CAMPO MAGNÉTICO

Un escudo generador

Sin él, no existiría la vida en el planeta. El campo magnético terrestre, primera muralla contra los ataques solares, es el resultado positivo de las corrientes turbulentas del núcleo. Los investigadores se afanan por comprenderlo mejor, con la esperanza de que pueda convertirse en un nuevo generador eléctrico.

La convección en el núcleo es lo que origina la generación del campo magnético de la Tierra por efecto dinamo. Los movimientos del fluido conductor (estructuras turbulentas en color azul) estiran las líneas del campo magnético, dándoles energía. La persistencia de la dinamo terrestre durante los últimos 3.500 millones de años genera limitaciones en la trama de la evolución térmica del planeta. © Julien Aubert, CNRS-IPGP
La convección en el núcleo es lo que origina la generación del campo magnético de la Tierra por efecto dinamo. Los movimientos del fluido conductor (estructuras turbulentas en color azul) estiran las líneas del campo magnético, dándoles energía. La persistencia de la dinamo terrestre durante los últimos 3.500 millones de años genera limitaciones en la trama de la evolución térmica del planeta.
© Julien Aubert, CNRS-IPGP

Acada segundo, las erupciones solares bombardean la Tierra con intensos flujos de partículas. Por suerte para nosotros, la magnetosfera nos protege de estas radiaciones ionizantes, desviando su trayectoria por medio de repulsión electromagnética. Los satélites, situados en lo alto de la atmósfera, no tienen esta suerte y en las últimas grandes tormentas magnéticas de 2003, algunos de ellos “se quedaron por el camino”. Para proteger la electrónica de a bordo de tales ataques, los meteorólogos intentan predecir dichas tormentas magnéticas analizando las variaciones de la luz solar. Los plazos de intervención son razonables: los rayos luminosos tardan ocho minutos en llegar a la Tierra, pero estas partículas nocivas tardan uno o dos días en recorrer esa distancia. Para mejorar estos modelos de previsión, de eficacia limitada, sin duda tendríamos que conocer mejor nuestro propio campo magnético.

La geodinamo

En realidad, nuestro planeta se puede comparar con una dinamo. Ello se debe a la naturaleza líquida del núcleo terrestre, exceptuando su núcleo interno, con algunas diferencias locales de temperatura y presión. No hace falta más para que se generen corrientes turbulentas en su seno. Estos fluidos que se desplazan, constituidos en su mayoría por metales (hierro y níquel) en estado de fusión, son otras tantas cargas eléctricas en movimiento. A eso hay que añadir que el sistema planetario está inmerso en una multitud de campos magnéticos solares y galácticos, lo que proporciona todos los ingredientes de una dinamo autosostenida. En efecto, los campos magnéticos exteriores hacen que fluctúe la corriente eléctrica producida por los remolinos nucleares. Este desplazamiento de electrones genera un campo magnético interno que sustituye al campo inicial, por lo que el fenómeno se autosostiene. Este intenso campo magnético, producido por el núcleo, es el que origina la magnetosfera que nos protege.

Una fuente de energía con mucho potencial

Desde hace unos veinte años, los científicos intentan apoyar la teoría con hechos. Las interacciones electromagnéticas son bien conocidas, pero el carácter “autosostenido” sigue siendo hipotético. Para Philippe Cardin, del Laboratorio de Geofísica Interna del Observatorio de Grenoble (Francia): “Si se consigue controlar el fenómeno de forma experimental, las aplicaciones serán muy prometedoras. Ya estamos en condiciones de engendrar un campo magnético imponiendo una fuerte rotación a una esfera metálica que contenga sodio líquido, sometida a la vez a un campo magnético exterior. Si se recrean las condiciones de funcionamiento autosostenido, se generará electricidad a través de las interacciones electromagnéticas. Entonces, podríamos poner a punto un generador eléctrico revolucionario copiando a nuestro planeta”.

Marie-Françoise Lefèvre

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Para saber más

Como para desorientarse…

“¡No hay que ser un explorador para saber que una brújula indica el Norte!”. Esta idea tan común en realidad no tiene fundamento puesto que la brújula tan sólo indica muy raramente el Septentrión. Se debe sobre todo a la diferencia actual de 8° entre el eje polar y el eje magnético. Sin embargo, el campo magnético varía con frecuencia, tanto en el espacio como en el tiempo. Una brújula en Chicago apunta de lleno al Norte, mientras que en Nueva York se orienta a los 15° Oeste. Y si se analiza la orientación que tiene a lo largo de un millón de años, es probable que esta misma brújula se oriente a veces hacia el Sur, puesto que los polos magnéticos se invierten cada 250.000 años aproximadamente, con fuertes variaciones temporales. Los geofísicos piensan que la próxima inversión será “dentro de poco”, ya que el fenómeno se produjo por última vez hace 780.000 años.

Último detalle para perderse aún más: históricamente, en general, en las brújulas se denominó el “polo Norte” al lado que apuntaba hacia nuestro Norte geográfico, al menos de forma aproximativa. Más tarde, medidas más precisas llevaron a distinguir, además del Norte geográfico, un Norte “magnético” terrestre. La convención quedó así, lo mismo se aplicó a los imanes. Ahora bien, en magnetismo, los polos opuestos se atraen. Si nuestro Norte magnético terrestre atrae al lado Norte de los imanes, es porque en realidad es un polo Sur magnético. Luego, ¿dónde está el fallo?…


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