ENTREVISTA

Un “investigador de fondo”

Harald zur Hausen – “Como ya teníamos la clave genómica del origen de los VPH, queríamos desarrollar vacunas”.
Harald zur Hausen – “Como ya teníamos la clave genómica del origen de los VPH, queríamos desarrollar vacunas”.

El premio Nobel de medicina de 2008 ha destacado la importancia de tres científicos pioneros europeos que contribuyeron, de forma decisiva, a la lucha contra dos grandes plagas infecciosas: el virus VIH del SIDA, descubierto por los franceses Luc Montagnier y Françoise Barré-Sinoussi, y los virus del papiloma humano, identificados como causantes del cáncer de cuello uterino por el virólogo alemán Harald zur Hausen. Entrevista a quien ha hecho posible la creación de las primeras vacunas preventivas para este cáncer.

Su premio Nobel corona toda una vida de “investigador de fondo”, dedicada por completo al cáncer y, en particular, a los virus infecciosos que lo provocan. ¿Qué le hizo dedicarse a ello?

Desde mi doctorado en medicina, en los años sesenta, me interesé por las investigaciones (por entonces incipientes) sobre el papel de los virus en la aparición del cáncer. En aquella época, aunque ya se había comprobado el origen infeccioso de algunos tumores cancerosos de animales a principios de siglo, aún avanzábamos a tientas entre algunas pistas hipotéticas en lo referente a los procesos virales que podían darse en los seres humanos. En Estados Unidos, empecé trabajando con Gertrude y Werner Henle en el estudio de los linfomas de Burkitt(1) que, en 1964, los biólogos ingleses Michael Epstein y Yvonne Barr habían asociado con el herpesvirus EBV (Epstein-Barr Virus), que lleva su nombre. Para mí, el elemento clave era conocer el papel que desempeñaba este virus en el genoma de las células epiteliales. Al regresar a Alemania, pude constituir un grupo de investigación en el Instituto de Virología de Würzburg. Descubrimos que, cuando se efectuaba el contagio, el ADN del virus EBV se podía observar en células del linfoma de Burkitt que aún no producían virus. Fue un resultado importante, puesto que demostraba que el crecimiento posterior de los tumores tenía una causa genómica.

¿A partir de entonces usted se centró en el estudio del cáncer de cuello uterino?

En efecto, este bagaje me sirvió para estudiar esta enfermedad (la segunda causa de cáncer en las mujeres), cuyo posible origen infeccioso se solía atribuir por entonces al herpesvirus de la variedad simplex, propagado por vía sexual. Pero las técnicas de identificación de ADN que habíamos conseguido dominar no confirmaban ningún resultado en ese sentido. Frente a estos fracasos, sentí curiosidad por los informes de “pequeñas cirugías” (algunos databan incluso del siglo XIX) relativos a las lesiones provocadas por verrugas genitales, que hasta entonces se asociaban con otro agente infeccioso poco conocido, el virus del papiloma humano, o VPH(2). Muy pocos investigadores explorábamos esta pista. En el año 1974, durante una conferencia de virología que se celebraba en Florida, mi ponencia sobre estas verrugas genitales, en la que descartaba la pista del herpes simplex, suscitó una gran perplejidad.

Nuestro grupo (por entonces yo dirigía el Instituto de Virología de la Universidad de Friburgo) estableció una estrecha colaboración con el equipo del francés Gérard Orth. Ellos tenían la misma intuición y estudiaban el aspecto hereditario del VPH. Nos reunimos varias veces para intercambiar resultados y debatirlos. Supuso una experiencia fructífera de competición cooperativa.

La investigación fue larga. Primero conseguimos extraer ADN de VPH a partir de verrugas plantares. Pero, a nuestro gran pesar, no encontramos ningún rastro similar en las biopsias de verrugas genitales. No obstante, esta constatación nos hizo comprender que el virus VPH tenía múltiples formas diferentes. En 1983, un estudiante de nuestro instituto, Mathias Dürst, fue el primero en conseguir clonar un nuevo tipo específico, el VPH-16, que resultó ser el foco infeccioso directo de aproximadamente la mitad de los cánceres de cuello uterino. Dos años después, aislamos el VPH-18. Hoy en día, se han logrado identificar 115 virus de papiloma humano diferentes, pero ya por entonces habíamos identificado los dos tipos de VPH responsables de siete de cada diez cánceres cervicales(3).

Desde hace algunos años, la vacunación preventiva contra estos cánceres, única en su género, se ha ido generalizando. ¿Usted ha participado en el largo camino hacia este avance médico?

Como ya teníamos la clave genómica del origen de los VPH, queríamos desarrollar vacunas. En los años ochenta contacté con una empresa farmacéutica alemana, pero tras algunas negociaciones, sus responsables concluyeron que no habría mercado para este producto. Fue un período un poco frustrante. Habíamos difundido ampliamente los conocimientos adquiridos, incluyendo las muestras y los protocolos de laboratorio. Era un poco ingenuo en aquella época y no pensaba en términos de explotación industrial y de transferencia de tecnología. Nuestros resultados y nuestros métodos fueron retomados y patentados por otros. A partir de 1983, fundé el Centro alemán de investigación sobre el cáncer, con sede en Heidelberg, que dirigí durante veinte años, ampliándose mi horizonte de investigación en cancerología.

Algunos medios de comunicación europeos han dudado de la pertinencia y la eficacia de ambas vacunas preventivas que se administran desde hace poco tiempo. ¿Qué opina de este recelo?

Estas vacunas representan una innovación muy importante. Por primera vez, se trata de prevenir alteraciones genéticas relacionadas con los cánceres por vía infecciosa, que representan por lo menos un cáncer de cada cinco. Es un área de investigación extremadamente compleja, puesto que existen diferentes posibilidades de infecciones primarias y el desencadenamiento del fenómeno canceroso puede presentarse mucho después.

Pero tales vacunas son tan seguras como las demás vacunas administradas a los niños o a los adolescentes. Un estudio australiano sobre el seguimiento de más de 200.000 chicas comprobó que dichas vacunas tenían complicaciones ínfimas. En cuanto a su eficacia, probada en laboratorio, evidentemente es demasiado pronto para confirmarla en términos de resultados. Al ser preventivas y no terapéuticas, estas vacunas deben ser administradas antes de la posibilidad de un contagio, es decir, antes de las primeras relaciones sexuales. Luego, el tiempo de latencia es muy largo. La acción cancerígena del VPH puede darse más de dos décadas después del contagio. No se podrá saber si se han reducido los cánceres cervicales hasta que pase ese plazo.

El rechazo a estas vacunas de una parte de la opinión pública es irracional. En el caso del VPH, relacionado con la transmisión sexual en la nubilidad, este rechazo se debe a los tabúes culturales, sociales o religiosos. Sin embargo, la ventaja inmediata de la vacuna contra el VPH es que al impedir el contagio y la aparición de lesiones disminuye las ablaciones quirúrgicas, a menudo ineficaces (el 20 % de las lesiones pasan inadvertidas) y que a veces reducen drásticamente la fertilidad femenina.

En cambio, lo que sigue siendo preocupante, es el elevado coste de esta vacuna, lo que impide realizar la prevención en las mujeres de los países en desarrollo, donde se registran más del 80 % de los cánceres cervicales y se estima que causan 250.000 defunciones cada año. Es un reto para la dimensión económica de la política de sanidad. Los países emergentes, como China o la India, posiblemente podrán conseguir este reto.

Usted ha desarrollado casi toda su carrera de investigador sin abandonar el sistema universitario alemán. ¿Qué piensa del concepto del Espacio Europeo de la Investigación?

Cuando regresé de Estados Unidos, el sistema de las fundaciones alemanas me dio una gran libertad de medios para financiar investigaciones cuyos objetivos no eran obvios en términos de resultados. En Estados Unidos, la investigación es muy eficaz, pero está más orientada hacia los campos “con futuro”. Yo diría que, hasta hace poco, Europa a menudo ha sido capaz de dejar un lugar más amplio a las ideas originales de la investigación fundamental. Sin embargo, me temo que se está dejando llevar por un enfoque similar al de Estados Unidos.

¿Qué papel cree que tienen los programas de investigación europeos?

El Centro alemán de investigación sobre el cáncer participa activamente en los proyectos europeos. Yo mismo he estado implicado más o menos activamente en numerosos proyectos de virología, de genómica y de biología molecular. No obstante, creo que hay que evitar caer en una trampa, la de querer interconectar a todo el mundo, cueste lo que cueste, multiplicando las redes. Lo indispensable para los científicos es poder elegir. Saben donde están sus competidores y donde están sus aliados, y deben poder decidir cómo extender el campo de sus iniciativas. Por ejemplo, aquí, en Heidelberg, hemos acogido por primera vez a un equipo completo de investigadores procedentes del INSERM (Francia), para realizar trabajos en común. A pesar de los posibles problemas de adaptación cultural y material, este tipo de sólida colaboración entre equipos que abogan por la excelencia me parece muy beneficioso.

Entrevista de Didier Buysse.

  1. Una forma de tumor canceroso endémico en niños africanos.
  2. De Human Papillomavirus.
  3. En medicina, el término “cáncer cervical” se aplica al cáncer de cuello uterino.

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Más información

  • DKFZ – Centro alemán de investigación sobre el cáncer
    www.dkfz.de