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Cultura y Desarrollo Rural

| Sumario |

 

La Cultura,
un incentivo para el desarrollo local

por Bernard Kayser

Las diferencias existentes entre regiones, localidades,
pueblos, entre generaciones y grupos sociales, son sobre
todo diferencias culturales. ¿No sería más conveniente
intentar consolidar y promover dichas diferencias,
en vez de esforzarse por hacerlas desaparecer, o en dejarlas
que desaparezcan? El desarrollo cultural debe ser considerado
como un verdadero motor del desarrollo económico y social,
y no como un lujo del que se puede prescindir.

 

El tema de la cultura y el desarrollo local es un tema banal que, sin embargo, si se le examina atentamente en todas sus dimensiones, puede ser rico y productivo. Y sobre todo, si en nuestra reflexión para la acción, no consideramos por separado, la cultura de la gente de las localidades y la cultura para la gente de dichas localidades, para los habitantes del medio rural.

Cultura de la gente, cultura para la gente. Hay que situar el problema de la cultura de la gente, de la cultura local y más específicamente de la cultura rural, en el contexto de la mundialización: hoy en día, por muy original que sea una cultura, ésta estará sometida a los mensajes de una información tanto inmediata como mediatizada e impregnada de lo que se denomina la cultura de masa. No es difícil comprender el fenómeno si no perdemos de vista que la cultura no comprende sólo las artes y las letras, sino que también los modos de vida, los valores - en resumen: la civilización.
El concepto de cultura para la gente recurre a otras nociones. Se trata de la cultura propuesta como un conjunto de servicios puestos a la disposición de la población: cines, museos, teatros, etc. La organización de estos servicios, que depende muy a menudo de los poderes públicos, es el resultado de una política cultural y, como tal, depende de principios que están en permanente discusión. ¿Es necesario acercar lo más posible los servicios culturales a sus usuarios, corriendo el riesgo de disminuir su calidad, o hay que buscar la satisfacción en ese ámbito favoreciendo la movilidad? Esta interrogante se encuentra profundamente vinculada a la de la apropiación de los productos culturales: sin la iniciativa y la participación de los agentes locales, la llegada imprevista de estos productos (un espectáculo, una exposición) se corre el riesgo de no dejar huellas en la práctica.
En la reflexión sobre el desarrollo local no se pueden separar ambos conceptos, cultura de la gente y cultura para la gente. Tampoco puede estar ausente la dimensión cultural en los proyectos de desarrollo, ya que de lo contrario, estos serían incompletos ya que se les habría privado de una parte de su eficacia.
Al explorar estas pistas nos encontraremos sucesivamente con la reivindicación campesina, con el fantasma de la cultura campesina, con la aspiración de los habitantes del medio rural a la paridad cultural y con los imperativos de la acción cultural local.

 

La reivindicación de la identidad. A pesar de la globalización universal de la comunicación y de los intercambios, el recogimiento hacia culturas específicas es hoy, a menudo, el origen o el pretexto de separatismos o irredentismos, y por la misma razón de conflictos territoriales. Esto constituye una muestra de la importancia de la cultura a nivel de los grupos étnicos o regionales. Pero la reivindicación cultural crece también a escala local. Por cierto, ésta puede engendrar conflictos que paralicen los esfuerzos del desarrollo, pero hay que reconocer que generalmente intensifica su acción y es favorable a los mismos.
Sin duda, las diferenciaciones culturales localizadas preparan a veces competiciones y competencias que justifican las fugaces rivalidades entre pueblos, aldeas y barrios: éstas pueden servir para encauzar las pasiones individuales y colectivas que no encuentran aplicación. Pero, al contrario, la búsqueda o la reconstrucción de una identidad territorial constituye la razón evidente de individuos, de grupos, de localidades y de espacios motivados por un deseo de situarse, de enraizarse en una sociedad sin rumbo o que se percibe como tal. De esta manera en particular, la connotación cultural regional es reconocida por todos, a través de las especificidades legadas por el pasado, y que se encuentran aún vivas: el acento, la lengua o el habla regional, los gustos, los comportamientos colectivos e individuales, etc.
Hoy en día, la era de la uniformización, impuesta en nombre de la igualdad y que produjo sus frutos ya se ha terminado. Ahora hay que mantener o volver a encontrar la diversidad que es toda una riqueza. ¿No es acaso esta diversidad la ventaja principal de la oferta cultural local?
El campo constituye, especialmente, una mina de culturas latentes o patentes, originales en todo caso. Las diferencias existentes entre regiones, localidades y pueblos, entre generaciones y grupos sociales, son diferencias culturales. En vez de hacer desaparecer o de permitir que desaparezcan estas diferencias, ¿no sería más conveniente intentar consolidarlas, promoverlas, en una palabra cultivar la diferencia? Por esta razón, una política cultural para el desarrollo debe ser una política adaptada, selectiva, decidida lo más cerca del "terreno". Con la preocupación constante de que el objetivo de las repercusiones económicas no oculte el del estímulo de las comunidades, de la gente, de los individuos en si mismos, el deseo de cultura.

 

¿Se puede hablar aún de una cultura campesina? Existen diferentes culturas locales. Pero ¿acaso no existe una cultura diferente, más general, la de los campesinos? Todos reconocen que, si bien es cierto, hace cincuenta años la cultura campesina aunque decadente, se impuso en todos los países de Europa occidental, hoy en día sólo la presencia de algunos folkloristas rezagados atestiguan su existencia. Sin embargo, sería necesario preguntarse si el mundo rural no está aún impregnado de esta cultura tan especial, que es incapaz de afirmarse por si misma.
Un hecho es claro: en el lapso de algunos decenios la cantidad de agricultores ha descendido bruscamente, éstos constituyen una minoría en el seno de las sociedades lugareñas. Por ejemplo, en Francia, la población agrícola ha disminuido sus efectivos de dos tercios sus efectivos en 35 años. No obstante, la población total del campo, después de haber sufrido un declive durante más de un siglo, tiende desde hace algunos años a estabilizarse e incluso a volver a aumentar un poco. Esto se explica porque otros grupos sociales han reemplazado a los agricultores. Son muchos los pueblos situados en las cercanías de las ciudades, que albergan a una mayoría de trabajadores activos que trabajan fuera de su lugar de residencia. También son numerosos los pueblos situados fuera de los circuitos urbanos y en zonas desfavorecidas, que parecen destinados a una muerte eminente, como los pueblos abandonados de Aragón. Pero, las estadísticas muestran que incluso las "zonas rurales remotas" no se encuentran globalmente en una situación desesperada. El censo de 1991 en el Reino Unido demostró que la población de las regiones rurales más alejadas (remoter mainly rural districts) ha crecido en más de 10% en 10 años. En Italia, la población de los municipios situados en la montaña aumentó de un 3%, con lo que recuperó las pérdidas sufridas en el decenio anterior. Casi en todas partes, la recomposición social de los pueblos se encuentra en una rápida progresión. La evolución más característica, es la que conduce a los representantes de las clases medias, como los ejecutivos y los empleados de alto nivel a ocupar puestos cada vez más importantes. Se considera que este fenómeno no deja de tener repercusiones a nivel cultural. Por otro lado, los jubilados tienden a constituir el grupo social mayoritario y el más acomodado financieramente: algunos son originarios de sus propios pueblos, pero la mayoría viene de la ciudad. Esto también ejerce una influencia considerable en el sentido de una banalización de la cultura colectiva.
Sin embargo, la cultura campesina no ha desaparecido del todo. Por un lado, aunque minoritarios, los agricultores controlan aún la gestión de la mayor parte del espacio y en esa medida, desempeñan un papel que no tiene relación con su número en las decisiones de la comunidad. Por otro lado, el patrimonio arquitectural - viviendas y monumentos, pero también plazas, calles, caminos - y el paisaje del entorno siguen siendo durante mucho tiempo profundamente campesinos.
En su libro consagrado a un pueblo de East Anglia, Ronald Blythe escribe que, "el habitante urbano envidia la seguridad del lugareño y en Gran Bretaña, éste siempre ha considerado la vida urbana como una necesidad temporal. Un día u otro, encontrará una vivienda campestre y los verdaderos valores... Akenfield es realmente el tipo de pueblo en el que un inglés siempre ha sentido que tendrá el derecho y el deber al mismo tiempo, de vivir algún día... Y la primera necesidad del recién llegado al pueblo es la de buscar y sentir su pulsación, identificarla como tal y vaciarse en su molde".
Aún cuando se exagera, se idealiza en cierto sentido, ¿no es sorprendente que autores alemanes encuentren un eco en este autor inglés? Beate Brüggeman y Rainer Riehle, al describir Walddorf, pueblo de la Selva Negra, escriben en efecto que "las modas de pensamiento, de comportamiento y de referencia de los campesinos se reflejan en la 'naturaleza campesina' del pueblo, aún cuando estos se hayan vuelto un grupo marginal..." y que "esto revela la existencia de una estructura de integración que junto con acoger al recién llegado, evita los conflictos".
De forma más lírica, y con lucidez, el escrito español Avelino Hernández, estima que "cuando el viento de la historia es favorable, los elementos vivos de las culturas que se han perdido, recuperan toda su fuerza... La cultura rural no está muerta, sino que ha sido vencida. Por esta razón, permanecerá viva como las brasas bajo las cenizas del paso del tiempo. Y su persistencia continuará avivando los presentimientos, nombres, espacios, ritos, tradiciones, costumbres, fiestas, que se aferran como líquenes a las viejas ramas de la cultura vigente".

 

La aspiración a la paridad cultural. Por lo tanto, la cultura o la "subcultura" campesina (como dicen los letrados), posee rasgos distintivos que la han caracterizado y que aún la caracterizan: es ésta la que da siempre un sentido a la noción de campesino. Sus rasgos distintivos se encuentran vinculados a su origen doble. Por un lado, un origen endógeno: que corresponde al contacto permanente que tienen los campesinos con la Naturaleza, con la actividad manual, al carácter artesanal y multidimensional de la actividad profesional, recurriendo a la biología, a la química, a la mecánica, a la economía, etc. Por otro lado, un origen exógeno: que corresponde a las secuelas del desprecio, a la alienación, e incluso a la opresión que han sufrido durante siglos.
Esta cultura posee de manera muy marcada, la especificidad de una identificación local y regional. Aún cuando todas las subculturas están siempre impregnadas por la historia y las tradiciones de los territorios en los que se sitúan, la cultura denominada campesina no se encuentra aislada ni es independiente. Esta se encuentra profundamente penetrada por la cultura dominante, a la que acepta tal cual, la incorpora o más raramente interpreta para asimilarla.
Dicho sea de paso, se sabe que hoy en día, la escolarización del habitante rural tiende a acercarse o incluso a superar el nivel promedio nacional. Por ello, un número cada vez mayor de habitantes rurales adultos se encuentra en igualdad de nivel escolar con los demás grupos sociales. Además, la multiplicación de contactos interpersonales al exterior del mundo rural y el acceso directo a la información difundida por los grandes medios de comunicación, ponen al campesino en la situación de verse confrontado, "como todo el mundo a los modelos propuestos por la cultura de masa". Y aunque este campesino tenga una percepción eventualmente específica de estos modelos, no es menos cierto que su cultura distintiva se ve profundamente alterada.
En estas condiciones, la aspiración a la paridad, que es una especie de constante en la mentalidad campesina, se ve consolidada desde todo punto de vista. Se aspira a una paridad en los ingresos del trabajo, pero también a nivel de la consideración, de la dignidad. Sólo cuando haya conquistado esta paridad el campesino podrá desear una identificación, una especificidad que aparecerá entonces como un complemento. Por lo tanto, ¿el derecho fundamental que hay que reconocer a nivel cultural no es acaso el derecho al conformismo?

 

Acción cultural y desarrollo Comienza a admitirse que el desarrollo local proviene de la sinergia de las fuerzas y las capacidades locales con los medios exógenos, inversiones privadas o créditos públicos. Esto es válido para todos los sectores. Y por supuesto, también es válido para el sector de la cultura: en la dinámica del sistema Desarrollo, el sector cultural se encuentra estrechamente vinculado a los demás, a la iniciativa local, al potencial humano, a la política, etc. A este nivel, la cultura, para decir las cosas simplemente, comprende el patrimonio, la naturaleza, la creación.
El patrimonio es tanto material como inmaterial. Material: pensamos inmediatamente en el patrimonio arquitectural. Inmaterial, se piensa en las tradiciones orales, en los conocimientos especializados, en los idiomas, en el habla regional y las expresiones locales. Todos están de acuerdo en considerar que hay que preservar el patrimonio, que es el imperativo mayor de la acción cultural. Pero el problema de la valorización comercial del patrimonio y de su relación con el desarrollo económico suscita apreciaciones que muestran una cierta subjetividad.
¿Es necesario "vender" todo? (en el sentido metafórico del término). La restauración de una pequeña iglesia, de una granja, la renovación de una plaza del pueblo sólo tienen sentido en la medida que provocan un aflujo turístico, ¿o bien se puede emprender todo esto por el único placer y cultura de sus habitantes? Como uno de los principales componentes de la cultura es el entorno cotidiano, en lo sucesivo éste será para casi todos un entorno arquitectural. La calidad estética de este entorno eleva el nivel cultural de sus residentes.
La naturaleza es otro componente del espacio rural, el componente más original del medio ambiente. Y como tal forma parte integrante de la cultura expresándose bajo la forma del paisaje. Ahora bien, como se sabe, esta Naturaleza y sus paisajes han sido cultivados. Incluso los bosques no serían lo que son si no hubieran sido conservados. Y el futuro de los paisajes familiares se encuentra vinculado hoy en día al trabajo de los agricultores que los han labrado desde hace siglos. No bastaría con decir que, a nivel local, no hay una preocupación importante, por esta cultura que ofrece la Naturaleza. Se deberían encontrar nuevos recursos para la educación de los niños: "se aprende más en los bosques que en los libros", afirmaba San Bernardo hace mucho tiempo.
Por último, la creación artística en el medio local y más específicamente rural, plantea una serie de interrogantes delicadas en cuanto a sus relaciones con el desarrollo. Delicadas porque se refieren al gusto, a la subjetividad, y no deben poner en duda la jerarquía de la calidad. De hecho, estas interrogantes, se podrían resumir por lo demás a la simple pregunta "¿Por quién? ¿Para quién?". La literatura campesina, el espectáculo, las artes plásticas, son a veces la obra de los artistas locales, muy a menudo la de los artistas implantados temporalmente o en permanencia. La dificultad es siempre la misma: procurar que la población campesina asuma la iniciativa cultural y que ésta, aún cuando provenga del exterior, consolide la identidad y la cohesión social. Son muchos los festivales, las exposiciones artísticas, en los que el paisaje rural no es más que un decorado para manifestaciones prácticamente reservadas a un público urbano. Habría que hacer una elección entre una animación concebida como simple acompañamiento de veraneantes ociosos y una dinámica de acogida más auténtica, más difundida y más capaz de labrar en profundidad el terreno con el fin de estimular su desarrollo. La política cultural de los poderes públicos, que se expresa tanto a nivel del Estado, como de las colectividades locales, se justifica generalmente por la ayuda que aporta al desarrollo. De esto se deriva una real ambigüedad: lo que se busca no es tanto la elevación del nivel cultural sino que la estimulación de la actividad económica. Es así, por ejemplo, como en la exposición de los motivos de un convenio básico, los ministerios franceses de la Cultura y de la Agricultura declararon que "el desarrollo cultural debe ser considerado como un verdadero motor del desarrollo económico y social, y no como un lujo del que se puede prescindir".
No obstante, cuando los responsables en materia de desarrollo establecen programas en esta materia, deberían efectuar una reflexión fundamental en torno al equilibrio necesario entre la satisfacción de necesidades culturales y la satisfacción de necesidades económicas.
Es cierto que en el campo, la simbiosis entre cultura y economía se da a menudo a través de la actividad turística, pero nada impide que los promotores de acciones culturales traten de conciliar la necesidad de atraer un público exterior con la voluntad de satisfacer las aspiraciones del público local, las que raramente tienen la posibilidad de expresarse.
De esta manera, la multiplicación de acciones, característica de nuestra época, plantea el problema de una evaluación correcta de los resultados, en su doble aspecto: dicha tarea no es simple. El hecho de subvencionar dichas acciones, cuestión indispensable y habitual, evita a menudo medir los resultados reales, y más a menudo aún, los déficits financieros. Por otra parte, las consecuencias de una animación temporal, o transitoria, en la consolidación del vínculo social y del espíritu colectivo de empresa, sólo pueden observarse a medio o largo plazo. Por ello debemos ser pragmáticos, sinceros en la autocrítica, exigentes en la evaluación. Entonces, una vez que ha caído el telón después del espectáculo, ¿ ponemos las cosas en su sitio y esperamos la llegada de la próxima temporada? ¡No! Falta hacer el balance: tanto cuantitativo como cualitativo.

 

Los actores . Una vez que los actores se han ido sin bombos ni platillos… corresponde a otra categoría de actores efectuar el balance. Se trata de los actores de la política cultural, un conjunto de personas e instituciones, de reglamentos e iniciativas.
Si se va a buscar demasiado lejos en el sistema, se olvidará el contexto general: en nuestra época el acceso de los ciudadanos a la cultura depende fundamentalmente de dos aspectos sobre todo, por un lado de la educación escolar y familiar, por otro de la producción audiovisual, tanto el uno como el otro tienden a globalizar y a banalizar la realidad.
En este contexto que se impone, es muy importante tener en cuenta el papel que desempeñan dichos actores y se cometería un error si subestimáramos los espacios de libertad en donde estos llevan a cabo su actuación. En primer lugar está el municipio: que es donde se inventó la política cultural durante el siglo pasado. Fueron muchos los ediles que dotaron a sus ciudades de museos, teatros, bibliotecas, fueran éstas grandes o pequeñas etc. Dejando tras de si realizaciones prestigiosas, incluso en las aldeas rurales, como huellas de su paso en la administración. Aún hoy en día, las colectividades locales se encuentran implicadas en la cultura: los gastos en Francia en ese ámbito se han triplicado en los últimos veinte años.
Entre los actores de peso de las políticas culturales, no podemos dejar de citar también, a las asociaciones cuya acción apoya, cruza y amplifica la acción de los poderes públicos: asociaciones que movilizan y por ende participan en el desarrollo. Por último, ¿no sería útil evocar también el papel eminente que desempeña el Estado y la Comisión Europea a todos los niveles de estos mecanismos?
Pero nuestro análisis no puede quedarse en esto. Una exposición técnica, algo fría y pesada nos hace correr el riesgo de ocultar lo esencial: esto puede resumirse en una frase que servirá para concluir. Cualquiera que sea la forma que adopte la cultura, ésta constituye el mejor y el más eficaz de los vectores del desarrollo, ya que contribuye a la valorización del potencial colectivo y favorece el crecimiento de la personalidad de los individuos.


        Profesor de la Universidad de Toulouse-Le Mirail (Francia),
        Bernard Kayser es presidente del Grupo de Prospectiva de Espacios Rurales y presidente de la Universidad Rural Europea. Autor de muchas obras sobre el desarrollo rural, ha sido, entre otros, consultor ante la OCDE (Organización de Cooperación y de Desarrollo Económico) y encargado de misiones de asistencia técnica y enseñanza en Europa del Sur, en Africa del Norte y del Oeste y en América Latina.

fuente: LEADER Magazine nr.8 - Inverno, 1994


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