NEUROCIENCIAS

Viaje al país del hedonismo

Morten Kringelbach © Isak Hoffmeyer
Morten Kringelbach
© Isak Hoffmeyer
Cuando miramos a los bebés, un área específica de la región media orbitofrontal de nuestro cerebro registra instantáneamente una actividad neuronal, que no se produce ante un adulto (imágenes superiores). El equipo de Morten Kringelbach ve en esta señal una “recompensa” que corresponde a una especie de “instinto parental” inscrito en nuestras neuronas. En una región diferente del cerebro, el área fusiforme facial (imágenes inferiores), se observa otro tipo de reconocimiento, que se manifiesta tanto ante adultos como ante niños. Source: Morten Kringelbach
Cuando miramos a los bebés, un área específica de la región media orbitofrontal de nuestro cerebro registra instantáneamente una actividad neuronal, que no se produce ante un adulto (imágenes superiores). El equipo de Morten Kringelbach ve en esta señal una “recompensa” que corresponde a una especie de “instinto parental” inscrito en nuestras neuronas. En una región diferente del cerebro, el área fusiforme facial (imágenes inferiores), se observa otro tipo de reconocimiento, que se manifiesta tanto ante adultos como ante niños.
Source: Morten Kringelbach

Comprender la naturaleza del placer para poder ayudar a quienes no lo experimentan: eso es precisamente lo que busca Morten Kringelbach con sus colegas del TrygFonden Research Group. “La falta de placer es un problema muy frecuente en las enfermedades mentales como la depresión. Creemos que conociendo mejor los circuitos cerebrales de los que depende el placer, podremos restablecer el equilibrio de estas redes cerebrales fundamentales a corto y largo plazo”, destaca este investigador en neurociencias de la Universidad de Oxford (Reino Unido) y de la Universidad de Aarhus (Dinamarca). Veamos cómo transcurre esta aventura en busca del país del hedonismo.

Alimento, sexo y relaciones sociales

“Nuestros placeres básicos están provocados por sensaciones íntimamente relacionadas con la comida, el sexo y las interacciones sociales. A nivel cerebral, estas sensaciones son detectadas primero por receptores sensoriales situados por todo nuestro cuerpo y luego son descodificadas en las regiones sensoriales de nuestro cerebro”, explica el psiquiatra Morten Kringelbach(1). Pero, contrariamente a lo que se podría pensar, el placer no se limita a la simple excitación de estos receptores, es el resultado de interacciones entre la anticipación, la evaluación y el recuerdo de las sensaciones. Por lo tanto, el placer sería una suave mezcla de deseo, sensaciones agradables y aprendizaje.

“Varias investigaciones realizadas con seres humanos y con animales han permitido identificar las zonas cerebrales indispensables para que se produzca esta mezcla. Algunas están situadas en la parte más profunda de nuestro cerebro, como el núcleo accumbens o el hipotálamo, mientras que otras se sitúan en la corteza cerebral”. Precisamente los investigadores del TrygFonden Research Group se han centrado en esta región del cerebro. Dicho grupo de investigación, multidisciplinario e internacional, está compuesto por diez científicos que pertenecen a la Universidad de Oxford y a la Universidad de Aarhus. Investigadores en neurociencias, médicos, psicólogos, ingenieros e informáticos de Escocia, Irlanda, Dinamarca, Bangladesh, Francia, Inglaterra, Alemania y Sudáfrica colaboran para comprender mejor el placer, nuestro placer.

“Nuestros trabajos se centran en el estudio y la comprensión de la anatomía funcional del cerebro humano. Para llevarlos a cabo, recurrimos a las últimas técnicas de generación de imágenes neurológicas como la magnetoencefalografía (MEG). Con estas técnicas, los investigadores esperan averiguar el papel que desempeña la corteza orbitofrontal, situada justo detrás de los ojos. ¿Por qué precisamente esta zona? Porque es mucho mayor en los hombres que en los demás primates. Pero, en concreto, ¿qué se puede aprender de esta zona y en qué puede ser útil desde un punto de vista médico?

Caras de niños

De todos es sabido que el rostro de un bebé llama más la atención que el rostro de un adulto. ¡La mayoría de nosotros se extasiará más mirando al retoño de un pariente que mirando a su nueva pareja! Según el equipo de Morten Kringelbach, si se llegase a comprender este fenómeno se podría ayudar a las mujeres que sufren una depresión postparto. Con la ayuda de su homólogo Alan Stein y sus colegas, Morten Kringelbach y su equipo observaron la actividad cerebral de hombres y de mujeres a los que se les mostraban caras de niños y de adultos. Los investigadores detectaron actividad en la corteza orbitofrontal media cerca de un séptimo de segundo después de que se les presentara una cara de niño. En cambio, no vieron nada parecido cuando observaron caras de adultos.

“Es evidente que la corteza orbitofrontal media es la encargada de dar una recompensa y es posible que las caras de bebés y los placeres sociales en general sean buenos para nuestro bienestar”. Pero las mujeres que sufren una depresión postparto no reaccionan como los demás ante las caras de los bebés, incluso cuando se trata del suyo. “Puede ser que la actividad de esta zona cerebral cambie durante la depresión postparto, lo que podría servir de señal de alarma para identificar y ayudar a las mujeres susceptibles de padecer este tipo de depresión. Además, ayudar a las madres y a los padres que padecen esta depresión reduciría el riesgo de que sus propios hijos acabaran sufriendo una depresión”.

Los placeres del paladar

Kringelbach y sus colegas también se han interesado por el papel vital desempeñado por los alimentos en nuestra supervivencia y nuestro placer. En el marco de estas investigaciones, identificaron una red de regiones cerebrales entre las que estaba una vez más la corteza orbitofrontal, la que nos incitaría a buscar el placer de los alimentos. “Todo apunta a que cuando se da algún desequilibrio en esta red puede haber trastornos alimenticios”, precisa el investigador, que también intentó comprender por qué siempre nos queda sitio en el estómago para el postre al final de la comida, incluso cuando ya estamos saciados. “Pudimos comprobar que la corteza orbitofrontal es la principal responsable y que su actividad está relacionada con la atracción subjetiva de los alimentos”. Asimismo, los investigadores demostraron que dicha zona estaba implicada en el disfrute subjetivo de todos los placeres, incluidos aquellos proporcionados por los medicamentos, la música y los orgasmos. “Esta constatación nos hace pensar que la corteza orbitofrontal podrá ayudarnos a tratar los trastornos alimenticios y otros comportamientos adictivos”.

Estimulación cerebral profunda

“La estimulación de determinadas regiones del cerebro de los animales o de los humanos puede inducir cambios inmediatos en la sensación de placer y de deseo”. Tipu Aziz, un neurocirujano de la Universidad de Oxford, demostró que la estimulación cerebral profunda en la materia gris permitió reducir sensiblemente el dolor en un paciente que sufría dolores crónicos. No obstante, para que tal descubrimiento pudiera ser útil a largo plazo, quedaba por conocerse el efecto de esta estimulación sobre el cerebro. El equipo de Morten Kringelbach observó directamente la acción de la estimulación cerebral profunda con la ayuda de la magnetoencefalografía, comprobando cómo se activaba especialmente la red cerebral implicada en las emociones. Allí también estaba implicada la corteza orbitofrontal.

“Lo especialmente interesante en este proyecto, es que se han obtenido los mismos resultados en personas que padecen depresión”. Además, se puede utilizar la estimulación cerebral profunda en numerosas patologías como la distonía, la enfermedad de Parkinson, los trastornos obsesivos compulsivos, los problemas de temblores, etc. “Para que esta técnica sea eficaz, es fundamental que conozcamos el papel de cada zona del cerebro y saber qué zona se debe estimular para atenuar los síntomas de una determinada enfermedad”.

Élise Dubuisson

  1. Todas las citas son de Morten Kringelbach.

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Para saber más

Del placer a la empatía…

Si Morten Kringelback se interesa por las personas que tienen dificultades en experimentar el placer, Tania Singer y sus colegas de la Universidad de Zurich se centran en el sentimiento de empatía, la capacidad de comprender y compartir los sentimientos de otras personas. Estos investigadores piensan que, en una sociedad en la que están aumentando la criminalidad y las violaciones de los derechos humanos, poder influir sobre las capacidades de empatía sería algo muy positivo.

El proyecto, llamado EMPATHICBRAIN, estudia si se puede reforzar nuestra capacidad de comprender nuestros propios sentimientos y los de los demás. Es el interrogante al que Tania Singer pretende dar respuesta a través de un enfoque multidisciplinario innovador. EMPATHICBRAIN mezcla las neurociencias, la economía, la psicología y la psicobiología (ciencia de las relaciones entre el psiquismo y las funciones biológicas).

La primera etapa de este viaje al centro del cerebro consiste en detectar las diferencias funcionales y estructurales de los cerebros de personas con distintas capacidades de empatía. No obstante, los investigadores no se limitan a las observaciones. También están elaborando un programa de aprendizaje de la empatía, que consistiría en aprender a cultivar la impasibilidad, la alegría empática, la compasión y la amabilidad afectuosa. Nada más y nada menos…

www.forschungsportal.uzh.ch/unizh/p11582.htm


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