ENTREVISTA

La Tierra, ahora y para siempre

“Nada de lo que podamos hacer a nuestro planeta puede dañarlo realmente. Pero sin duda podemos perjudicarnos a nosotros mismos”, escribe Ted Nield(1). Según este geólogo británico, miembro activo del Comité del Año Internacional del Planeta Tierra 2008, este evento tiene que darnos la perspectiva necesaria para comprender y “tratar” mejor la Tierra.

Ted Nield © Richard H.Smith photuris@mac.com
Ted Nield
© Richard H.Smith photuris@mac.com
Huellas de dinosaurio que datan de 155 millones de años, encontradas en el Jura (Suiza). En la historia de la Tierra ha habido cinco extinciones masivas de especies vivas. La última, la extinción del jurásico, es la más emblemática. © CNRS Photothèque/Jean-Michel Mazin
Huellas de dinosaurio que datan de 155 millones de años, encontradas en el Jura (Suiza). En la historia de la Tierra ha habido cinco extinciones masivas de especies vivas. La última, la extinción del jurásico, es la más emblemática.
© CNRS Photothèque/Jean-Michel Mazin

Dentro del marco del Año Internacional del Planeta Tierra se ha dado una amplia cobertura mediática a numerosos temas. ¿Cree que alguno de ellos es especialmente relevante?

Cuando se habla de la Tierra, creo que no hay que caer en la tentación de dar más prioridad a una cuestión determinada. En cierta forma, desde hace siglos la ciencia ha estado funcionando de esta forma limitadora, y ahora tiene que cambiar. El hecho de que al principio nuestro comité científico (formado por especialistas de las geociencias) no pensara en incluir el tema del “ser vivo” (que fue añadido in extremis) demuestra el largo camino que queda por recorrer, aunque tengamos las mejores intenciones, para comprender que el “Sistema Tierra” supone un enfoque multidisciplinar. Este Año está enfocado a destacar todos los conocimientos disponibles hoy en día sobre cómo funciona el planeta. La Tierra no está dividida en diferentes departamentos independientes que se encarguen del control de la biosfera, de la administración de las placas tectónicas, de la fabricación de la me - teorología…

El climatólogo Paul Crutzen piensa que el actual impacto del hombre va a forjar el destino del planeta, llevándole al inicio de una nueva era en su historia, que ha denominado “el Antropoceno”. Pero algunos afirman que ya se dieron cambios hace muchísimo tiempo, en los que el hombre no tuvo ninguna responsabilidad, como la elevación del nivel de los mares de más de 100 metros entre el año 13.000 y el 8.000 a. C.

Para un geólogo, el clima de la Tierra es una combinación fascinante y desconcertante de dos categorías de cambios (a veces singulares, y otras cíclicos), propios de todos los procesos terrestres. En la escala de los tiempos geológicos, el planeta ha pasado por revoluciones masivas, por ejemplo, la provocada hace tres mil millones de años por la aparición de la fotosíntesis: al introducir por primera vez oxígeno en la atmósfera desencadenó un cambio radical e irreversible de la química de la Tierra, sin duda también de sus profundidades, lo que podría haberse dado de forma paralela al enfriamiento de su superficie.

La posición de los continentes, que derivan sobre el globo – a veces dispersos (como ahora), otras unificados y, en este caso, dispuestos cerca de los polos o sobre los trópicos – también afecta profundamente el sistema climático terrestre a escalas que se pueden cifrar en centenares de millones de años. Los efectos de los ciclos orbitales de la Tierra alrededor del Sol, junto con el efecto de la inclinación de nuestro eje de rotación con respecto al plano elíptico, interfieren igualmente y crean a su vez cambios en la trama de su evolución: el clima no es, no ha sido y no será nunca constante.

Hagamos lo que hagamos, la Tierra ya ha pasado por otras fases graves. Nuestras emisiones de gases de efecto invernadero no van a hacer que hiervan los océanos enviando a la atmósfera hasta el último gramo de carbono que tiene el planeta, como ocurrió en Venus. Si por nuestras estúpidas prácticas no sostenibles creamos una nueva era geológica que se transforme en experiencia incontrolada, la situación será complicada, eso es cierto. Tenemos que pensar de forma racional. El “Antropoceno” podría ser el periodo en el que la humanidad tenga que probar que merece la etiqueta de Sapiens.

La ciencia-ficción y el cine (con Michael Crichton y Spielberg, entre otros) han contribuido a popularizar los dinosaurios del periodo jurásico, y a dar a conocer el pasado de la Tierra. Pero ¿qué cataclismos provocaron tal desaparición? Las dos hipótesis avanzadas hasta ahora han sido una actividad volcánica sin precedentes o el impacto de un meteorito en el Golfo de Méjico.

Este tema fascinante ilustra dos tipos de enfoques científicos. Cuando Luis y Walter Álvarez y sus colegas identificaron la capa rica en iridio que señalaba el final del periodo del Cretáceo hace 67 millones de años, consiguieron la prueba de que se había producido un cambio mundial tras el impacto de un objeto de una dimensión de varios kilómetros contra la Tierra. Pero se ha tenido que admitir que el planeta ha sufrido impactos muchas veces durante su larga historia y que algunas catástrofes determinadas, aunque muy poco frecuentes, tienen que ser integradas en la corriente del pensamiento de una geología científica que apunte por un enfoque evolutivo.

Es una enseñanza interesante, puesto que los físicos suelen preferir las explicaciones “simples”, al contrario de los geólogos que saben que en la historia de la Tierra no hay ninguna explicación sencilla, única e inmediata. Existen enormes probabilidades de que se dieran a la vez numerosas causas geológicas, climatológicas, astronómicas, fruto del azar, que al coincidir supusieron un ataque en toda regla contra la fortaleza de los seres vivos. Aunque se dio efectivamente un impacto hace 67 millones de años, hubo distintas causas. El final del periodo cretácico fue una época terrible para cualquier forma de vida sobre la Tierra. La primera causa fue una erupción volcánica masiva que creó los depósitos de lava del Decán, como demostró Vincent Courtillot, del Instituto de Física del Globo. El impacto podría ser el golpe de gracia que eliminó al Tyrannosaurus rex.

Y por último, si bien se relacionó rápidamente el cráter de Chicxulub en el Golfo de México con el final del Cretáceo, unas investigaciones recientes han demostrado que no pudo ser el golpe de gracia. Aunque se trate del mayor cráter de impacto nunca visto en la Tierra, se produjo 300.000 años antes para que fuera el culpable y no suprimió la existencia de especies microfósiles. Además, en la historia de los seres vivos no se ha podido establecer ninguna relación entre impactos y extinciones en masa.

Parece ser que el periodo del Pérmico, hace 250 millones de años, fue uno de los más dramáticos, y que durante este periodo se produjo la extinción del 90% de las especies. ¿Cómo se produjo esta catástrofe, cuyos primeros indicios se dieron 3 mil millones de años antes? ¿Qué nuevas condiciones hicieron posible el “regreso” de los seres vivos?

La extinción del final del Pérmico fue quizás la mayor de las cinco grandes extinciones masivas y se produjo en un periodo terrible para los seres vivos. Los continentes terrestres se fusionaron, formando al más reciente de los supercontinentes, denominado Pangea por Alfred Wegener. Al ser un único continente, tenía un litoral mucho menos extenso y muchos menos mares poco profundos en los que abundase la vida marina. Los fondos oceánicos solían tener poco oxígeno. Las tierras interiores, lejos de las fuentes de humedad, eran irremediablemente áridas. La escasez de vida vegetal hizo que el nivel de oxígeno fuera bajo, se produjo una lenta erosión, liberándose el CO2 a la atmósfera, que a su vez se calentó.

A lo largo del tiempo, sucedieron diferentes eventos (primero erupciones) y Pangea empezó a romperse. Al separarse las Américas de Eurasia y de África, la erosión afectó primero al centro de este supercontinente, limpiando el CO2 de la atmósfera. La vida volvió a lo largo de las costas, al tener allí más oxígeno. Tras el largo y nefasto periodo del Pérmico-Triásico, el ser vivo pudo respirar, en el sentido literal del término, y por fin pudo dar un suspiro de alivio…

En lo que se refiere al conocimiento, ¿qué se puede aprender de la existencia de estos antiguos supercontinentes?

Creo que la primera enseñanza de este ciclo de los supercontinentes es un sentimiento de humildad ante la naturaleza y la profundidad del tiempo. Nuestra especie empezó a evolucionar hace seis millones de años, pensándolo bien, es un resultado satisfactorio puesto que la duración estándar de una especie sería más bien de un millón de años. Pero cuando la humanidad aprendió a erguirse para andar, los continentes se encontraban a decenas o centenares de kilómetros de su lugar actual. El proceso empezó en la época de los dinosaurios, y estamos en la mitad del proceso de creación del próximo supercontinente, para dentro de 250 millones de años quizás…

Entonces seremos fósiles y no habremos dejado ninguna otra huella. Pero la Tierra seguirá estando ahí, viva, respirando, formando sus placas en las fallas medianas de los océanos, placas que se solaparán y chocarán en sus riberas creando montañas que después se erosionarán, como viene ocurriendo desde hace cuatro mil millones de años y seguirá pasando durante cuatro mil millones de años más, a no ser que antes explote el Sol y destruya a la propia Tierra.

Nada de lo que podamos hacer a nuestro planeta puede dañarlo realmente. Pero podemos perjudicarnos a nosotros mismos. Mi libro acaba lanzando un llamamiento para que se luche contra la ignorancia y se movilicen todos los conocimientos que poseemos para hacerle frente. Lo que espero de un evento como el Año de la Tierra, es que podamos añadir un poco de racionalismo científico a la forma en la que tratamos a la insustituible Madre Tierra. Ella no nos toma en cuenta. Somos nosotros los que tenemos que cuidarla, no podemos luchar contra ella. Sin su ayuda, estaremos fosilizados mucho antes de lo que pensamos.

Declaraciones recogidas por Didier Buysse

  1. Ted Nield, Supercontinent, Ten Billion Years in the Life of our Planet, Granta Books, Londres, 2007

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