OCCIDENTE

El oso y el lobo

Los animales, tanto los familiares como los considerados terroríficos, protagonizan a menudo nuestros sueños y nuestras pesadillas. Pueden servirnos de catarsis o de álter ego. Están presentes en todas las manifestaciones de arte, desde la prehistoria. A continuación, hablamos de dos de ellos, particularmente presentes en el bestiario europeo.

Domador de osos en los Pirineos, a principios del siglo XX. © CNRS Photothèque/Jean-Dominique Lajoux
Domador de osos en los Pirineos, a principios del siglo XX.
© CNRS Photothèque/Jean-Dominique Lajoux
© CNRS Photothèque/Jean-Dominique Lajoux
© CNRS Photothèque/Jean-Dominique Lajoux
Canis antarcticus sacado de la obra de Richard Owen, The zoology of the voyage of H.M.S. Beagle, 1838. © Reproduced with permission from John van Wyhe ed., The Complete Work of Charles Darwin Online
Canis antarcticus sacado de la obra de Richard Owen, The zoology of the voyage of H.M.S. Beagle, 1838.
© Reproduced with permission from John van Wyhe ed., The Complete Work of Charles Darwin Online

Cuando el cielo está despejado en el hemisferio norte, se pueden observar las dos constelaciones más célebres: la Osa Menor y la Osa Mayor. ¿Por qué se llaman así? Su nombre procede de la mitología griega. Zeus, infatigable seductor, se enamoró de la ninfa Calisto, con la que tuvo un hijo, Acras. Una primera versión es que su esposa Era, celosa, convirtió a Calisto en Osa Mayor y a su hijo en Osa Menor. Ambos fueron condenados por Neptuno a dar vueltas sin parar en torno al polo Norte. Otra versión pone en escena a Artemisa, la diosa de la caza, en el papel de la rival herida, quien llevó a cabo las metamorfosis. Ante eso, para preservar a los osos de los cazadores, el regidor del Olimpo les asignó este lugar en el cosmos. La Osa Mayor (y su carro, compuesto por siete estrellas particularmente brillantes) está al lado de la Osa Menor, mucho menos brillante, exceptuando Alpha Ursae Minoris, la estrella polar, que se encuentra a la cabeza del timón.

Guerrero y seductor

Seguidamente, el oso bajó a la Tierra para alimentar numerosos mitos y leyendas. Entre ellos, que en Escandinavia raptaba a las jóvenes que luego daban a luz a guerreros, mitad bestia mitad hombre, cubiertos de pelos, valientes y poderosos, fundadores de dinastías. Los reyes de Dinamarca y Noruega luego iban a pretender ser sus descendientes. En numerosos pueblos germánicos, los jóvenes se enfrentaban en un combate singular, en el transcurso de ritos de iniciación, a este animal impresionante, capaz de ponerse de pie. Vestidos con su piel, llevando uno de sus dientes como pendiente, captaban entonces su fuerza, que les ayudaba en los combates. En diferentes países, se celebró durante muchos años “la fiesta del Canto del oso” el dos de febrero, fecha que indica el final de su hibernación. Contra esta costumbre la Iglesia instituyó el mismo día la Fiesta de la Candelaria.

En el siglo XVIII, Juan del Oso, nacido de una mujer y de un plantígrado, con una fuerza impresionante, dividido entre su naturaleza salvaje y su humanidad, se hizo famoso en toda Europa. “El oso es el animal de las leyendas orales, trasmitidas hasta el siglo XX en sus zonas de refugio como en los Pirineos. También es el que más se parece al hombre por su posición de pie, sus formas de comer y de golpear. Es un superhombre peligroso que comete numerosos crímenes, un ser sobrenatural que merodea y se esquiva. Sus relaciones con los humanos están pensadas en términos de rivalidad violenta con los hombres y de seducción con las mujeres”, escribe el historiador Eric Baratay(1). “Los carnavales perpetúan esta reputación de secuestrador incluso en los lugares en los que ha desaparecido”.

El cristianismo no apreció a este animal que pertenece al arcaico patrimonio pagano. No dejó de desterrarlo y menospreciarlo. Los clérigos hicieron poco a poco del oso un animal “ordinario”, expulsado de los símbolos heráldicos, mostrado en las ferias, atado con cadenas, despojado de cualquier distinción. En el transcurso de la Edad Media, el oso dejó de ser un trofeo prestigioso de caza. Es cierto que estos episodios “bárbaros” provocaban violentos combates cuerpo a cuerpo entre el hombre y el animal, situándolos en una proximidad poco ortodoxa. El poder religioso impuso a la aristocracia la caza del ciervo, mucho más noble de apariencia, y la llevó a identificarse al león, auténtico rey de los animales, que vino a simbolizar el poder de las casas principescas y reales. No obstante, el oso siguió siendo el símbolo de la ciudad de Berna y entre sus muros se firmó la convención que protege las especies amenazadas, una hermosa coincidencia.

La revancha de los ositos de peluche

El oso, desposeído de su fuerza, pasó a ser osezno. En 1903, se concretó en un peluche (ancestro de los múltiples juguetes que acompañan a los más pequeños hoy en día), que durante mucho tiempo ha tenido el mono - polio de tranquilizar, consolar, ser el compañero favorito de muchos niños y de entrar en sus sueños. Los ositos de peluche, como las constelaciones, también poseen una doble historia. La primera es la del Teddy bear. En los Estados Unidos, Theodore Roosevelt se fue de caza en el Estado de Misisipi. Sus amigos tuvieron la cruel idea de atar un oso a un árbol para asegurarse de que el Presidente no volviera a casa con las manos vacías, pero este último se negó a dispararle. Un fabricante de juguetes neoyorkino tuvo la idea de inmortalizar su generosidad en un peluche al que le puso su nombre. La segunda versión, ligeramente anterior, procede de Alemania. El sobrino de Margarete Steiff, creadora de juguetes de trapo, dibujó esbozos de osos del zoológico de Stuttgart y se le ocurrió realizar un juguete articulado. Un prototipo hecho de peluche de mohair fue expuesto en la Feria de Leipzig, en 1893. La fabricación empezó rápidamente superando el millón de ejemplares en 1907. Los osos Steiff tienen como símbolo característico un botón de metal en la oreja izquierda y hoy en día son objetos por los que los coleccio nistas pagan cifras exorbitantes.

Los oseznos siguen siendo los héroes de numerosas aventuras. Una de las más célebres es la contada por Alan Alexander Milne quien, al ver cómo su hijo jugaba con su osito de peluche, creó el personaje del osezno Winnie (Winnie-the-Pooh), adaptado entre otros por Walt Disney. Este juguete fetiche sigue asumiendo nuevos papeles. En diferentes países, particularmente en Alemania y en Francia, se han creado “hospitales de ositos”, en los que los niños presentan su peluche a estudiantes de medicina que hacen como si curaran a los ositos para ayudar a los niños a vencer su miedo a los hospitales, les enseñan a saber dónde les duele y así se tranquilizan. Quizás por la misma necesidad de consuelo Neil Armstrong se llevó un osito de peluche en su viaje a la Luna, en 1969.

Aterrador o protector

El lobo es otro personaje familiar de los cuentos, las fábulas, los libros infantiles, incluso de los más actuales. El lobo a menudo cambia de figura. Como prueba, su evolución en las versiones del cuento de caperucita roja. “En las versiones orales, la niña comparte los restos de la abuela con el lobo, se desnuda para acostarse con él, y después huye con astucia. El cuento evoca el paso a la edad adulta y a la sexualidad, la sustitución de una generación de mujeres por otra. En la primera versión escrita (1697), Charles Perrault oculta estos aspectos juzgados como indecentes y describe a un lobo astuto y sin piedad que devora a la niña, para incitar a las chicas a huir de los seductores. La otra versión celebre, la de los hermanos Grimm (1812), añadió la necesidad de librarse del lobo: es matado por cazadores que salvan a la niña”, continúa Eric Baratay. Más tarde Jack London hará que Colmillo Blanco se convierta en un amigo valiente (del que se han hecho varias películas); Marcel Aymé cambió el cuento de Caperucita Roja en uno de sus cuentos de Contes du chat perché;Pierre et le loup, escrito y con música de Prokofiev, que se termina con una marcha en la que el lobo se zafa de los cazadores... pero acaba en un zoológico.

También el lobo puede ser protector y salvador. Rómulo y Remo, fundadores de Roma, fueron criados por una loba y existen numerosas historias de “niños lobo”. A principios del siglo XIV se relata el caso del niño de Hesse, criado por animales, que sabía distinguir entre los mejores trozos de carne y se desplazaba a cuatro patas.

Más reciente es la saga de Monique Dewael, quien en Sobreviviendo con lobos cuenta la historia de Misha Defonseca. Misha, pequeña niña judía de ocho años, se fue de Bélgica, durante la Segunda Guerra Mundial, para reencontrarse con sus padres detenidos por la Gestapo. Recorrió los bosques de Europa, sobreviviendo gracias a una manada de lobos. El libro, traducido a 18 idiomas, tuvo millones de lectores y la película que inspiró, dirigida por Vera Belmont, registró centenares de miles de espectadores. El relato, presentado como autobiográfico, era pura ficción. Una impostura que prueba bien la persistencia del lobo en nuestro imaginario...


Christine Rugemer

  1. Eric Baratay, Et l'homme créa l'animal, Ed. Odile Jacob, Paris, 2003.

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