El hombre de la tierra

© BRGM-im@gé/Nicolas Baghdadi
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© BRGM im@gé/François Michel
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“Somos una parte de la tierra y ella forma parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas. El ciervo, el caballo, el gran águila, son nuestros hermanos. Las escarpadas montañas, los prados húmedos, el calor del poni y el hombre…, todos pertenecen a la misma familia. (…)

Sabemos que el hombre blanco no entiende nuestras costumbres. Le es indiferente una parcela de tierra u otra, porque es un extranjero que llega por la noche y toma lo que necesita de la tierra. No la ve como a una hermana, sino como a una enemiga. Cuando ya la ha conquistado, sigue adelante. Abandona la tumba de sus antepasados sin importarle. Le quita la tierra a sus hijos sin importarle. La tumba de sus antepasados y el patrimonio de sus hijos caen en el olvido. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el cielo, como a objetos que se compran, se saquean y se venden como ovejas o perlas brillantes. Hambriento, el hombre blanco acabará tragándose la tierra, no dejando tras de sí más que un desierto. (…)

Debéis enseñar a vuestros hijos lo que nosotros hemos enseñado a los nuestros: que la tierra es su madre. Todo lo que le ocurre a la tierra también les ocurre a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, se escupen a sí mismos. Al menos sabemos eso: que la tierra no pertenece al hombre, que es el hombre el que pertenece a la tierra. Lo sabemos muy bien. Todo está unido entre sí, como la sangre que une a una misma familia. Todo está relacionado. Todo lo que le ocurre a la tierra también le ocurre a los hijos de la tierra. El hombre no creó la trama de la vida, es sólo una fibra de la misma. Lo que haga con ese tejido, se lo hace a sí mismo”.

Extracto del discurso del jefe Seattle (hacia 1786 - 1866), de la tribu de los Duwamish, al gobernador Isaac M. Stevens (existe cierta controversia sobre los términos exactos del discurso).


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