LENGUAJE

¿Cómo empezó a hablar el hombre?

“Cuando hables te bautizaré”, dijo el cardenal de Polignac a un orangután que acababa de llegar al zoológico del rey de Francia, en el siglo XVIII. En efecto, todos los seres humanos hablan uno o varios de los alrededor de 4.000 idiomas censados en la Tierra. Por lo tanto, al interrogarnos sobre los fundamentos de la humanidad tenemos que reflexionar sobre la aparición del lenguaje, tanto en el transcurso de la evolución como en el transcurso del desarrollo de un niño.

¿Y si el aprendizaje por imitación fuera tan eficaz, por no decir más, que el aprendizaje oral? Por ejemplo, para transmitir un conocimiento como la fabricación de las herramientas, que existe desde la prehistoria. En la fotografía, una punta de sílex del paleolítico medio que procede del Fond des Blanchards (Gron-Yonne, Francia). © CNRS Photothèque/INRAP/Jérôme Chatin
¿Y si el aprendizaje por imitación fuera tan eficaz, por no decir más, que el aprendizaje oral? Por ejemplo, para transmitir un conocimiento como la fabricación de las herramientas, que existe desde la prehistoria. En la fotografía, una punta de sílex del paleolítico medio que procede del Fond des Blanchards (Gron-Yonne, Francia).
© CNRS Photothèque/INRAP/Jérôme Chatin

Desde hace más de un siglo, se sabe que la producción del lenguaje hablado moviliza una región entera de la corteza izquierda. El neuró - logo Paul Broca fue quien descubrió esta zona (que ahora lleva su nombre) al examinar a un paciente afásico, cuya autopsia reveló que había sufrido una destrucción de esta región tras un accidente vascular. Los actuales métodos de formación de imágenes cerebrales confirman que esta área de Broca se activa al hablar. Por lo tanto, sería tentador abordar la cuestión del nacimiento del lenguaje vinculándola a la aparición de esta zona cerebral, inexistente en los primates. Tentador, pero difícil, puesto que el cerebro es un órgano blando, que no se fosiliza. Por lo tanto, el examen de los moldes de cráneos de los homínidos no permite determinar con seguridad la presencia o ausencia de la famosa área de Broca en el cerebro de nuestros ancestros. Según algunos, apareció en el Homo habilis (hace 4 millones de años), según otros en el Homo sapiens (hace unos cientos de miles de años), al haber tenido las especies precedentes tan sólo un protolenguaje rudimentario.

La posición de la laringe

No obstante, los paleontólogos han encontrado otro medio de abordar la cuestión de la aparición del lenguaje articulado. Para hablar hace falta el área de Broca pero también algo más trivial: un aparato fonador compuesto por la lengua, la laringe (cuyos pliegues membranosos conforman las cuerdas vocales) y la faringe, que lleva el aire de la laringe hacia la boca y la nariz. Cuanto más alargada sea la faringe, más tiempo puede vibrar el aire, y mayor será la gama de los sonidos que pueda emitir. En el hombre adulto, la laringe está situada en posición baja, en el fondo de la garganta. Por el contrario, en los grandes simios, está situada en posición alta. “Así el hombre puede formar vocales modificando la forma de la lengua en dos dimensiones (la vertical, en la raíz de la lengua, en el fondo de la garganta y la horizontal, en su extremidad en la cavidad bucal) lo que aumenta la gama sonora”, explica James Steele del Instituto de Arqueología del University College de Londres, coordinador del proyecto HAND TO MOUTH(1). ¿El descenso de la laringe hacia el fondo de la garganta no es ya de por sí una huella anatómica de la aparición del lenguaje? Los investigadores están evaluando esta hipótesis. Con la reconstrucción informática del tracto vocal de los fósiles homínidos, esperan poder datar la aparición de una laringe lo suficientemente baja como para poder permitir la producción del lenguaje articulado.

¿El lenguaje es algo útil?

Otra forma de plantear el problema es preguntarse para qué les podía servir el lenguaje a nuestros ancestros lejanos, puesto que hablar no sólo comporta ventajas. Con una laringe baja, el aire y los alimentos pueden pasar al fondo de la garganta, lo que acarrea un riesgo de ahogamiento en caso de que “se vayan por mal sitio”. Por lo tanto, desde un punto de vista evolutivo, este peligro debió tener como contra - partida otras ventajas. ¿Pero cuáles? Los socios del proyecto HAND TO MOUTH opinan que podría tratarse de la producción de las herramientas. “La fabricación de herramientas es una actividad social que tiene que transmitirse de generación en generación a través del aprendizaje”, prosigue James Steele. “Pretendemos saber si este aprendizaje es más eficaz con la mera imitación, o por enseñanza oral”. De hecho, la cuestión se está debatiendo ampliamente. Así, un grupo de profesores de universidad japoneses enseñó a sus estudiantes a fabricar herramientas en piedra tallada, en silencio o dándoles explicaciones orales precisas. Los dos grupos tuvieron resultados comparables… ¡pero sobre todo muy malos, ya que se trataba de una tarea compleja! El proyecto HAND TO MOUTH precisamente pretende retomar este tipo de experimentos, que hasta ahora han sido muy poco concluyentes, aprovechando la experiencia de los arqueólogos y los antropólogos que reúne. De hecho, el contexto teórico en el que se inscriben estas investigaciones cambió tras el reciente descubrimiento de neuronas espejo (activas únicamente cuando un sujeto reproduce una acción que observa) en una región del cerebro implicada en la producción del lenguaje. James Steele opina: “Este descubrimiento sugiere que la aparición de algunas propiedades del lenguaje humano dependió de circuitos neuronales preexistentes que servían para interpretar el comportamiento de los demás observando sus gestos”.

Empezar a hablar

La aparición del lenguaje articulado sin duda necesitó una serie de modificaciones anatómicas del cerebro y del aparato fonador en el transcurso de la evolución. ¿Y en el caso de los niños? En los lactantes, como en los grandes simios, la laringe está situada en posición alta, así puede mamar y respirar a la vez. Luego desciende súbitamente, de ahí que los primeros balbuceos se conviertan rápidamente en palabras articuladas. Este proceso maravilla tanto a los padres como a los científicos. Según los especialistas, el lenguaje humano es un “sistema generativo” que permite construir un número infinito de frases a partir de un número finito de palabras (de 50.000 a 100.000 en el vocabulario medio de un adulto) cuyo sentido está fijado por convención. Cuando se ignora una palabra, se puede buscar su sentido en el diccionario. Por el contrario, se puede comprender el sentido de cualquier nueva combinación de palabras dentro de una frase, puesto que esta combinación está regida por un conjunto de reglas: la sintaxis. Ahora bien, a partir de la edad de tres o cuatro años, los niños controlan una buena parte de esta sintaxis, sin haberla aprendido. Nunca se aprende en la escuela que en las frases: “Este niño tiene una pelota. Ese también tiene una”, “ese” designa a otro niño y “una” a otra pelota. De ahí la idea, lanzada en los años cincuenta por el lingüista estadounidense Noam Chomsky, de una predisposición genética humana a aprender un lenguaje. Desde entonces, centenares de investigadores han intentado descifrar las bases de esta “gramática universal” innata cuya existencia defendía Chomsky, pero cuya naturaleza sigue siendo enigmática.

Consonantes y vocales

“La señal sonora del habla no contiene ninguna información evidente relacionada con el léxico o con la gramática de la lengua”, observa Jacques Mehler, especialista de ciencias cognitivas en la Scuola Internazionale Superiore di Studi Avanzati de Trieste (Italia), coordinador del proyecto CALACEI. “Incluso suponiendo la existencia de estructuras innatas muy desarrolladas, queda por explicar la relación que existe entre la estructura lingüística y la señal percibida. Ahora bien, algunas investigaciones recientes revelan que la señal es más rica de lo que se pensaba, puesto que contiene una gran cantidad de información estadística sobre la distribución de algunos elementos fundamentales que quizás sea detectada inconscientemente cuando se aprende a hablar”. De ahí la hipótesis probada por Mehler y sus colaboradores: el cerebro utilizaría las consonantes para detectar las palabras en la prosodia mientras que las vocales servirían sobre todo para detectar la sintaxis.

Los investigadores de CALACEI se interesan también por la forma en la que un recién nacido aprende su lengua materna. Algunos trabajos anteriores realizados en Trieste habían revelado que el lactante era sensible al ritmo del habla desde su nacimiento. Cuando se le hace escuchar diferentes idiomas y se mide su atención observando sus movimientos de ojos o de la cabeza, se constata que ya es capaz de segmentar el habla en consonantes/vocales para determinar algunas propiedades rítmicas de las lenguas. El equipo de CALACEI pudo demostrar que un recién nacido de cuatro días sabía también distinguir entre repeticiones de sílabas del tipo A-B-B y del tipo A-C-C. Esta facultad implica una activación de una subregión del área de Broca, que madura de forma muy precoz. A partir de tres meses, se observa que se activa cuando el bebé escucha una grabación de su lengua materna, pero que no se activa si la misma grabación se pasa al revés. Y aún más sorprendente es que la detección de estas incongruencias en las sucesiones de sílabas provoca su sorpresa, como si esperase una continuación. Esta facultad de predicción no deja de desarrollarse al mismo tiempo que la adquisición del lenguaje… y la aparición del humor. Puesto que, como saben los humoristas, una de las mejores herramientas de los cómicos es el empleo de una de estas incongruencias verbales que desconciertan al cerebro que espera otra continuación. François Rabelais decía ya en el siglo XVI: “La risa es lo propio del hombre”.


Mikhail Stein

  1. Los proyectos HAND TO MOUTH y CALACEI forman parte de la iniciativa europea Nest Pathfinder, What it means to be human.

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