PRUEBAS CON ANIMALES

Los discutidos sacrificios realizados en aras del progreso

Entre 1901 y 2002, 68 premios Nobel de medicina o de fisiología fueron otorgados a científicos que habían recurrido a pruebas con animales. Aunque sea difícil negar que estas prácticas hayan hecho avanzar la ciencia, ¿hay que emplearlas sistemáticamente cuando existen métodos alternativos?


¿Podemos evitar los experimentos y las pruebas con animales? Eso desean los partidarios de una ética de los seres vivos o, en todo caso, ellos denuncian algunas condiciones en las que se llevan a cabo estas prácticas. Ya en 1959, el zoólogo William Russel y el microbiólogo Rex Bruch enunciaron la regla de las “tres R.” (Reducción, Refinamiento, Reemplazo). Reducir el número de víctimas sometidas a las pruebas. Refinar, es decir, disminuir el dolor y el estrés (que además se sabe que perturban numerosos parámetros relacionados con el comportamiento y la fisiología). Reemplazar al animal por modelos que no utilicen animales vivos, en la medida de lo posible. Esta triple regla cada vez es más realizable gracias a las pruebas in vitro con células o tejidos reconstituidos, y a los métodos in silico, por ordenador.

Además, se sabe que los animales no tienen por qué reaccionar como lo harían los hombres, para los cuales las consecuencias pueden llegar a ser graves. En 2006, en el Northwick Park Hospital de Londres, de los ocho voluntarios a los que se les había inyectado TGN1412 (tratamiento contra las enfermedades autoinmunes probado con éxito en sujetos no humanos), seis sufrieron un fallo multivisceral gravísimo. Las únicas dos personas indemnes fueron las que habían recibido un placebo.

Europa y las alternativas

En 1991, la Comisión Europea creó el CEVMA (Centro Europeo para la Validación de Métodos Alternativos) con el fin explícito de disminuir los experimentos con animales, en el seno de su Centro Común de Investigación de Ispra (Italia). Tiene como objetivo validar estas metodologías alternativas. Para tal efecto, el CEVMA trabaja en colaboración con administraciones, industrias y universidades de los Estados miembros. Los conocimientos acumulados por el centro, de renombre mundial en este campo, están accesibles en su base de datos SIS (Scientific Information Service).

Desde entonces, Europa ha apoyado numerosos proyectos de investigación que persiguen esos objetivos, entre ellos, tres proyectos integrados en los que participan más de 90 laboratorios públicos o industriales. A-CUTE-TOX estudia una estrategia que permita sustituir los procedimientos actuales in vivo relacionados con la toxicidad sistémica aguda, RE-PRO-TECT se interesa por la toxicidad reproductiva (fertilidad, implantación de embriones, etc.) y SENSIT- IV estudia la hipersensibilización de la piel y de los pulmones, como reacción a ciertos productos, para poner a punto una estrategia in vitro.

La legislación comunitaria se basa en la directiva 86/609 (1986) para la aplicación de la regla de las “tres R”. En 2006, antes de su revisión, la Comisión Europea publicó un cuestionario en Internet. 42.655 personas respondieron al mismo. El 93 % de ellas dijeron que deseaban aumentar el bienestar animal. El 79% estimaban que la Unión Europea no dedicaba suficientes fondos para la investigación de métodos alternativos. El 92% pensaban también que la UE podría desempeñar un papel internacional de líder en la promoción de estas acciones.

Por su parte, numerosos científicos siguen estando convencidos de que sus investigaciones, a menudo muy especializadas, no podrían continuar sin la utilización de animales vivos, particularmente transgénicos.


Didier Buysse


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Algunas cifras

Cada año se utilizan 100 millones de animales para la investigación en el mundo. 12,1 millones se utilizaron en Europa, en 2005. El 78% eran roedores y conejos, el 15 % animales de sangre fría y el 5% aves. Más del 60 % del total se utilizaron en las investigaciones médicas humanas y veterinarias, la odontología, así como en biología. El 8% sirvieron para pruebas toxicológicas y otras evaluaciones de la seguridad. Pero el número de individuos utilizados para los estudios de enfermedades animales aumentó de forma significativa (1.329.000 en 2005 frente a 900.000 en 2002) debido a las epidemias que afectaron al ganado, así como a la gripe aviar y los riesgos de zoonosis.



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