COHABITACIÓN

Vida de perros…

Los perros, ignorados durante mucho tiempo por los psicólogos, que preferían estudiar a los chimpancés o a las ratas, desde hace algunos años han recobrado protagonismo. De hecho, destacan en un campo particular: la comprensión de la comunicación humana. Beneficios de una larga historia común.

Rico conoce todos sus juguetes por su “nombre”. Este Border collie tiene un vocabulario impresionante, siendo capaz de establecer un vínculo entre una palabra y un objeto, con una rapidez y memoria sorprendentes. © Courtesy Julia Fischer
Rico conoce todos sus juguetes por su “nombre”. Este Border collie tiene un vocabulario impresionante, siendo capaz de establecer un vínculo entre una palabra y un objeto, con una rapidez y memoria sorprendentes.
© Courtesy Julia Fischer

“Sólo le falta hablar”. ¿Quién no ha oído en alguna ocasión al propietario de un caniche o de un pastor alemán presumir así de la “inteligencia” de su animal de compañía? Sin llegar hasta ese punto, por lo menos sí se puede afirmar que la relación del perro con el hombre es especial. No obstante, los investigadores durante mucho tiempo han preferido trabajar con grandes simios, más cercanos a nosotros filogenéticamente, o con ratas, más fáciles de criar en laboratorio. A principios de este siglo, varios resultados han avivado el interés de los científicos por las razas caninas, sorprendentes por su aptitud para comprender los códigos de comunicación humanos, mucho mejor que los primates. “Los perros se podrían convertir en los nuevos chimpancés de los psicólogos”, escribió el estadounidense Paul Bloom en 2004(1).

Rico, capaz de entender doscientas palabras

Ese mismo año, un equipo del Instituto Max Plank de Leipzig, dirigido por Julia Fischer(2), se interesó por Rico, un Border collie que, según sus dueños, “comprendía más de doscientas palabras”. Se trataba de nombres de juguetes o de pequeños objetos que traía cuando se le pedía, ganando entonces una recompensa. Rico empezó este aprendizaje a la edad de diez meses. Los investigadores comprobaron primero sus capacidades en experimentos controlados en los que su dueña no podía darle ninguna pista, ni siquiera de forma involuntaria. Rico nunca se equivocó de objeto, mejor aún: los científicos seguidamente colocaron un objeto “desconocido” entre los juguetes familiares y su dueña pronunció el nombre de dicho juguete, que Rico desconocía. Pero comprendió inmediatamente que la nueva palabra debía corresponder al objeto que nunca había visto y lo trajo. Cuatro semanas más tarde, aún recordaba este nuevo nombre.

¿Puede ser considerado como un perro excepcional? Sin duda alguna, por la amplitud de su vocabulario, que los investigadores del Instituto Max Plank juzgan “comparable al de los grandes simios, los delfines, los papagayos o los leones marinos entrenados”. Sin comparar sus logros con el aprendizaje del lenguaje por bebés humanos, estiman que Rico sabe establecer un vínculo entre una palabra y un objeto. Paul Bloom, más escéptico, destaca que este perro “tan sólo aprende” en situación de juego y únicamente nombres de objetos que puede transportar en la boca. Según él, este Border collie no integra los nombres de las categorías de los objetos sino que simplemente asocia la palabra al acto de traer. Otro límite esencial: tan sólo “funciona” con su dueña… No obstante, la rapidez del aprendizaje de vocabulario revela que los perros, como las ratas o los chimpancés, pueden realizar inferencias, operación lógica que consiste en sacar una conclusión.

La fuerza de los signos

En la misma época se realizaron experimentos de alcance más general con animales no entrenados, sin lazos afectivos particulares con los experimentadores. Ya no se trataba de analizar a individuos excepcionales, sino las capacidades de la especie. Todos estos estudios siguieron el mismo esquema: los investigadores colocaban en un primer momento varias cajas idénticas, tras haber ocultado en una de ellas comida o cualquier objeto atrayente. Hacían entrar el animal en la habitación y señalaban la “caja correcta” de alguna forma: con el dedo, mirándola, asintiendo con la cabeza, situando encima de ella un cubo de color… En resumidas cuentas, utilizando los signos propios de la comunicación humana no verbal. A partir de los catorce meses, los bebés comprenden perfectamente este tipo de indicación. Los chimpancés no lo logran en absoluto. Tienen que intentarlo decenas de veces para utilizar la información dada por el experimentador y son incapaces de transponer este conocimiento a otro tipo de información (por ejemplo, si el experimentador vuelve la cabeza en lugar de asentir con ella). Ahora bien, los perros resuelven el problema con gran facilidad, desde el primer intento…

Otros experimentos demostraron que la especie canina “comprende” que los hombres ven con sus ojos, y actúa en consecuencia. Por ejemplo, un perro coloca la pelota delante de su entrenador incluso si mientras tanto dicho entrenador se ha dado la vuelta. Prefiere mendigar comida a una persona con los ojos descubiertos que a otra que esté a su lado con los ojos vendados (el chimpancé no distingue entre los dos). Se acerca a un objeto prohibido tan sólo si el experimentador tiene los ojos cerrados o si una pared sin ventana les separa, etc.

Todos estos resultados son tanto más sorprendentes cuanto que los perros no comprenden bien los índices no sociales: no descifran el mundo físico. Por ejemplo, un chimpancé comprende inmediatamente que si, de dos tablas puestas en el suelo, una está levantada y la otra no, la comida está oculta debajo de la primera. El perro es incapaz de comprenderlo.

Los lobos y los zorros

¿Pero por qué teniendo capacidades cognitivas inferiores a las de los grandes simios, los perros los superan cuando se trata de comunicar con nosotros o con sus congéneres? El psicólogo alemán Michael Tomasello(3) ha publicado recientemente una síntesis de sus trabajos sobre este tema, ofreciendo una explicación. Primero ha eliminado la hipótesis del adiestramiento, puesto que unos cachorros criados por su madre en una perrera tienen la misma comprensión que unos perros adultos criados por los hombres. El hecho de que el lobo, ancestro del perro, cace en manada y, por lo tanto, deba integrar las intenciones de sus congéneres, tampoco sirve de explicación. Los lobos, aunque hayan sido criados por humanos, no comprenden sus señales, a pesar de tener el mismo nivel (o quizás mayor) que los perros en las tareas de comprensión del mundo físico.

Para Michael Tomasello, habría que buscar la respuesta en la historia particular de los perros. “La única posibilidad que queda es que las capacidades sociales de los perros provengan del propio proceso de domesticación, desarrolladas durante las decenas de miles de años que nuestras dos especies han vivido juntas”, escribe. Aunque no se pueda precisar la fecha exacta, hace varios miles de años, los hombres empezaron a domesticar a los lobos que rondaban en torno a sus campamentos buscando desechos. Poco a poco, fueron eliminando a los individuos temerosos o agresivos con ellos. ¿Esta selección en base al comportamiento ha sido suficiente para conferir a estos animales capacidades de comunicación social? Por muy sorprendente que sea la respuesta, parece ser que es así. Como prueba, Tomasello menciona un experimento llevado a cabo con zorros de Siberia. Un grupo de estos cánidos fue seleccionado hace unos cuarenta años con el único criterio de que permanecieran tranquilos en presencia de seres humanos. Un grupo de control se reprodujo libremente, en condiciones completamente idénticas. Actualmente, las crías del primer grupo comprenden tan bien como los cachorros de perro cuando se señala con el dedo o se mira, sin haber seguido ningún aprendizaje. Por el contrario, no son más “hábiles” que sus homólogos salvajes cuando se trata de comprender el mundo físico. “Por mucho que sorprenda, esta investigación sobre los zorros domesticados sugiere que los perros desarrollan aptitudes para descifrar los comportamientos sociales y comunicativos de los hombres como consecuencia involuntaria de haber sido seleccionados con el criterio de la tranquilidad”, concluye el investigador.

Otra pregunta surge inevitablemente: ¿Cómo es posible que los chimpancés no hayan desarrollado aptitudes para comunicar mientras que los hombres, tan cercanos filogenéticamente, sí? Después de todo, los chimpancés, y aún más los bonobos, dominan el mundo físico, saben lo que ven los demás, les atribuyen intenciones, realizan inferencias a partir del comportamiento del experimentador o del congénere; en resumidas cuentas, disponen de todas las capacidades cognitivas necesarias. Michael Tomasello opina que la respuesta radica en su tendencia natural a la competición. Las experiencias revelan que los chimpancés sólo cooperan con un congénere si no hay ninguna posibilidad de conflicto (gracias a una separación física) y si le interesa por algo. De no ser así, las relaciones de dominio impiden cualquier acción común. En esas condiciones, es inútil desarrollar capacidades de comunicación sofisticadas. De ahí la hipótesis según la cual las capacidades de comunicación únicas del hombre tan sólo hayan podido emerger tras una “autodomesticación” en el transcurso de la cual “los miembros de un grupo social mataban o excluían a los individuos demasiado agresivos o despóticos”. Esta selección en base a la tranquilidad emocional habría abierto a nuestros ancestros homínidos un nuevo espacio adaptativo en el que se pudieron desarrollar formas sofisticadas de interacción social y de comunicación. En resumidas cuentas, los perros nunca podrán hablar, pero quizás nos hayan ayudado en cierta forma a comprender cómo noso - tros, los humanos, lo hemos conseguido.


Patrick Philipon

  1. Paul Bloom, Can a dog learn a word? Science 304, 1605, 2004.
  2. Juliane Kaminski, Josep Call, Julia Fischer, Word learning in a domestic dog: evidence for “fast mapping”, Science 304, 1682, 2004.
  3. Brian Hare & Michael Tomasello, Human-like socials skills in dogs?, Trends in cognitive sciences, 9(9), 439, 2005.

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