RETRATO

El algoritmo de los dioses

Stephen Wolfram: “Explicar una idea y, afinarla hasta hacerla lo más clara posible, es un excelente método para comprenderla mejor”. © Stephen Faust/Wolfram Research.Inc.
Stephen Wolfram: “Explicar una idea y, afinarla hasta hacerla lo más clara posible, es un excelente método para comprenderla mejor”.
© Stephen Faust/Wolfram Research.Inc.
Imágenes coloreadas basadas en la regla 30, sacadas del best seller “A New Kind of Science”, de Stephen Wolfram.

Imágenes coloreadas basadas en la regla 30, sacadas del best seller “A New Kind of Science”, de Stephen Wolfram.

Imágenes coloreadas basadas en la regla 30, sacadas del best seller “A New Kind of Science”, de Stephen Wolfram.

Imágenes coloreadas basadas en la regla 30, sacadas del best seller “A New Kind of Science”, de Stephen Wolfram.
Imágenes coloreadas basadas en la regla 30, sacadas del best seller “A New Kind of Science”, de Stephen Wolfram.

¿El mundo funciona como un programa informático? ¿Las formas y los estados de la naturaleza están generados a partir de una fórmula fundamental? Eso sostiene Stephen Wolfram, que incluso afirma haber descubierto el código de la fuente de la complejidad del Universo.

De día, es jefe de empresa. Con cincuenta años de edad dirige Wolfram Research, sociedad propietaria del célebre programa informático de cálculo “Mathematica” y del nuevo motor de búsqueda “Wolfram Alfa”. Por la noche, es investigador. Un científico brillante, de gran renombre. Es matemático, informático y físico de las partículas, pero lo que prefiere investigar son los autómatas celulares, modelos matemáticos que, según Stephen Wolfram, permiten explicar cómo se construye la complejidad del mundo. En su libro “A new kind of science” publicado en 2001, Wolfram vuelve a cuestionar los fundamentos de la ciencia, en todos los campos. ¿Quién es en realidad, un arrogante megalómano o un genio incomprendido?

El hijo pródigo

Stephen Wolfram nació en Londres en 1959. Muy pronto vieron que tenía una inteligencia prodigiosa. A los trece años de edad consiguió una beca para estudiar en el Eton College, un prestigioso instituto de enseñanza secundaria donde se codeó con la flor y nata de la élite británica. Un año más tarde, Wolfram escribió una obra sobre la física de las partículas. Su primer artículo científico fue publicado en Nuclear Physics en 1975. Por entonces, tenía sólo quince años. “En aquella época, la física era uno de los campos más innovadores de investigación. Se lograron muchos avances, en particular en el área de la física de las partículas, lo que avivó mi interés”, cuenta(1).

El joven genio estudió en la Universidad de Oxford (Reino Unido), trasladándose luego al otro lado del Atlántico para trabajar en el Instituto Tecnológico de California - Caltech (Estados Unidos) donde consiguió su título de doctor en física teórica con veinte años. Allí fue donde empezó a forjarse una reputación. Durante este período, publicó más de 25 artículos científicos. Concibió las variables de Fox- Wolfram y descubrió el límite superior Politzer-Wolfram en la masa de los quarks. En 1981, con veintidós años, se convirtió en el más joven galardonado con el premio MacArthur, el “premio de los genios”, que ofrece cada año una beca a los investigadores con más talento.

Wolfram dejó el instituto Caltech en 1982 para ir al Institute for Advanced Study de Princeton (Estados Unidos), un centro consagrado exclusivamente a la investigación científica. Fue allí donde empezó a interesarse por los autómatas celulares. Su objetivo era comprender la complejidad del mundo, una cuestión que ninguna ecuación matemática, ni ninguna teoría física había resuelto jamás. “El origen de la complejidad del Universo es un tema que me apasionó desde la infancia. Esta cuestión se me planteó no sólo cuando me interesaba por la cosmología, sino también por las neurociencias o la inteligencia artificial. Mientras trabajaba en el desarrollo del que sería años más tarde el programa informático Mathematica y ponía a punto las operaciones primitivas sobre las que se pudiese construir toda una serie de operaciones más complejas, tuve la intuición de que existía un principio general similar en el cual se basaba toda la complejidad de la naturaleza, desde la estructura de las galaxias hasta la de las neuronas. Por ello me propuse probar operaciones muy simples que podrían llevar a la formación de estructuras complejas, lo que hizo que me interesara por los autómatas celulares”.

¿Pero qué es exactamente un autómata celular? Tome una serie de compartimentos blancos y negros. Luego, imagine que se genera una nueva línea según una serie de reglas rudimentarias. Por ejemplo, un compartimento blanco jamás podría encontrarse debajo de otro compartimento blanco excepto si este último formara una diagonal de diez compartimentos blancos. El cuadro resultante de este proceso produce de manera aleatoria estructuras que pueden ser extremadamente complejas.

Hombre de negocios

En los años ochenta, Wolfram descubrió la regla 30, un autómata celular que puede generar formas similares a los motivos de una concha, denominado Conus textile. Se convenció entonces de que había desvelado parte del código universal cuya existencia sospechaba.

Entusiasmado, publicó una serie de artículos sobre la cuestión y dedicó a la misma una nueva disciplina, la ciencia de los sistemas complejos. Fundó el Centro de Investigación sobre los Sistemas Complejos en la Universidad de Illinois (Estados Unidos), apoyó la creación de un grupo de reflexión sobre esta cuestión en el Santa Fe Institute (Estados Unidos) y fundó la revista científica Complex Systems Journal. “Al crear estos diferentes elementos, esperaba que otros investigadores se animasen a seguir esta pista de investigación. Pero la movilización de la comunidad científica fue demasiado lenta para satisfacer mi curiosidad”.

Frustrado, Wolfram abandonó el mundo académico para dedicarse totalmente a la programación informática. “Mi objetivo era sentar las bases de una infraestructura de investigación y una herramienta que me permitiesen seguir mis estudios sobre los sistemas complejos”. En 1987, Wolfram creó la empresa Wolfram Research. Un año más tarde, comercializó Mathematica, un programa informático capaz de ejecutar un amplio abanico de operaciones matemáticas.

La empresa ha tenido un gran éxito. Mathematica cuenta actualmente con más de dos millones de usuarios en 90 países, Wolfram Research genera unos 50 millones de dólares de volumen de negocios al año y emplea a más de 300 personas. Al cambiar su bata de investigador por la chaqueta de empresario, Stephen Wolfram se hizo millonario. Una situación que, al principio, fue bastante mal considerada por el mundo académico. “Hace veinte años, los programas que los laboratorios utilizaban eran gratuitos. Por lo tanto, estaba muy mal visto exigir una retribución financiera por una aplicación utilizada para la I+D puntera, actividad principalmente llevada a cabo en las universidades. Hoy en día la mentalidad ha cambiado radicalmente”.

¿Hacker del código universal?

En los años noventa, el mundo de la investigación se olvidó de Stephen Wolfram. Pero éste no abandonó por ello la investigación. Por la noche, se encerraba en su laboratorio para continuar sus estudios sobre los sistemas complejos. Con el ordenador en ristre, probaba sin cesar diferentes autómatas celulares para averiguar cuáles reproducían mejor las estructuras presentes en la naturaleza. Así descubrió autómatas celulares capaces de generar la estructura del hielo o incluso de algunas hojas. Diez años más tarde publicó “A new kind of science”, una obra donde exponía los resultados de sus investigaciones y luego demostraba, capítulo por capítulo, en qué medida su teoría cuestionaba las bases de diferentes disciplinas científicas.

Escogió deliberadamente no pasar por las vías tradicionales en virtud de las cuales una teoría debe ser publicada en una revista científica. “Quería que mis investigaciones fueran accesibles al mayor número de personas. Este enfoque también me permitió probar mi teoría. Explicar una idea, afinarla hasta hacerla lo más clara posible, es un excelente método para comprenderla mejor”.

Tras haber trabajado en el modelo informático de las matemáticas y del mundo, Wolfram se lanzó al universo del conocimiento. En el 2009 lanzó Wolfram Alpha, un motor de búsqueda capaz de dar toda la información específica de un determinado tema a partir de una consulta formulada en una frase. “Siempre pensé que era importante no ocultar las cuestiones de investigación básica suscitadas en el transcurso del desarrollo de una tecnología, en definitiva, adoptar un enfoque integrado de la ciencia. Wolfram Alpha es un proyecto que me gusta muchísimo precisamente porque refleja esta visión integrada del saber”.

Hombre de negocios e investigador, una doble función tan fascinante como desconcertante para los demás. “En general, la gente que posee recursos financieros apoya la investigación indirectamente, a través de una fundación, por ejemplo. El hecho de financiar investigaciones básicas aportando también una contribución personal a las mismas aún asusta a algunas personas… ¡aunque no sepan bien por qué!”.

Julie Van Rossom

  1. Todas las citas son de Stephen Wolfram

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