HISTORIA

Entre evolución y separación

¿Qué rasgos comparten los humanos y los animales? ¿Qué les diferencia? Las respuestas a estas dos preguntas han sido diferentes según los siglos. El foso que separa a las especies se ha ido ampliando o disminuyendo en el transcurso de la historia, antes de que se admitiera la inquietante proximidad y la existencia de la inteligencia y la cultura en los animales. A continuación, viajamos en el tiempo...

Konrad Lorenz y sus ocas, en 1967. © Courtesy of the Konrad Lorenz Archive, Altenberg
Konrad Lorenz y sus ocas, en 1967. © Courtesy of the Konrad Lorenz Archive, Altenberg
René Descartes pintado por Frans Hals.
René Descartes pintado por Frans Hals.
Uno de los perros utilizados por Pavlov para sus experimentos (sin duda Baikal). Se le había implantado quirúrgicamente un tubo que recogía su saliva. Fotografía conservada en el Museo Pavlov de Ryazan (Rusia). © GNU FDL
Uno de los perros utilizados por Pavlov para sus experimentos (sin duda Baikal). Se le había implantado quirúrgicamente un tubo que recogía su saliva. Fotografía conservada en el Museo Pavlov de Ryazan (Rusia). © GNU FDL

¿Qué puesto ocupa el hombre entre los seres vivos? La pregunta no es anodina y todas las civilizaciones se la han planteado. En la antigüedad griega, los filósofos ya se dividían en dos clanes. Los “dualistas” eran partidarios de una separación ontológica entre las especies, mientras que los “continuistas” no deseaban oponerlas. Entre los primeros, los estoicos creían que el hombre poseía la superioridad de la razón mientras que el animal estaba guiado por su instinto. En el campo de los segundos, se encontraba entre otros Aristóteles, para quien todos los seres vivos tenían “psique”(1). Existía una secuencia continua y un orden jerárquico que iba desde las plantas hasta los hombres, pasando por los animales. No obstante, estos últimos, aunque podían tener sensaciones, deseos y movimientos, eran inferiores al hombre, que era el único en tener pensamiento.

El pensamiento, desde el principio, marcaba el límite. En el siglo XVI, Montaigne aportó algunos matices. Le maravillaban los cantos del mirlo y la forma en la que la araña tejía su tela y afirmó que a veces existían más diferencias entre dos hombres que entre un hombre y un animal. Los animales podían razonar, incluso discurrir, aprender, y la superioridad humana le parecía exagerada. No obstante, tan sólo el hombre podía inferir nociones universales a partir de percepciones singulares, es decir, llevar a cabo actividades intelectuales.

Desde Descartes hasta Darwin

Pero pronto entró en escena Descartes (1596-1650) y su concepción reductora del animal prevaleció durante mucho tiempo. Era la época de los primeros autómatas, las máquinas antropomorfas accionadas por sistemas hidráulicos, y los animales-máquina del filósofo eran eso: mecanismos limitados a un cuerpo, al servicio del hombre dotado de razón. Escribió: “Creo firmemente que los animales no hablan porque no poseen el pensamiento, no porque les falten órganos para ello”. Kant y Heidegger opinaban lo mismo, así como generaciones de seres humanos para los cuales el animal-objeto representa un instrumento de la vida cotidiana, en su profesión o para su placer(2).

Hubo que esperar a Darwin(3) para que se refutara dicha concepción. El giro radical empezó con la publicación de la obra que sentó las bases del evolucionismo: El origen de las especies (1859): las especies vivas tenían un origen común y la evolución estaba regida por el mecanismo de la selección natural. Darwin se basó en las observaciones minuciosas realizadas a lo largo del famoso viaje de cerca de cinco años a bordo del Beagle (Cabo Verde, costas de América del Sur, islas Galápagos, Australia, Tasmania, etc.), reunidas en su Journal of Researches. Darwin, inspirado en las ideas de Thomas Maltus, pensaba que la competencia era un motor de supervivencia (“Las especies que sobreviven no son las especies más fuertes, ni las más inteligentes, sino las que se adaptan mejor a los cambios”). Publicó después El origen del hombre donde demostró lo próximas que estaban las especies humanas y animales a través de un ancestro relacionado con los simios catarrinos(4).

Se había dado un paso de gigante en la reflexión sobre el ser vivo. Mucho tiempo después, la genética reveló que compartimos cerca del 99% de nuestros genes con los chimpancés, lo que no ha impedido que actualmente una serie de movimientos creacionistas, para los cuales la vida está regulada por una causa y una finalidad superiores, debidas al “diseño inteligente”, se opongan firmemente al darwinismo.

Psicólogos y etólogos

Darwin apasionó a los psicólogos quienes, en el transcurso del siglo XX, se decantaron por la observación en laboratorio. El experimento más famoso sin duda fue el realizado por Pavlov a un grupo de perros: si se provocaba su salivación al presentarles comida y se sustituía después este estímulo por una señal visual o acústica, se desencadenaba el mismo proceso de salivación. Así los investigadores dispusieron de un método para probar las actividades sensoriales de los animales. Las ratas blancas a las que se proponían laberintos se convirtieron en las cobayas preferidas de los conductistas. No se trataba de especular sobre la conciencia animal sino de observar los comportamientos en condiciones controladas, a veces bastante crueles. El concepto cartesiano de “animal-máquina”, que reaccionaba frente a los estímulos y sin capacidad de iniciativa propia, seguía estando muy presente.

En los años treinta, los primeros etólogos volvieron al estudio en el entorno natural, considerando al animal como un “ser” vivo. En su casa de Altenberg, en la ribera del Danubio, rodeado de aves, el austríaco Konrad Lorenz (premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1973) fue el abanderado de estas observaciones. La corneja Tschok y la pequeña oca Martina se hicieron famosas. A partir de la observación del comportamiento de esta última, su “dueño” elaboró una de sus teorías más célebres. Lorenz vio nacer a esta oca salvaje, esperó un poco antes de confiarla a una de sus ocas domésticas, y se dio cuenta de que Martina rechazó a esta cuidadora desconocida y prefirió seguirle a él. En 1927, Lorenz publicó la teoría de la impronta, según la cual existe un periodo de aprendizaje muy breve durante el cual los animales se aferran al primer objeto en movimiento que han visto tras su nacimiento. Con su amigo holandés Niko Tinbergen, Lorenz analizó igualmente el concepto del instinto, estudiando comportamientos innatos.

Su contemporáneo, el zoólogo estonio Jacob von Uexhüll (1864-1944), marcó una nueva etapa interesándose más por los significados de un comportamiento que por sus causas. Analizó la noción de Umwelt, el “mundo vivido” por el animal, que captaba las cosas gracias a su mecanismo sensorial particular. Ese mundo era un mundo de señales. El ser vivo no era una máquina, pero se encontraba en el puesto de mando. Uno de sus ejemplos favoritos era la garrapata, ciega y sorda, pero con un sentido térmico que le permite reconocer a un mamífero de sangre caliente que pase a su alcance, sobre el que se deja caer para agarrarse, vampirizarlo y, al mismo tiempo, dejarle sus huevos, que llevaba en su interior desde el momento de la concepción, para su posterior desarrollo. Es impresionante la paciencia de las garrapatas, puesto que algunos especímenes en laboratorio esperan 18 años hasta encontrar una presa…

La inteligencia animal

Estos trabajos han sido el preludio de la etología cognitiva que, desde hace varias décadas, está revolucionando el enfoque de la “inteligencia animal”. Hoy en día, se sabe mucho más sobre el aprendizaje, la vida sexual, las relaciones sociales, la utilización de las herramientas, la capacidad de inventar, la conciencia de sí mismo y la socialización de los no humanos. Y estas virtudes no son exclusivas de los grandes simios. A fin de cuentas, los córvidos podrían superar a los chimpancés en numerosos ámbitos. Los elefantes se reconocen en un espejo. Los pájaros carboneros de Londres consiguen abrir las botellas de leche depositadas en los portales de las casas. Las orcas de Canadá han ideado un método de caza sorprendente: regurgitan restos de peces comidos en la superficie del agua y esperan a que alguna gaviota se acerque a comérselos para devorarla. Alex, el loro gris de Irene Pepperberg, investigadora de la Universidad de Tucson, podía responder (hablando, por supuesto) a la pregunta de cuántos objetos azules se encontraban en una bandeja. En 2007, investigadores japoneses presentaron una serie de vídeos en los que demostraban que algunos chimpancés ganaban a los estudiantes en un ejercicio de memoria visual que consistía en repetir, en el orden correcto, la posición de una serie de cifras (del 1 al 9).

Podríamos dar más ejemplos, sin caer por ello en una de las trampas del igualitarismo. “Hay que ser muy bruto para pensar que los animales no tienen sufrimiento, lenguaje, interioridad, subjetividad, mirada. Pero ¿acaso no sería una estupidez el obstinarnos en negar que los hombres sienten, comunican, se expresan, producen de otra forma y mejor que los más humanos de los animales?”, opina Elisabeth de Fontenay, filósofa y autora de Le Silence des bêtes, quien estudia desde hace años las relaciones entre los hombres y los animales(5).


Didier Buysse

  1. Término que el latín tradujo como “anima”, del que procede la palabra “animal”.
  2. Mucho tiempo después, a los animales se les otorgaron algunos derechos. Uno de los primeros en lanzar esta idea fue el estadounidense Thomas Regan (The Case for Animal Rights – 1984) quien defendía la existencia de derechos morales para los animales que, además, no tienen deberes (véase el artículo de la página 34).
  3. Véase la página 10.
  4. Los catarrinos (del griego katá, “hacia abajo” y rhinós, “nariz”), denominados también los simios del Viejo Mundo, viven en África y en Asia, mientras que los platirrinos, o los simios del Nuevo Mundo, viven en el continente americano. Los primeros tienen los orificios nasales cercanos entre sí y abiertos hacia abajo mientras que los segundos los tienen orientados lateralmente y muy separados.
  5. Philosophie magazine, nº 2, julio de 2006.

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