INTRODUCCIÓN

Una frontera cada vez más difusa

El espíritu de Mimi y la pitón – Pintura sobre corteza de eucalipto de Peter Nambarlambarl – Australia, de mediados del siglo XX. Musée des Confluences, Lyon (Francia). © Patrick Ageneau
El espíritu de Mimi y la pitón – Pintura sobre corteza de eucalipto de Peter Nambarlambarl – Australia, de mediados del siglo XX. Musée des Confluences, Lyon (Francia). © Patrick Ageneau

En un libro póstumo(1), el filósofo Jacques Derrida cuenta una experiencia personal. Estaba desnudo y de repente se dio cuenta de que su gato le estaba mirando, y se sintió muy incómodo, percibiendo a la vez que se avergonzaba de su desnudez y de sentir ese sentimiento de vergüenza. “¿Vergüenza de qué y desnudo ante quién? ¿Por qué había sentido esa vergüenza? ¿Y por qué me había avergonzado de haber sentido esa vergüenza? Ante el gato que me observa desnudo, ¿me da vergüenza como si fuera un animal que ya no tiene conciencia de su desnudez? O por el contrario, ¿me avergüenzo como un hombre que guarda el sentido de la desnudez? ¿Entonces quién soy? ¿A quién puedo preguntárselo si no es al otro? ¿Acaso al propio gato?”

Estas preguntas pueden parecer extrañas. Y no obstante, reflejan claramente los interrogantes sobre el estatus de sí mismo y del otro que desde siempre se han dado en todas las civilizaciones, la interconexión entre lo que se ha denominado humanidad y animalidad, cultura y naturaleza, razón e instinto.

¿Qué se piensa de ello en Occidente? Como consecuencia de varios proyectos europeos, entre otros, parece ser que lo que se consideraba tradicionalmente como “propio del hombre” ha sido bastante cuestionado. Ahora los paleontólogos y los etólogos hablan de primates humanos y de primates no humanos. Con respecto a los animales, nos atrevemos a asignarles palabras como “inteligencia”, “lenguaje”, “conciencia de sí mismo”, “socialización”, “individualidad”, “sufrimiento” y “derechos”. Los genéticos descubren códigos ADN que se diferencian muy poco, extraídos de especies completamente distintas en apariencia, por lo que es difícil negar la unicidad del ser vivo. Por lo tanto, estamos empezando a descubrir (o a admitir) que los hombres y los animales desde hace mucho tiempo comparten su destino y que tan sólo somos una parte de la vida salvaje, en la cual nos reflejamos.

¿Pero en qué situación está esta vida salvaje? Si la consideramos a gran escala (mundial, que se hace ineludible), la situación no es nada buena. La UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y sus Recursos), que lleva el registro mundial del estado de salud de los animales y de las plantas, a partir de los datos proporcionados por miles de científicos y conservadores de todos los continentes, presenta cada año balances cada vez más preocupantes. En 2007, la organización censó 41.415 especies, de las que 16.306 estaban amenazadas de extinción (frente a 16.118 del año anterior). El número total de especies extinguidas era 785 y 65 tan sólo existían en cautividad. Uno de cada cuatro mamíferos, una de cada ocho aves, un tercio de todos los anfibios y el 70% de todas las plantas evaluadas en la “lista roja” (los seres más frágiles) de la UICN estaban amenazados.

La única especie que no está en vías de desaparición es el hombre. La población mundial pasó de aproximadamente 1.650 millones en 1900 a 6.300 millones hoy en día y la ONU prevé que llegará a 9 mil millones dentro de 50 años. ¿Es un motivo de satisfacción?

Christine Rugemer

  1. Jacques Derrida, L’animal que donc je suis, Galilée, París, 2006.

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