Viaje interior

© BRGM im@gé/François Michel
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© CNRS Phototheque/J-F. Ritz
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© ESA/DLR/FU Berlin (G. Neukum)
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© CNRS Photothèque/Frank Lavigne
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En su ciclo de seis novelas y once series de relatos cortos publicados entre 1914 y 1944, Edgard Rice Burroughs se sumerge en el universo fascinante de Pellucidar, el mundo interior de la Tierra. En su cuarta novela, llega incluso a incluir a Tarzán, su héroe más popular, en este verdadero “mundo al revés”: de hecho, en ella nuestro planeta resulta ser una esfera hueca y los habitantes de Pellucidar pueblan su faz interna cóncava, un continente único forzosamente sin horizontes e iluminado por un Sol central.

La evolución de las comunidades humanas y no humanas del interior se detiene en una era que según parece recopila diferentes capítulos de nuestra prehistoria, al ser allí contemporáneos los hombres y los pterodáctilos. Los habitantes de Pellucidar nunca han entrado en contacto con los habitantes de la faz convexa, hasta que el prospector David Innes, al buscar nuevos minerales a gran profundidad, los descubre a bordo de su “topo de hierro” inventado por su amigo e inventor Abner Perry. Un artefacto perfecto para descender, pero que no puede dar la vuelta atrás, para disfrute del lector.

¿Todo esto es absurdo? En 1721, el francés Henri Gautier, médico e ingeniero de obras públicas, emitió la hipótesis de que la Tierra era completamente hueca, absolutamente convencido de su afirmación. Su capa externa, que no superaba los 5 kilómetros, era el resultado de un equilibrio dinámico entre la fuerza de gravitación y la fuerza centrífuga debida a nuestra rotación. Partiendo de constataciones simples, como la presencia de moluscos en las capas más profundas del suelo, dedujo la existencia de un mundo interior con sus propios mares y continentes, y explicó de forma sencilla los levantamientos y los hundimientos de la corteza terrestre: nuestros montículos externos se correspondían con huecos en el mundo interno, e inversamente.


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