Sobre el Clima

¿El recurso a la geoingeniería?

Según Paul Crutzen, especialista de renombre en química atmosférica del Max Planck Institute alemán, galardonado con el premio Nobel (1995), el informe de 2007 del IPCC “podría estar por debajo de la realidad”. El año pasado, este neerlandés rompió un tabú al afirmar que tenían que estudiarse las posibilidades de una intervención humana directa en la atmósfera terrestre. Por lo menos si la máquina climática se acelerase.

Paul Crutzen Paul Crutzen – “El único reproche que se podría hacer al informe del IPCC es que es demasiado prudente”.
La gigantesca erupción del volcán filipino Pinatubo, en junio de 1991, constituyó, en tamaño real, un inmenso laboratorio natural de observación climatológica sobre el impacto de emisiones  masivas de gases a la atmósfera. Se estudió,  en particular, el papel del azufre como “moderador” del efecto invernadero. La gigantesca erupción del volcán filipino Pinatubo, en junio de 1991, constituyó, en tamaño real, un inmenso laboratorio natural de observación climatológica sobre el impacto de emisiones masivas de gases a la atmósfera. Se estudió, en particular, el papel del azufre como “moderador” del efecto invernadero.
© U.S. Geological Survey

¿Cuál es su reacción ante las conclusiones del último informe del IPCC?

No contienen ninguna sorpresa significativa para quienes siguen de cerca estas cuestiones. En el fondo, las cifras no son muy diferentes a las publicadas en 2001, en el informe anterior. Esto no quiere decir que la climatología no haya avanzado desde entonces... Las probabilidades de las evoluciones son más precisas y están mejor argumentadas.

Por ejemplo, la contradicción entre los registros de temperatura en la atmósfera y los datos de los satélites era un problema preocupante, que ha sido resuelto con el descubrimiento de errores de interpretación en las mediciones de los satélites. Además (y lo que es muy importante) se ha precisado actualmente que el aumento de las temperaturas va a reducir los pozos de carbono oceánicos y terrestres, hasta el punto en el que estos últimos podrían liberar lo que han almacenado y convertirse en una fuente de CO2. Esta cuestión había quedado sin respuesta en 2001.

El único reproche que se podría hacer al informe del IPCC es que es demasiado prudente y me temo que está un poco por debajo de la realidad. Quizás la situación sea más crítica de lo que da a entender, por ejemplo, en lo que concierne a la subida del nivel de los mares, sin duda infravalorada, como lo han destacado varios científicos.

Quizás el clima sea menos estable de lo que pensamos y las temperaturas puedan elevarse más rápidamente de lo que estaba previsto. A modo de comparación, empecé como especialista en la capa de ozono. Nuestras primeras evaluaciones, en el asunto del “agujero”, resultaron estar muy por debajo de la realidad, ya que no habíamos tomado en cuenta lo que ocurría por encima del Antártico. No habíamos imaginado que los CFC arrojados en las medias y altas latitudes del hemisferio norte tenían como efecto principal (y desastroso) la modificación del ozono en el polo opuesto del planeta. ¿No podríamos llevarnos alguna “sorpresa” similar con el calentamiento? Por ello tenemos que disponer de una estrategia que nos permita reaccionar. Podemos pensar que una emisión controlada de aerosoles azufrados, a razón de alrededor de un millón de toneladas al año, frenaría significativamente el proceso.

Usted ha abierto un debate controvertido defendiendo que hay que estudiar las posibilidades de “refrescar el clima” liberando azufre en la atmósfera terrestre. Esta sugerencia dista mucho de ser unánime...

Si el clima se calienta demasiado y muy rápidamente, con consecuencias cada vez más insoportables para una gran parte de la humanidad, podríamos vernos en la obligación de recurrir a soluciones urgentes. Ahora bien, se sabe que el envío a la atmósfera de grandes cantidades de aerosoles azufrados se produce, naturalmente, cada vez que se produce una gran erupción volcánica. Este fenómeno tiene un efecto de enfriamiento sensible de la atmósfera, que ha sido muy bien observado. Es la consecuencia de un mecanismo simple: las partículas de azufre reflejan la radiación solar incidente, aumentando lo que se denomina el albedo(1) de la atmósfera.

¿Tiene usted una idea del coste de esta estrategia, y de la técnica que podría ser empleada?

En lo que respecta a la técnica, me expreso con prudencia, ya que no soy un especialista de las cuestiones espaciales. La Academia de las Ciencias de los Estados Unidos (NAS, por sus siglas en inglés) ya ha estudiado este aspecto. La operación que podríamos contemplar consistiría en emplear cohetes que quemarían hidrocarburos mientras estén en la troposfera, y que después pasarían a ácido sulfúrico al llegar a la estratosfera. En ella tendrían que estar presentes los aerosoles para que no fueran arrastrados por las lluvias.

¿Cuáles serían los efectos secundarios de tales emisiones “provocadas”?

Una parte de estos aerosoles bajaría a la Tierra en forma de ácido sulfúrico, lo que produciría lluvias ácidas. No obstante, la acidificación no tendría por qué superar algunos puntos de porcentaje y es probable que los ecosistemas puedan soportarlo. Las emisiones de azufre de origen humano eran mucho mayores hace veinte años y este tipo de emisiones no tiene en absoluto un impacto catastrófico comparable al de los gases de efecto invernadero. Pero por supuesto es preciso vigilar el aumento de las emisiones azufradas de los países en plena industrialización, como China y la India, que habrá que tomar en cuenta.

Entre los efectos secundarios negativos posibles, se puede temer también una agravación de la destrucción del ozono estratosférico. Esto tiene que comprobarse. Y para terminar, existe otra consecuencia posible, e indeseable sobre la que tenemos que obtener más certezas: estos aerosoles podrían favorecer la formación de cirros, o sea nubes de gran altitud que reforzarían entonces el efecto invernadero. De ahí que se tenga que investigar.

Los ecologistas reaccionan a sus palabras denunciando una ciencia perpetuamente de “aprendiz de brujo”. Pero ¿cómo acoge la comunidad científica su propuesta?

Algunos están a favor y otros en contra. Por supuesto, algunas personas me han atacado duramente, pero en el fondo... menos de lo que yo me esperaba. Y finalmente, este debate ha tomado un carácter muy sobrio y creo que vamos a llegar al consenso para financiar la adquisición de los conocimientos. Ya se han elaborado algunos trabajos de modelización. Han sido calibrados con la importante recopilación de datos recientes en las campañas de mediciones llevadas a cabo tras las erupciones del Pinatubo (Filipinas) en 1991 y del Chichón (Méjico) en 1982. En el momento en el que se produzcan nuevas erupciones importantes en el futuro, tendríamos que estar preparados para llevar a cabo observaciones detalladas.

¿Existen otras soluciones denominadas de “geoingeniería” que, según usted, merecen ser examinadas?

Por supuesto, está el secuestro geológico del CO2, que también entra en la geoingeniería, ya muy estudiado. También se podría pensar en diseminar hierro en los océanos para estimular la fotosíntesis oceánica, que almacena mucho carbono. Se ha propuesto igualmente instalar bombas en los océanos para liberar partículas de sal disuelta, lo que aumentaría el albedo. Y por último, se ha contemplado la posibilidad de colocar “espejos” en el espacio para desviar la radiación solar.

Todas estas posibilidades tienen que explorarse científicamente. Por lo menos, me alegra haber contribuido a abrir este debate sobre la “geoingeniería” cuando publiqué ese artículo en 2005...

¿No sería “simplemente” preferible reducir nuestras emisiones?

¡Por supuesto! Yo no digo que haya que hacer todo eso, pero hay que investigar para ver si es posible hacerlo. No obstante, en ningún caso la existencia de tales trabajos de investigación debe suponer un pretexto para seguir contaminando. Espero que la geoingeniería no tenga que aplicarse nunca.

Simplemente, el pasado me ha hecho pesimista. El último informe del IPCC parece que ha conseguido concienciar más allá de los científicos, al públicoyala industria. Pero hay que ver si va a durar. Ya hubo otros momentos de gran entusiasmo, como tras la cumbre de Río, tras los acuerdos de Kioto e incluso antes, en los años setenta... a fin de cuentas, nunca salió de ello gran cosa. Por lo tanto espero que ahora veamos medidas de verdad, de suficiente envergadura para cambiar profundamente el curso de las cosas.

  1. El albedo es la relación entre la energía solar reflejada por una superficie y la energía solar incidente. Se utiliza una escala de 0 (que representa una superficie negra sin ninguna propiedad reflexiva) a 1 (correspondiente al espejo perfecto, que difunde en todas las direcciones y sin absorción toda la radiación electromagnética visible que recibe).
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