SOCIALIZACIÓN

Uno mismo y los demás

Seducir, reproducirse, educar, protegerse, alimentarse… Tanto la cultura animal como la cultura humana se basan en las relaciones entre individuos. Relaciones que son ambiguas y que alternan cooperación y competencia. A continuación, citamos algunos ejemplos.

Amistad en los chimpancés. © Chris Herzfeld
Amistad en los chimpancés.
© Chris Herzfeld
Dos jóvenes elefantes de mar machos se enfrentan ante una colonia de pingüinos rey en Ratmanoff (Kerguelen), al sur del Océano Índico. © CNRS Photothèque/CEBC/Christophe Guinet
Dos jóvenes elefantes de mar machos se enfrentan ante una colonia de pingüinos rey en Ratmanoff (Kerguelen), al sur del Océano Índico.
© CNRS Photothèque/CEBC/Christophe Guinet
Papamoscas (bias musicus) de Gabón. Los dos padres alimentan a sus crías, en la foto aparece la hembra. © CNRS Photothèque/Alain R. Devez
Papamoscas (bias musicus) de Gabón. Los dos padres alimentan a sus crías, en la foto aparece la hembra.
© CNRS Photothèque/Alain R. Devez

“El infierno son los demás”, decía el filósofo Jean-Paul Sartre, a pesar de ser él mismo un animal social, por su pertenencia a la especie humana. En cierto modo, este juicio podría aplicarse a todos los seres vivos puesto que “el otro” siempre es un competidor. Primero para alimentarse: el congénere tiene el mismo régimen alimentario y, en el caso de que la comida escasee, puede transformarse en enemigo mortal. También es un competidor sexual en potencia, y a veces un posible predador. Pero, por suerte, la frase de Sartre tan sólo revela una parte de la verdad. La otra parte es que el otro es indispensable para reproducirse. Puede convertirse en un preciado auxilio, si coopera, para protegerse, edificar un refugio, detectar el peligro, encontrar fuentes de alimentación… incluso distraerse. En resumidas cuentas, el congénere está entre el cielo y el infierno.

Esta dualidad es inherente a la condición animal. Explica por qué hay tan pocos individuos completamente solitarios puesto que, sean cuales fueren su especie y sus particularidades, se ven obligados a interactuar con parejas para la reproducción como mínimo. No obstante, las relaciones se limitan raramente a este campo. Numerosos animales tienen también relaciones de hermandad, eventualmente con sus progenitores, su grupo, más o menos extenso, e igualmente con los congéneres que se encuentran en su camino. Ahora bien, quien dice interacción dice forzosamente comunicación.

Las bazas de la seducción

La comunicación animal logra su máxima complejidad en el área universal de la reproducción. Los lepidópteros, dotados de un “séptimo sentido”, detectan a una pareja hasta a 8 kilómetros de distancia. La comunicación sexual, a menudo básicamente química, se enriquece con componentes auditivos en numerosos insectos y pájaros, en los que el canto desempeña un papel decisivo. El aspecto visual también tiene su importancia, como lo reflejan las manchas, colores, plumajes y otros elementos estéticos cuyo brillo no pasa desapercibido en el reino animal. No se puede olvidar la comunicación táctil. El biólogo Stéphane Tanzarella cuenta el caso de la araña Amaerobius ferox: “El macho, para distinguirse de las presas, da golpecitos en la tela de la hembra con sus patasmandíbula creando una frecuencia de 4 Hz durante algunos segundos, y después con su abdomen envía una vibración de 30 a 100 Hz”(1). De este modo evita que le devore, a condición de mantener el ritmo durante todo el acoplamiento (cualquier distracción y el instinto predador de la hembra acaba con él). Y finalmente, se conocen desde hace mucho tiempo códigos de comportamiento extremadamente complejos en animales más evolucionados, como cortejos nupciales, bailes y ofrendas de regalos de algunas aves.

La responsabilidad de los padres

Sin duda las relaciones entre los padres y sus pequeños, tras las relaciones reproductivas, son las que dan lugar al mayor repertorio de comunicación y de comportamientos. Ejemplos de ello son algunos invertebrados: los pulgones y las arañas defienden a veces a sus crías, las trasportan de un sitio a otro, las alimentan, etc. A menudo, se trata de un reflejo relativamente simple, desencadenado por la apariencia general, el olor o los sonidos emitidos por las crías. Por otra parte, podemos encontrar que la sustitución de los polluelos pasa desapercibida para la mayoría de las aves, empezando por la gallina, que criará a cualquier clase de polluelo, o el caso del polluelo del cuco al que adoptan “padres” generalmente más pequeños que él.

Otro ejemplo sorprendente lo expuso Alex Thornton, investigador en el Departamento de Zoología de la Universidad de Cambridge (Reino Unido), quien reveló que las suricatas, pequeños mamíferos africanos bastante sociales de la familia de las mangostas, tenían un auténtico proceso de educación. Las suricatas tienen una alimentación muy variada que incluye animales ágiles y peligrosos como los escorpiones. Los padres aportan presas muertas a sus pequeños en las primeras etapas de su vida. Después, cuando son más ágiles, les dan escorpiones vivos a los que les han arrancado el dardo. Sólo al final del proceso de educación reciben presas enteras, con las que tienen que vérselas. Alex Thornton matiza que las suricatas no tienen una teoría de la mente, que les permita imaginar lo que su prole es capaz de hacer o comprender. En realidad, se guían por la naturaleza de los sonidos que emiten sus descendientes. Los sonidos de los más pequeños, más agudos, les incitan a “entregar” presas muertas. Después, a medida que los sonidos se van haciendo más graves, los padres modifican lo que les van dando. Los investigadores realizaron una demostración especialmente acertada, emitiendo falsos sonidos grabados con un magnetófono, logrando así engañar a los padres y hacer que trajeran presas no adaptadas para sus pequeños…

El efecto de grupo

Las interacciones con los demás, más lejanos (ni ascendientes, ni descendientes, ni parejas) encierran aún numerosos misterios. La dinámica de los bancos de peces (que pueden llegar a tener más de un kilómetro de longitud y comportar miles de millones de individuos) sigue siendo poco conocida. Parece ser que el grupo pretende provocar en los predadores una sensación de confusión, incluso de amenaza, para disuadirlos y evitar que le ataquen. Así, cuando aparece un peligro, el banco se hace más denso, al reducirse la distancia entre sus miembros de forma sincronizada. Y no obstante, cada pez tan sólo tiene contacto con el puñado de individuos que lo rodea… Eso no impide que las señales se propaguen de cercano a cercano con una impresionante rapidez. Los peces, a pesar de tener un cerebro bastante rudimentario, y una estrecha gama de comportamientos estereotipados, consiguen que emerjan comportamientos complejos muy adaptados gracias al denominado “efecto de grupo”.

Numerosos animales alternan las fases gregarias y las territoriales. Es el caso de algunas aves como los estorninos, que en invierno forman agrupaciones enormes, fascinantes por sus ejercicios de vuelos colectivos. Cada noche se puede ver cómo una nube de aves se despliega, se estira, retoma una forma compacta, como si jugara, conservando siempre su coherencia. Y, no obstante, algunas semanas más tarde, cuando llega la época de la reproducción, cada miembro del mismo grupo estará dispuesto a luchar ferozmente por la posesión de algunos metros cuadrados de territorio.

Más complejos aún son los mecanismos de caza colectivos de algunos predadores, como los leones o los lobos, que se basan en un reparto de tareas entre los “ojeadores” móviles y ruidosos, y los “asesinos” silenciosos y al acecho. Las modalidades de distribución de las tareas y sincronización de los movimientos son poco conocidas, pero casi con total seguridad se puede afirmar que conllevan sistemas de comunicación sofisticados.

Las sutilezas de los primates

Y para finalizar están los primates, cuyas sutiles jerarquías sociales e interacciones siguen apasionando a los investigadores. El holandés Frans de Waal, uno de los primatólogos más célebres, que trabaja actualmente en la Universidad Emory de Atlanta (Estados Unidos), explica en diferentes obras(2), con un fascinante lujo de detalles, cómo los chimpancés no ejercen su dominio en función de la mera fuerza física. Depende principalmente de la aptitud de un macho de conseguir suficientes aliados (incluyendo las hembras, más débiles físicamente) para que lo apoyen cuando entra en conflicto con sus rivales. El investigador describe, entre otros, algunos violentos cambios de alianzas que llevan al poder a quienes hasta entonces eran tan sólo “ayudantes” del dominante. Precisa también que se puede establecer fácilmente una distinción entre “individuos políticos”, capaces de cambiar de alianza de forma rápida y oportuna, e individuos fieles durante toda la vida a los mismos congéneres. Ya nos lo imaginábamos: la especie humana no ha inventado nada...


Yves Sciama

  1. Stéphane Tanzarella, Perception et Communication chez les animaux, De Boeck Université, 2005.
  2. Frans de Waal, Chimpanzee Politics: Power and Sex among Apes, Johns Hopkins University Press, 2000. Frans de Waal, Peter L. Tyack, Animal Social Complexity: Intelligence, Culture, and Individualized Societies, Harvard University Press, 2003.

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