidad de que Europa corriera el peligro de quedarse a la zaga.

Sin duda, el Viejo Continente tenía “escaparates sectoriales” muy valiosos, como el CERN, el ESO, la ESA o la EMBO, polos de excelencia de renombre mundial basados en acuerdos de cooperación intergubernamentales. Pero, fuera de este marco cooperativo, los demás grandes mecanismos de la investigación pública, tanto en las universidades como en los órganos científicos, formaban parte del sistema bien compartimentado de cada país.

Dos respuestas

Las “nuevas revoluciones” tecnológicas conllevaron dos respuestas. La primera fue Eureka, una iniciativa intergubernamental, que sigue funcionando, con prerrogativas bastante difusas. Hizo posible el establecimiento de diversas cooperaciones industriales cuyo impacto tecnológico fue positivo, particularmente en las telecomunicaciones o en la industria automovilística. Pero su acción de estructuración apenas dejó huella. En cambio, en 1984, bajo el impulso creador del belga Etienne Davignon, la Comisión Europea recibió el encargo de poner en marcha una competencia de investigación que salía de las limitadas líneas del Tratado de Roma: en aquella época nació el concepto de Programa Marco (PM) de I+D.

Al igual que Eureka , el Primer Programa Marco ofrecía ayudas orientadas a la financiación de proyectos. Pero sus directrices definían objetivos “enmarcados”. Y, lo más importante, por primera vez, este nuevo borrador de una política de investigación se basaba en presupuestos bien determinados. La esfera científica europea, tanto en las universidades y los órganos de investigación como en la industria, manifestó un gran interés por esta nueva dinámica. En 1998, al 5PM se le dotó de un presupuesto de 15 mil millones de euros. El concepto inicial se había ampliado a un abanico de áreas científicas cada vez más amplio. Las ciencias del medio ambiente, las tecnologías de la energía y de los transportes, las áreas sociales y humanas fueron ocupando un lugar cada vez más importante, mientras que la creación de las becas Marie Curie “daba alas” a la movilidad de los investigadores.

La movilización promovida por las ayudas a la investigación de la futura Unión Europea (que se debió lógicamente a que muchos se animaron por la nueva fuente de financiación) tuvo como consecuencia que se intensificaran las cooperaciones en Europa. “En los equipos participantes, de una u otra forma, en los programas marco en el campo de las ciencias exactas y de las ciencias naturales, encontramos a todos los mejores investigadores europeos reconocidos a nivel mundial, incluyendo a casi todos los premios Nobel europeos”, destacaba recientemente Michel André, consejero en la Dirección General de Investigación. Lo que es más, los programas marco se han caracterizado por una inmensa diversidad, cuyos frutos se han repartido entre los Estados miembros, gracias a la alta calidad de los equipos de investigación multinacionales implicados en los proyectos.

Nuevo enfoque

Sin embargo, en vísperas del año 2000, la investigación en Europa, comparada no sólo con Estados Unidos sino también en general, en un mundo cada vez más multipolar, seguía registrando indicadores globales de estancamiento que suscitaban un serio malestar institucional y económico. Se hacía evidente que el alcance de los programas marco debía inscribirse dentro de una visión política claramente afirmada en un “Espacio Europeo de la Investigación” (EEI). Este cambio radical, negociado a bombo y platillo por Philippe Busquin, el entonces Comisario de Investigación de la Comisión Europea bajo el mando de Romano Prodi, y José Mariano Gago, el entonces ministro portugués presidente del Consejo Europeo, coincidió con el nacimiento de la denominada “estrategia de Lisboa”, en la cual el concepto de EEI desempeña un papel fundamental.

Como constata Michel André, con un fino sentido del humor: “Con el EEI, los límites entre lo que depende de la UE, lo que es europeo y lo que ocurre en el territorio de Europa, se han hecho aún más confusos…”. Esta paradoja tan sólo es aparente porque, en su finalidad, el concepto del EEI apunta, no a “suprimir las fronteras”, sino a hacerlas permeables. El término espacio hace alusión al concepto primordial de libertad de circulación, principio clave de la construcción europea desde sus orígenes. Lo que ha sido reconocido para las personas, las mercancías, los capitales y los servicios tiene que aplicarse a partir de ahora a los conocimientos y a los investigadores que los producen.

Un capítulo que se está escribiendo

Desde hace diez años, el EEI ha abierto un nuevo capítulo de la historia europea. Los programas marco no se han abandonado sino que han tomado otra dimensión. Con el 7PM (para el periodo 2007-2013 y con 54 mil millones de euros de financiación), los presupuestos anuales casi han aumentado la mitad en términos reales. En respuesta a una fuerte expectativa de la comunidad científica europea, una de sus principales novedades es la creación del Consejo Europeo de Investigación (CEI), una entidad competitiva abierta a la ciencia fundamental, dotada con 7.500 millones de euros de aquí al 2013.

Pero el programa marco, como instrumento comunitario que es, se inscribe a partir de ahora en un enfoque mucho más abierto y global. La Comisión Europea publicó en 2007 un libro verde sobre el EEI a iniciativa del actual Comisario de Investigación, Janez Potočnik. A raíz del mismo, se llevó a cabo una amplia consulta a actores públicos y privados que, en el 2008, dio pie a cinco iniciativas para combatir la fragmentación de la investigación en Europa (véase el esquema de la página 18). Asimismo, tras las reuniones de Ljubljana, se adoptó una nueva gobernanza europea de la investigación, enfocada al desarrollo de una Visión 2020 compartida por toda la Unión Europea. “El enfoque político definido en Ljubljana abre la vía de un desarrollo más estructurado y coordinado del EEI”, comenta Jana Kolar, directora del programa de ciencia del ministerio esloveno de investigación. “Su adopción tendrá importantes repercusiones en las políticas de I+D de los Estados miembros, que deberán adaptarse a los cambios del paisaje de la investigación para seguir siendo competitivos”.

Las nuevas iniciativas, aplicadas en estrecha colaboración con los países de la Unión Europea, pretenden facilitar la construcción de las grandes infraestructuras científicas y técnicas que Europa necesita; establecer programas conjuntos de investigación con las autoridades nacionales; suprimir las barreras a la movilidad y a las carreras de los investigadores; facilitar el que los conocimientos se compartan más allá de las fronteras; y colocar las actividades de cooperación internacional de los Estados miembros y de la Unión Europea dentro de un marco estratégico común.

Finalmente, además de estas acciones “directas”, el EEI sirve de marco para una remodelación de las propias bases del sistema europeo de investigación, en primera línea de las cuales están la modernización y la autonomía de las universidades, que actualmente se están debatiendo largo y tendido.

Didier Buysse

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