INTERNACIONAL

Una potencia indiscutible con fallos persistentes

El informe de 2008 de la Comisión Europea, “A more research intensive and integrated European Research Area” es una auténtica radiografía del lugar del Espacio Europeo de la Investigación (EEI) en el mundo. Sus 169 páginas, llenas de gráficos y cifras, permiten comparar los resultados del EEI con los de sus principales competidores, pero también reflexionar sobre sus puntos débiles y sobre los medios para tratarlos.


Una pregunta para empezar: ¿Cuál era la posición mundial de la Unión Europea en 2006, año de las últimas estadísticas disponibles? Estaba en un puesto excepcional: primero por el número de publicaciones científicas y segundo (por detrás de Estados Unidos) tanto en términos de patentes registradas como de sumas invertidas en I+D. ¿Hay motivos para alegrarse? En absoluto. Porque aunque haya más publicaciones europeas, no son las más citadas, y ese es el criterio que suele medir el impacto de un trabajo científico. Si se toma como referencia la flor y nata del 10% de las publicaciones más citadas, Estados Unidos está muy por delante. Esto se debe a la ausencia de especialización temática de la investigación europea: la Unión Europea está presente en todos los campos a un nivel satisfactorio, pero no domina en ninguno de los sectores más dinámicos: Estados Unidos reina en el sector biomédico, Japón es el líder indiscutible de las ciencias de los materiales, y la Unión Europea hace de todo un poco.

Ahora bien, el futuro de la economía del conocimiento se juega en el grupo de estas NBIC (Nanotecnologías, Biotecnologías, tecnologías de la Información y de la Comunicación, ciencias Cognitivas). Las aplicaciones que proceden de las mismas son las que suelen dar pie, a veces de modo sistemático, a la producción de nuevos conocimientos. A pesar de ello, el sector privado europeo invierte mucho menos en I+D que sus homólogos asiáticos o estadounidenses. En Estados Unidos, y aún más en Japón, China o Corea del Sur, el esfuerzo en investigación está financiado en más de un 64% por el sector privado, frente al 55% en la Unión Europea.

El ascenso asiático

Tras esta descripción, veamos cuál fue la secuencia de acontecimientos de la última década. Hay que decirlo con franqueza: la Unión Europea va bajando en la lista, si consideramos el número de publicaciones, de patentes, o la intensidad del esfuerzo en I+D (las sumas invertidas en I+D de un país comparándolas con la riqueza producida, ratio considerado como el más representativo del dinamismo de un sistema de investigación).

Mal de muchos, consuelo de tontos: le ocurre lo mismo a Estados Unidos, aunque a menor escala. De hecho, el Antiguo y el Nuevo Mundo sufren cada vez más la competencia con Asia. Desde el año 2000, la intensidad del esfuerzo de investigación en China progresó en cerca del 60%, y actualmente las publicaciones anuales del antiguo Imperio del Centro son más numerosas que las del país del Sol naciente. Aunque es cierto que estos avances se refieren a cantidades limitadas. En términos de poder adquisitivo, China invierte casi tres veces menos que la Unión Europea en investigación y sus publicaciones son poco citadas. Pero la tendencia está bien presente: en el plano científico, así como en el plano económico, político o militar, el ascenso del Asia emergente es rápido y espectacular.

Un EEI más homogéneo, pero poco dinámico

Centrémonos ahora con detenimiento en el mosaico del EEI. A primera vista, todo está bien: 20 de los 27 Estados miembros aumentaron la parte del presupuesto de I+D en el conjunto de los gastos gubernamentales desde el año 2000. En 17 países, dicho aumento conllevó un avance en la intensidad del esfuerzo de investigación a veces espectacular: de más del 10% en 12 de ellos, con picos que superan el 50% en Estonia o en Letonia. Sin embargo, la curva de la intensidad del esfuerzo de investigación del EEI está tristemente llana, estancada desde el año 2000 en torno al 1,85% del PIB.

¿Cómo se puede explicar esta paradoja? Por el hecho de que los 12 países que más intensificaron su esfuerzo sólo representan el 17% del PIB de la Unión Europea. Más de la mitad del PIB proviene de los pesos pesados que son, demográfica y económicamente, Alemania, Francia, Italia y el Reino Unido. Ahora bien, estos cuatro países experimentaron el estancamiento, incluso la disminución, de su esfuerzo de investigación. ¿La copa está medio llena o medio vacía? Los optimistas destacarán que, gracias al programa marco y a los fondos estructurales, mejoraron sustancialmente varios países que entraron en la Unión Europea en 2004; los pesimistas dirán que las principales potencias europeas no desempeñan su papel de locomotora.

Sigue sin haber patente comunitaria…

En resumen: Europa sigue siendo una potencia científica de primer orden, pero va por detrás de Estados Unidos y Japón en los campos más dinámicos y está amenazada por el auge de los países emergentes, particularmente de Asia. Su esfuerzo en investigación se estanca, aunque las desigualdades en su seno se estén difuminando. ¿Cómo se pueden explicar estas dificultades persistentes para edificar una auténtica economía del conocimiento?

Los economistas destacan que Europa tiene dificultades a la hora de transformar su excelencia científica en crecimiento económico, entre otras cosas, por tener un sistema de protección intelectual inadaptado. Sigue siendo más caro registrar una patente en Europa que en el resto del mundo. Mucho más caro. Un industrial gasta hasta diez veces más para proteger su invención en 12 países de la Unión Europea que en Estados Unidos, y 13 veces más que en Japón. Y los costes de mantenimiento de una patente son aún más elevados, y a menudo disuasivos para las pequeñas empresas, que se ven obligadas a ceder sus tecnologías innovadoras.

El escollo se debe a la complejidad de los procedimientos de la Oficina Europea de Patentes (OEP) de Munich (Alemania). La OEP no concede patentes comunitarias. Sólo desempeña el papel de ventanilla única, centralizando las peticiones, examinándolas y, llegado el caso, concediendo un título que luego se puede convertir en tantas patentes naciones como Estados miembros existen, con considerables costes de traducción, sin hablar de los problemas jurídicos originados por la posible impugnación de las patentes ante las jurisdicciones nacionales, con jurisprudencias a veces contradictorias.

Un desafío decisivo: la alta tecnología

Pero no es nada nuevo que el sistema de protección intelectual esté anquilosado y, en estos últimos años, los dirigentes europeos tomaron varias iniciativas para remediarlo. Se suprimió la obligación de traducir la descripción de la invención en las tres lenguas oficiales y el Acuerdo sobre la Solución de Litigios en Materia de Patentes Europeas (EPLA, European Patent Litigation Agreement) reflexiona sobre las bases jurídicas de un futuro tribunal europeo de las patentes. Por lo tanto, la situación va mejorando lentamente y la cuestión de las patentes no basta para explicar el declive de la competitividad del EEI y su dificultad para edificar una economía basada en el conocimiento.

Quien dice economía del conocimiento dice también empresas de alta tecnología. Son las que generan lo esencial de las inversiones privadas que tanta falta hacen al EEI. Ahora bien, la estructura de la economía europea está cambiando, con una relativa desindustrialización y un giro hacia el sector servicios, que aún genera poca investigación: mucho menos que los sectores de la aeronáutica, el automóvil o la energía (en los cuales la Unión Europea sigue ocupando uno de los primeros puestos) y sobre todo, mucho menos que las biotecnologías y las tecnologías de la información y de la comunicación. En estas últimas tres áreas, la Unión Europea está a la zaga, en particular, de Estados Unidos, donde numerosas start-ups de biotecnología se han convertido en grandes industriales farmacéuticos con enormes presupuestos en I+D. En Europa, no dejan de ser pequeñas empresas. Lo mismo ocurre con Internet. La Unión Europea sigue esperando su Genentech o su Google…

Rumbo a la recuperación

Pero el panorama no es completamente sombrío porque, desde hace algunos años, se está notando el crecimiento de la investigación en la industria manufacturera y los servicios en Europa. Pero la batalla decisiva se libra en las industrias de alta tecnología. Los expertos de la Comisión Europea han hecho cálculos: bastaría con que el esfuerzo de investigación de las empresas de alta tecnología europeas alcanzara al de sus competidoras estadounidenses para que la intensidad del esfuerzo de investigación subiera 0,1 puntos, mientras que sólo ha progresado 0,06 puntos en quince años. Y para lograr semejante subida hay que dotar a estas empresas de medios para que crezcan y se multipliquen. Por lo tanto, la clave para alcanzar una mejor competitividad internacional del EEI pasa por una mayor ayuda a los sectores de alta tecnología. Y sin duda también para favorecer una recuperación de la economía.

Mikhaïl Stein

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